Podemos no tener un trastorno de la conducta alimentaria diagnosticado y, aun así, sentir que algo no termina de estar bien. Pensar demasiado en lo que comemos. Sentir culpa después de determinados alimentos. Intentar compensar. Pasar del control al descontrol. Comer sin hambre. Prohibirnos alimentos. Vivir pendientes del cuerpo o de la báscula. Y, en medio de todo ello, puede ocurrir algo más silencioso: dejamos de escuchar al cuerpo.
¿Cuándo tengo hambre? ¿Cuándo estoy saciada? ¿Qué necesito realmente? ¿Como porque mi cuerpo me lo pide o porque una norma interna me dice cuándo, cuánto y qué debería comer?