La perspectiva transpersonal de la pérdida

La perspectiva transpersonal de la pérdida

El miedo y el dolor ante la pérdida

 

Las pérdidas constituyen, sin duda, una de las principales fuentes de dolor en nuestras vidas. Recorremos un largo camino en el que unas veces sentimos que adquirimos y, en otras, nos toca afrontar pérdidas que pueden llegar a resquebrajar nuestro día a día cotidiano e incluso nuestra identidad.

 

El nivel de dolor que vivimos con cada pérdida está en relación directa con nuestro nivel de aceptación, es decir, con el saber soltar y dejar ir “aquello que la vida nos quita”, parafraseando a San Agustín.

 

La pérdida de prestigio, la pérdida económica, la vejez, las separaciones, la muerte de un ser querido, las pérdidas de salud, etc. Cada una de estas pérdidas conlleva un duelo con su correspondiente “cuota de dolor”. Y sucede que a menudo no sabemos cómo gestionar el dolor de tales pérdidas, no quedándonos otro remedio que “taparlo” y “acumular duelos”. Con cada nueva pérdida, se reactiva el dolor antiguo acumulándose al actual, un hecho que incrementa nuestro miedo a futuras pérdidas.

 

¿Cómo aprender a afrontar el dolor y el miedo a la pérdida? ¿Acaso puede gestionarse de otra forma que no sea la de “ir tirando”, esperando a que sea el paso del tiempo el que cure el dolor?

 

Sin duda, el paso del tiempo es un gran aliado, y así mismo lo expresa el dicho popular: “No hay mal que 100 años dure, ni cuerpo que lo resista”. Pero no basta con esperar a que el dolor pase. En realidad, el duelo es una oportunidad para “hacernos amigos” de la aceptación e integrar el gran mensaje que el dolor trae consigo.

 

El gran reto del ser humano es aprender a rendirse ante el dolor y aceptar que todo en la vida es cambio y, por tanto,  nada  perdura  para  siempre.  Sabemos  de  nuestra  fuerte  resistencia  al  cambio,  una  resistencia  que  está arraigada en nuestro cerebro más instintivo y que, para trascenderla, necesitamos de la comprensión y la apertura del corazón. En este sentido, podemos preguntarnos:

 

¿De dónde surge realmente el dolor de la pérdida? ¿Cuál es la raíz del miedo a la pérdida y, en último término, el miedo a la muerte?

 

Para responder, nos tendremos que remontar a los inicios de nuestra vida, cuando iniciamos el Gran Viaje de la vida con una identidad pre-consciente. Tras este “primer nacimiento”, y en una etapa temprana, el niño no tiene aún una identidad separada del mundo que ve y percibe; es decir, se proyecta hacia todos aquellos objetos y personas que están en su particular universo.

 

En este sentido, el niño pequeño cree “ser” la madre y todo lo demás que le rodea, porque no establece diferencias entre el y el mundo “externo”, se trate de su madre o de sus juguetes.

 

¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué un niño pequeño llora cuando pierde un juguete? Cuando esto sucede, de nada sirve que la madre o el padre le digan que le van a comprar otro igual: el niño sigue llorando desconsolado, porque en realidad  siente  haber  perdido  una  parte  de  sí  mismo con la pérdida de su juguete. A medida que el pequeño crece y madura, se conforma progresivamente una identidad-yo separada de lo de “ahí afuera”, pero sigue siendo una identidad pre-consciente que se identifica, sólo que ahora con otros objetos y personas.

 

Las tradiciones espirituales han señalado que la identificación es el origen de nuestro sufrimiento ante las pérdidas que afrontamos a lo largo de la vida. En este sentido, y a pesar del dolor que experimentamos, en ellas reside una gran oportunidad de  expansión  y  crecimiento.  Con cada nueva pérdida, sentimos que se pierde una parte de nosotros y, para superar el consiguiente duelo,  convendrá  aceptar  y  poco  a  poco  abrirnos  con  humildad  al  dolor,  permitiendo  que  éste  cumpla  su  función  y  brote  desde  ahí  una  nueva  identidad más amplia y profunda.

 

Sufrir no es lo mismo que sentir dolor

 

¡Cuán a menudo quisiéramos eliminar las espinas para quedarnos tan sólo con las rosas! Pero ¿existiría lo uno sin lo otro? A propósito de esta cuestión, recordemos la I Noble Verdad que declaró Buda: “La naturaleza de la vida es sufrimiento”. ¿A qué se debió  esta  declaración  más  bien  pesimista  de  la  vida? Para responder a ello, partamos del hecho de que, en realidad, en una primera  etapa  el  ser  humano  sufre  debido  a  la  estrechez  y  limitación  de  su identidad pre-consciente.

 

Durante muchos años nos movemos entre el rechazo de lo doloroso y el apego a lo que nos produce satisfacción y placer. ¿Acaso no es esta la fuente del sufrimiento humano?  Bien sabemos que el dolor no puede ser eliminado de la vida, pues sin éste tampoco existiría el placer, del mismo modo que la rosa no sería rosa sin sus espinas.

 

Es precisamente el rechazo del dolor lo que genera sufrimiento, y esto es algo que a menudo vamos descubriendo a través de las muchas pérdidas que vivimos. ¿Cómo no íbamos a sentir dolor cuando perdemos algo o a alguien muy querido? ¿Podemos acaso no sufrir? ¿Podemos, asimismo, aprender a permanecer con el corazón abierto cuando el dolor está presente?

 

En realidad, lo que  sí  podemos  hacer  ante  el  inevitable  dolor  que  toda  vida humana conlleva, es no dramatizar. El sufrimiento es fruto del discurso mental tóxico que se genera en torno al dolor y, como se ha mencionado, de la resistencia a éste. Negar una cara de la vida es asegurar el sufrimiento. Desde esta perspectiva, el camino para hacer cesar el sufrimiento en nuestra vida es el de acercarnos al dolor, aceptándolo como algo natural en nuestra vida y en la de los demás.

 

Ante la llegada de una pérdida, podemos aprender a permanecer en medio del dolor, sin tratar de acortarlo ni tampoco alargándolo más de la cuenta, sino abrazándolo y confiando en que las brisas de la vida volverán a soplar algún día cercano.

 

Recordemos que, nada permanece…, todo cambia. Cuando aparece el dolor, a pesar de que nos dé la sensación de que nunca va a menguar, confiemos en que un día, de pronto, volveremos a mirar hacia la vida, ahora con una mirada renovada, más serena y madura; una mirada  que  ha  aprendido  a  abrazar  lo  que  hay,  sin  dramatizar  ni  evadir. 

 

Entonces el duelo y el dolor habrán cumplido su cometido, y nosotros nos sentiremos un poco más ensanchados. Resulta cuanto menos misterioso que la vida siga un camino en espiral que nos conduce de la identificación inconsciente con lo que nos rodea, al abrazo consciente  del mundo y de los demás. Sucede que, mientras que el inocente niño no  sabe  que  es  inocente,  el  adulto autoconsciente se sabe inocente. Desde este estado de consciencia, uno puede sentirse en comunión con los demás, pero ahora ya no es desde la identificación egoica, sino desde la plenitud del que se sabe no-separado del resto del Universo.

 

Tú no estás en el Universo; es el Universo el que está en ti.

Nisargadatta

 

Y si bien el adulto autoconsciente no es ajeno ni está exento del dolor de la vida, gran parte de su sufrimiento ha cesado con el desarrollo transpersonal. Y ello ocurre no sólo porque la autoconsciencia conlleva la desarticulación del drama en torno al dolor,  sino  porque  uno  sabe,  en  lo  más  íntimo  de  su  corazón,  que  aunque  el  ser  más amado  haya  fallecido,  en  realidad el amor compartido sigue vivo en el corazón, y no se extingue con la desaparición de un cuerpo físico.

 

A  medida  que  dejamos  de  otorgarle  tanta  credibilidad  a  “la  película mental”, nos damos cuenta de que el hecho de soltar y aceptar lo que como  viene,  se  va, es la actitud transpersonal desde donde gestionar las pérdidas y aminorar el dolor. Es por ello que las pérdidas que afrontamos desde la presencia consciente son  vividas  desde  una  mayor  ecuanimidad,  así  como  con  la  confianza transracional que se desprende de una visión expandida de la existencia.

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