Las actitudes esenciales de un acompañante transpersonal en duelo

Las cualidades más valiosas que podemos ofrecer a una persona en un proceso de duelo son el estado de presencia y un corazón abierto. Estar plenamente con el otro, mostrando interés genuino, comprensión y compasión, es el mejor de los bálsamos para el inevitable dolor que toda pérdida conlleva. 

Más allá de estas dos cualidades esenciales, podemos tener en cuenta otras claves terapéuticas en este acompañamiento:  

duelo

Cuando el acompañante está plenamente abierto, todo lo que emerge en forma de palabra, gesto o silencio tiene su espacio y su “para qué”. Así, será importante “soltar” la necesidad de buscar las palabras idóneas o efectivas y dejar a un lado la búsqueda mental de “hacerlo bien”. Ante el dolor por la pérdida será más fácil que una expresión sincera, proveniente del corazón, llegue más adentro que cualquier tecnicismo o práctica determinada. La presencia amorosa y la escucha cardiaca son lo que resultan de mayor ayuda.  

 

En un contexto profesional remunerado, suele ocurrir que el acompañante quiera ofrecer contenido para justificar la sesión. Será clave detectar esta tendencia, y conectar con el poder sanador del silencio para afrontar el proceso, además de cultivar la capacidad de sostenerlo. Con frecuencia la persona solo necesita sentirse acompañada, sin más acción que la amorosa y silenciosa presencia que ya resulta terapéutica y que, más allá de lo cognitivo, permite aflorar contenidos profundos. En el silencio compartido brotan inesperados y valiosos frutos y uno puede reencontrarse con una dimensión más honda de sí mismo.  

Lo que rehuimos reconocer obstaculiza el avance. Por ello es clave poner conciencia en lo que hay y mirar de frente la realidad. En el ámbito del duelo solemos buscar mil maneras de disfrazar con eufemismos el doloroso proceso de la pérdida y del morir: decir ‘muerte’, mencionar al fallecido y honrar lo que ha legado, reconocer que ya no va a volver…, es una forma de naturalizar el óbito, hablar de ello con claridad y convertirlo, junto a lo que lo rodea, en algo con lo que convivir. 

Aunque bien intencionadas, pueden causar el efecto contrario al pretendido. Conviene evitar los “consejos rápidos” reactivos y elaborar y sostener silencios cuando no se sabe muy bien qué decir, expresándose siempre desde la franqueza y la profundidad cuando brote. 

Tener la valentía para emitir una y otra vez las preguntas que abran una indagación certera y honesta, dar espacio al arco iris emocional de la persona, mirar de cara al dolor expresado y permitir que se mueva para poder ser acogido, honrado, despedido y transmutado. 

Quien enfrenta una pérdida suele preguntarse, una y otra vez, el “por qué́” de la situación que le toca vivir, reforzando así el bucle del dolor y del desequilibrio. Invitar a mirar más allá́ y buscar sentido en el “para qué” de lo que vive, abrirá las puertas a nuevos aprendizajes, a claves de crecimiento y a la ampliación de consciencia. Ampliar la mirada y abrirse a la comprensión de que toda situación, por dolorosa que sea, trae consigo un propósito evolutivo, ayuda a trascender el sentimiento de “por qué́ a mí” y a volverse agente activo y dinámico en el propio proceso.

Gradualmente y en determinados momentos conviene invitar a la persona a tomar consciencia de qué opciones tiene para asumir una actitud más proactiva en su día a día: ¿Qué puede hacer con lo que le está sucediendo? También puede ser conveniente una confrontación que le ayude a darse cuenta de cuál es el pequeño paso práctico al que tal vez está ofreciendo resistencias: ¿Hay algo que podría hacer y que está dejando de hacer por el motivo que fuere?  

El acompañante aborda con empatía y presencia el duelo de la persona acompañada. La naturalidad y la cercanía permiten normalizar el proceso, sin añadir drama ni restar importancia al dolor por la pérdida.  

En todo acompañamiento es el propio acompañado quien cuenta con las habilidades necesarias para gestionar su proceso. En el caso de un duelo es clave liberarse de la necesidad de ayudar desde una perspectiva paternalista o salvadora y que el acompañante tenga presente a la persona como ser competente de generar los pasos y recursos necesarios para avanzar, enraizado en su fortaleza y capaz de mirar dentro para encontrar su propia sabiduría.  

Es labor del acompañante señalar lo nuevo y valioso que puede llegar tras la muerte del ser querido u otro tipo de pérdida; se tratan de ventajas tangibles o bien intangibles, tales como: maduración y ensanchamiento de la observación, mayor unión entre los familiares, transformadoras tomas de conciencia, apertura del corazón…Toda pérdida conlleva algún tipo de ganancia, toda partida, una nueva llegada… 

Cooperar con lo inevitable, aceptar lo que ya no está́ y darse cuenta de lo que sí permanece, son claves de sabiduría para transitar el duelo. Se trata de aprender a no negar el proceso y a remar a favor de lo que es. De esta forma se puede avanzar, crecer y caminar paso a paso hacia la propia evolución.  

 

Invitar a la persona a recapitular las pérdidas vividas y a honrarlas es un paso necesario en el proceso de duelo. Resuelta clave tomar consciencia de qué sentimos que perdemos junto con lo perdido: cuando fallece la pareja, también se va con ella la complicidad, el sentimiento de “formar equipo”, en ocasiones también se pierden ingresos… Este ejercicio permite darse cuenta de las dimensiones de la pérdida y a hacerla más consciente.  

Al hacernos cargo de nuestro dolor, de nuestras carencias y necesidades, podemos gestionar por nuestra cuenta lo que nos ofrecía el ser querido. De esta forma, reconstruimos una imagen de auto responsabilidad y poder personal, capaces de acometer el duelo y, en general, la vida. 

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