Muchas personas sienten una profunda vocación de acompañar a otras.
Sin embargo, junto a ese impulso suele aparecer una duda silenciosa:
"¿Quién soy yo para acompañar a alguien si todavía tengo heridas?"
"¿No debería estar completamente sanado para poder ayudar a otras personas?"
En una cultura que valora la perfección, es fácil creer que para acompañar hay que haber resuelto todos los conflictos, superado todas las dificultades y encontrado todas las respuestas.
Pero la experiencia humana nos muestra otra realidad. Las heridas forman parte del camino.
No son necesariamente un obstáculo para acompañar. A veces, cuando han sido reconocidas e integradas, se convierten en una puerta hacia una comprensión más profunda del sufrimiento humano.