Trascender el juicio 

En este artículo ponemos de nuevo la mirada en las actitudes Mindfulness tras haber iniciado este camino en anteriores publicaciones con las capacidades de aceptar y soltar. Llegados a este punto quizá interese al lector una revisión del concepto, sin dejar de adentraremos en otra de las cualidades que podemos cultivar a través de este entrenamiento: trascender el juicio. 

Procede recordar una doble consideración sobre las actitudes. Además de instrucciones o disposiciones desde las que nos acercamos al entrenamiento, se trata de indicadores que nos devuelven a una conexión interna, a un estado de conciencia latente en nosotros. 

 Cabe también adelantar que, cuando hablamos de Mindfulness, tradicionalmente diferenciamos dos prácticas que se complementan y que evitan el desarrollo al margen de nuestra vida cotidiana. Así, distinguimos la práctica formal, que realizamos con regularidad y reservando un tiempo, y la práctica informal, cuando elegimos mantener la atención centrada en cada actividad, en lugar de proceder desde una mente errática: pensamientos recurrentes, planes futuros, recuerdos pasados… 

 ” Soy consciente de lo que mis sentidos sienten y del fondo emocional en el que estoy ahora mismo, sin interferencias, sin juicios, con aceptación” 

 Por lo tanto, meditar es más que una práctica concreta. Es un estado de la mente, del corazón y del ser. Se trata de un camino al centro de nosotros mismos, al núcleo profundo en el que nos reconocemos, generalmente oculto tras pensamientos, emociones, recuerdos y deseos que nos invaden hasta el punto de arrinconar nuestra identidad. Y este es un camino que se recorre tanto “formal” como “informalmente”. 

 Llegar a vivir desde esa consciencia se trata de un maravilloso reto, que será favorecido al introducir prácticas cotidianas que van desarrollando en nosotros el hábito de vivir “despiertos”, además de “enfocar la vida” desde actitudes como las que Mindfulness nos propone. 

 Cada actitud se apoya en las demás y están profundamente interconectadas, de tal manera que, entrenar una de ellas conduce a ensanchar las demás y este despliegue no es exclusivo del espacio dedicado a la práctica formal. 

 Las anteriores consideraciones pretenden aportar una visión abierta desde la que contemplar las actitudes. Lejos de ser un código dogmático o un “check list” excluyente, se presentan como una potente y eficaz integración de enfoques, aunque solemos acercarnos a ellas separadamente para comprenderlas en detalle. Además, se alinean con el objetivo de favorecer el desarrollo de un nivel óptimo de observación y atención en la vida, a través del entrenamiento ancestral integrado en situaciones y relaciones cotidianas que conocemos como Mindfulness.  

Cuando hay una tormenta los pajaritos se esconden, pero las águilas vuelan más alto. Indira Gandhi 

 Por juzgar acostumbramos a entender la acepción más corpulenta del término que tiene que ver con sentenciar, normalmente a un tercero o su acción, tomando partido ante una indecisión o situación crítica. También juzgamos en el sentido de formarnos una opinión de algo o alguien. 

 En cualquiera de los casos parece que la acción de juzgar supone algún grado de contracción, y desde luego lleva acompañada nuestra innata costumbre de comparar. Será habitual que, a poco que indaguemos, nos sorprenda el hecho de que constantemente generamos los juicios sobre nosotros mismos y nuestra experiencia. 

 Basta con detenerse a observar para darse cuenta de la velocidad de este funcionamiento, solo con parar la máquina, simplemente prestando atención a la respiración … 

 La actitud Mindfulness que generalmente se conoce como “no juzgar”, se explica como la capacidad de abrirse a la compresión de la condición humana y no como una instrucción moral orientada a abstenerse de condenar y acusar. 

 

No juzgar, significa que, si sabemos que estamos inmersos en una corriente inconsciente de preferencias que nos aísla del mundo y de la pureza básica de nuestro ser, podemos actuar con mucha más claridad en nuestra vida y estar más equilibrados, ser más eficaces y regirnos por una conducta lúcida en nuestras actividades. 

Jon Kabat-Zinn 

 Pero ¿quién juzga realmente? 

Nuestra mente funciona por naturaleza etiquetando y comparando. Establece clasificaciones funcionales del tipo bueno-malo, bello-feo, deseable-evitable. Esto es lo que conocemos por dualismo e implica un entrenamiento básico que ha facilitado establecer este tipo de divisiones para aprender a manejarse en el mundo mientras evolucionábamos. 

 La mayoría de las veces, esta capacidad de enjuiciar sucede de forma automática, sin que seamos conscientes de ella, encerrada en patrones de reacción y pensamientos, sentimientos y comportamientos repetitivos. 

 Las experiencias biográficas vividas influyen más de lo que sospechamos en nuestro presente. Presente del que podemos ser secuestrados por las huellas inconscientes de experiencias pasadas similares, ante las que reaccionamos con el impulso de encontrar lo placentero. Se trata de programaciones que nos conducen a no parar antes de contemplar la totalidad.  

 La necesidad de ser vistos durante nuestra infancia y cumplir las expectativas de los demás, como proceso evolutivo por el que todo ser humano pasa, constituye un falseamiento de “la verdad”. Este inevitable proceso sienta las bases de patrones y creencias que condicionan la capacidad que tiene la mente de comparar, filtrándose como limitante compañero de viaje en la práctica virtud de tomar decisiones. 

 Así, el pre-juicio nos separa de la experiencia directa del momento y de la cambiante realidad de las cosas, de modo que constituye una fuente constante de desatención y pérdida de experiencia. Entonces 

 ¿Cómo podemos hacer para que la mente deje de juzgar? 

 Para ver más clara la dificultad, pensemos en la posibilidad de quedar atrapados en el hecho de juzgar los propios juicios, de evaluarlos como buenos o malos. La noticia es que la mente categoriza y va a seguir haciéndolo, de modo que en vez de resistirse o evitarlo parece que la salida está en “aceptarlo”. 

 Podemos tomar distancia y elaborar una respuesta considerando el “todo” que nuestra mente analítica es capaz de alcanzar, frente a la réplica reactiva que garantiza dejarnos guiar por creencias limitantes y automatismos. Por todo lo anterior, como postura más consciente, quizá corresponda hablar de “trascender el juicio” frente a “no juzgar”, puesto que el “no” lleva implícita la resistencia a atender a cualesquiera de las partes.  

 Recordemos que las actitudes se incluyen entre . La aceptación nos invita a reconocer en cada momento “lo que toca”, con apertura al cambio y sin resignación, nos invita a fluir con la vida. En la medida que fluimos, desarrollamos la capacidad de soltar, que nos anima a dejar de luchar con aquello que aparece en nuestro camino, tomando consciencia sobre a qué nos aferramos y de cómo nuestra mente se ocupa de juzgar aquello que vivimos. 

 Decimos que en la práctica meditativa observamos la realidad, pero sin juzgarla, atestiguamos manteniéndonos ecuánimes y no tomando partido por ninguna de las partes. Este enfoque no tiene por qué limitarse al entrenamiento formal, resulta una pauta muy eficaz en la cotidianidad. 

 Podemos aprender a asumir intencionadamente una postura imparcial, a observar, a darnos cuenta de qué sucede. La imparcialidad y la ecuanimidad no suponen indefinición o nulidad. No se trata de mantenerse al margen de la vida, sino de responder desde la coherencia de abrirse a toda la experiencia, haciendo más sana la relación con nuestro entorno y convirtiendo cada momento en una nueva oportunidad.

Escrito por:

 

Carlos Borrachero
Consultor Mindfulness Transpersonal
Tutor Mindfulness Empresas   EDTe

 

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