Duello Terapia sistemica

En algún momento tenemos que enfrentarnos a la realidad de que nada es eterno y que, para todo, tarde o temprano, llega el final. Es la ley de la impermanencia que forma parte de la vida, y la propia vida del ser humano no escapa a esta realidad. Estamos en todo momento expuestos a experimentar pérdidas: la de un ser querido que muere, una ruptura de pareja, el fin de una amistad, un cambio de trabajo, la pérdida proyectos, incluso de bienes materiales a los que estamos aferrados. La vida es un constante fluir de experiencias a las que, inevitablemente, tenemos que ir adaptándonos, y los cambios que nos traen tales experiencias siempre conllevan pérdidas.

Lo curioso es que no nos han preparado para los cambios ni nos han enseñado a procesar las pérdidas. Más bien al contrario: nos educan para la búsqueda constante de la “estabilidad”. Aspiramos a tener “garantías” de que todo permanecerá igual, que será estable y seguro. ¡Tan absurdo como pedir que siempre sea de día! Cuando llegan a nuestra vida las pérdidas inevitables, entramos en proceso de duelo, “nos dolemos”: nos duele lo que se va y la parte nuestra que parte con ello; nos duele no encontrar el sentido a ese acontecimiento; nos duele y nos asusta el futuro sin ello.

Necesitamos explorar en nuestro interior para atravesar el dolor de la pérdida, para descubrir su significado, para poder ver más allá del hecho inmediato e inevitable. Acercarnos a la emoción que genera la pérdida, hacerle espacio interno, aceptar que durante un tiempo estará allí. Solo así podremos atravesarlo y transmutarlo.

Estamos expuestos al dolor propio de la condición humana, pero podemos aminorar notablemente el sufrimiento psicológico que suele acompañar la pérdida. ¿Cómo lograrlo? Haciendo florecer en nuestro corazón la capacidad de aceptar lo que acontece, una cualidad transpersonal que permite navegar la impermanencia de la vida con sabiduría. A través de este camino descubrimos que el miedo a la muerte se diluye a medida que nos enraizamos en lo profundo de nuestra esencia.

El despliegue de una cultura que no evade la mirada de la pérdida, del duelo y de la muerte, nos capacita para regular nuestras emociones, así como para acompañar a otras personas en la superación de sus propias pérdidas.

Como profesionales del acompañamiento, frecuentemente nos encontraremos con personas dolidas, ansiosas o enfadadas ante una pérdida importante para ellas. Podremos sostenerlas mientras se acercan a indagar la naturaleza de su pérdida, las emociones presentes y el mensaje que pueden descifrar tras ella. Podemos hacerlo proponiéndoles un espacio en el que juntos ir explorando. Se trata de comenzar a aceptar la pérdida. Ese es el primer paso …

No necesitas cambiar nada, simplemente permanece respirando, observando y aceptando esto que es tu realidad, sintiendo esa Conciencia más amplia en la que tu presente tiene lugar …

Dejar ir el ideal de “los buenos progenitores”

Durante la infancia se construyen los cimientos sobre los que se consolida la personalidad e interiorizamos los “códigos” con los que, más tarde, salimos a la vida. En esa etapa los cuidadores son pieza clave y la mayor influencia en la formación de nuestro carácter. Si tomamos en cuenta que toda criatura depende de sus cuidadores y que la necesidad de pertenecer es instintiva, es fácilmente comprensible que aquella sea capaz de adaptarse a situaciones inimaginables, negando incluso su propio ser. El impulso de supervivencia nos impide renegar de quienes nos cuidan: tenemos que adaptarnos para asegurarnos la protección, el alimento y el cuidado.

Esto se convierte en un problema cuando en la edad adulta, seguimos repitiendo estos mismos patrones internos reforzando el mantenimiento del ideal de los “progenitores buenos”. Cuando una persona mantiene el ideal de perfección y la búsqueda de la superación de aquellos “defectos” que antaño pudieron provocar el rechazo o la reprimenda por parte de los “buenos progenitores”, lo que en realidad aún anhela –de manera inconsciente, claro está– es lograr, por fin, la mirada amorosa y aprobatoria por parte de aquellos que fueron figuras de autoridad antaño. Bien sabemos que los padres, madres y cuidadores más o menos cercanos, no siempre han sido tan “buenos”; en todo caso, han sido como han sido, e incluso en ocasiones habrá que reconocer que han causado un daño directo.

Hablamos del reconocimiento de una pérdida. La del ideal de “los progenitores buenos”. Es fundamental para que una persona transite el camino de la honestidad interna y del amor consigo misma, que no es otro que el de ir recomponiendo aquellas partes de sí que se extraviaron por el camino. En este tránsito, progresivamente vamos dejando atrás el ideal, lo cual permite reconocer a quienes fueron cuidadores en la infancia desde una perspectiva más realista que, aunque no exenta de dolor, es a la vez profundamente liberadora: libera del a veces doloroso pasado, así como de la necesidad de repetirlo.

En esto consiste el proceso de sanar el vínculo con los padres y las madres. En el caso de vivencias difíciles durante la infancia, puede costar tiempo llegar al reconocimiento de que lo vivido causó daño, pero más doloroso es aún el hecho de reconocer que tal dolor lo generaran las figuras que, se suponía, debían brindar protección. Es un proceso por el que la persona tendrá que ir aprendiendo a tomar cada parte escindida de sí, para restaurarla con compasión y comprensión.

Despedirse de la personalidad que fue gestada en la infancia no siempre es tarea sencilla: exige reconocer las cosas tal y como son, y también reconocer el pasado tal y como fue; también demanda tomar el lugar de adulto. Aunque uno se viva como el niño desamparado que un día quizás fue, el hecho es que ya no lo es; en esta comprensión profunda es donde radica la posibilidad del cambio.

Dejar partir el ideal de que nuestros progenitores aún pueden darnos aquello que tanto anhelamos –amor, protección, validación, etc.–, porque ellos son “buenos”, supone pagar el precio de la maduración. A menudo, en lo más profundo de nuestro corazón tememos soltar tal ideal, porque pareciera que, si lo hacemos, se nos escapará “para siempre” la posibilidad de sentirnos amados y amadas por las figuras más importantes de nuestra infancia.

Todo terapeuta debe contar con que topará con esta anterior creencia durante el acompañamiento. Comenzar a desmontarla significa adentrarse en territorios donde se toca con dolor: el dolor de reconocer que, durante la infancia, ha habido escenarios de soledad, incomprensión, rechazo… Esto, en muchos casos, supone abrirse al dolor del abandono, de la violencia o incluso del abuso.

Cuando, en lo más profundo, asentimos a nuestra propia madurez, también estamos dejando ir el ideal que hemos construido en torno a nuestra propia persona: nos abrimos a mirarnos con honestidad, y a asumir nuestra propia responsabilidad de vida.

Solo después de haber soltado la ilusión que se tenía de los padres y de uno mismo, es posible aceptarlos a ellos como son y aceptarse a sí mismo en consecuencia. P. Bourquin

Desde el plano personal es normal que surja el deseo de “eliminar” determinados sucesos de nuestra vida, pero obviamente esto es imposible. Cuando desde la consciencia personal nos empeñamos en resolver algo que nos dañó, en realidad estamos retornando una y otra vez a aquel suceso desde la memoria. Es como si, de alguna forma, guardáramos la esperanza de que, en una de esas vueltas, de pronto aparecerá la “llave mágica” por la que resolver o borrar lo vivido. Esta “estrategia”, si bien es legítima, en realidad es bastante inútil y, además, profundamente desgastante.

La opción, entonces, es apelar al nivel transpersonal de consciencia y, desde una mayor amplitud y profundidad, sencillamente dejar ir lo doloroso, de tal forma que esto retorne al pasado. Podemos optar por abrirnos a algo más amplio y convocar, consciente y voluntariamente, una opción de vida más liviana en la que el amor y el perdón interno sean posibles.

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