La dificultad de aceptarnos plenamente y de poner límites conscientes se manifiesta en aspectos tales como: rechazo del propio cuerpo, depresión (más frecuente en mujeres que en hombres), ansiedad, fatiga, trastornos de la alimentación, sensación de falta de tiempo, sentimiento de vacío y ausencia de propósito y/o sentido, ausencia de comunicación profunda, sentimiento de “sequedad” y apatía… Todo ello son síntomas que indican desconexión con nosotras mismas, y que nos invitan a mirar y descubrir qué es lo que en realidad nos ocurre.
Sin duda, el malestar y las inquietudes no deben ser tapados, ya que son una oportunidad de escucharnos y profundizar en el conocimiento y comprensión de nosotras mismas.
Podemos seguir responsabilizando de las propias carencias a los demás, e incluso a nuestra pareja; podemos asimismo sentir y creer que no se nos valora. Sin embargo, bien sabemos que el amor empieza por una misma y que, por más que nos amen, si no nos amamos y valoramos por dentro, difícilmente podremos sentirlo.
Ante el sentimiento de falta de valía y de poder personal, cabe que nos preguntemos:
¿Dónde estamos situando nuestro valor personal?
¿A quién responsabilizamos de nuestra autoestima?
Bien sabemos que el sistema patriarcal puso en marcha, de forma muy sutil, un sistema de devaluación de la mujer para, en muchos casos, elevar al hombre por encima de la poderosa influencia que ésta ejerce como mujer y como madre. Es conveniente revisar hasta qué punto hemos interiorizado este desprecio, tomando consciencia del nivel real de estima que sentimos por nosotras mismas.
Quizá hemos caído en nuestra propia trampa al mostrarnos como mujeres dóciles y sacrificadas, asumiendo las necesidades ajenas, mientras desatendemos las propias. Quizá, asimismo, tendemos a reprimir nuestros anhelos y los sentimientos de rabia, porque ello supondría el dejar de ser “buenas”.
Sin duda, la compasión es un valor generalmente asociado a lo femenino. En realidad, es bien conocida nuestra capacidad empática: captamos la necesidad del otro, poniéndonos en su piel con facilidad y tendiendo a procurar su bienestar. Pero es preciso discernir la compasión del sacrificio. El hecho de ser compasivas no significa olvidarse de las propias necesidades ni tapar el sentir interno; tampoco significa pretender salvar al otro tratando de buscar las soluciones por él. En realidad, tras esa falsa compasión lo que hay es un deseo de cumplir con una imagen idealizada. Pareciera que, si no nos “damos a los demás” – en ocasiones hasta la extenuación -, no estamos representando nuestro papel en la vida.
La compasión brota, en realidad, del interior. Tan sólo podemos expresar esta cualidad que nos es inherente cuando “abrimos el corazón”, es decir, cuando somos íntegras con nosotras mismas, nos abrazamos en todas nuestras dimensiones y nos aceptamos de forma integral. En realidad, somos naturalmente compasivas cuando elegimos vivir en coherencia con nuestros valores y con lo que en realidad nos mueve y conmueve.
¿Qué diferencia existe entre una respuesta auténticamente compasiva y otra que nace de un programa de baja autoestima?
“No siempre podemos obtener lo que queremos. No siempre podemos ser la persona que queremos ser. Cuando negamos o resistimos esta realidad, el sufrimiento surge en forma de estrés, frustración, y auto-crítica. Sin embargo, cuando esta realidad es aceptada con benevolencia, generamos emociones positivas como la compasión y el cuidado, las que nos ayudan a enfrentar nuestra situación”
Kristin Neff
Cuando “llevamos mal” el hecho de decir NO y estar en desacuerdo con el otro por el temor de que no nos quieran, nuestra respuesta no será precisamente compasiva, sino que será un “da igual” evasivo y complaciente para evitar confrontaciones. Si, por el contrario, nos mueve el anhelo de servir a la vida y procurar que los seres que nos rodean sean más felices, tal vez nuestra respuesta generosa venga del corazón.
Un corazón inteligente discierne cuándo lo que hacemos responde a un acto de generosidad o cuándo, por el contrario, responde a un programa de ‘no-merecimiento’, optando por una evasión de la tensión que supone expresar lo que verdaderamente sentimos.
Para discernir, conviene que a menudo nos preguntarnos:
¿Es éste realmente un servicio desinteresado desde el amor?
Diferenciemos, por tanto, entre sacrificio y servicio, recordando que “la servidumbre no es servicio”. Recordemos, asimismo, que el servicio y la compasión nacen del hondo anhelo de ser útiles a los demás, de aportar algo para el bienestar del otro. El servicio, cuando es genuinamente desinteresado, lejos de agotarnos y de generarnos sentimientos de sacrificio, otorga sentido a nuestras vidas.
Cuando observemos rumiaciones internas que nos dejan “mal cuerpo”, indaguemos qué es lo que en realidad hay detrás de nuestra “amabilidad” con el mundo. Percatémonos de si lo que se esconde son quizá los temores inconscientes que se despliegan ante tal respuesta, los cuales nos conducen a la evasión del “NO”.
¿Nos hemos percatado de cuán a menudo nos encontramos en lugares y participamos en actividades de manera inconsciente, y sin realmente saber cuál es el motivo que nos ha conducido a permanecer dónde estamos?
No se trata de ser arrogantes o sobrevalorarnos, sino de encontrar nuestro valor, sabiendo que cada una de nosotras es única e irrepetible en el universo. Bien sabemos que no tenemos que ser exactamente igual que nadie y que todo ser tiene su particular belleza y utilidad.
Autobservarnos y comprendernos nos permite asumir conscientemente la responsabilidad de nuestra propia vida y devolver la suya a los demás, acompañándolos, pero no reteniéndoles.
“Si tu compasión no te incluye a ti misma, es incompleta”
Jack Kornfield
