Hoy en día sabemos que los beneficios de la meditación son innumerables. Sin embargo, el hecho de hablar de “beneficios” en una práctica que conduce a atravesar y trascender la mente pensante, en principio parece un contrasentido; un contrasentido porque, al hablar de ganancia o pérdida en la motivación hacia su práctica, parece que lo que hacemos es reforzar el lenguaje de una dimensión mental adquisitiva que se decide trascender. 

Hablar en términos de “beneficios”, en sí mismo, conlleva una evaluación puramente mental, beneficios que, por otra parte, tienden a generar deseos y expectativas, cuando en realidad la meditación no cesa de proponer mapas para vaciarse de deseos, expectativas y estímulos superficiales que se elucubren en el plano del tiempo.  

Aun así, se diría que una parte de nosotros necesita convencerse racionalmente de lo que vamos a ganar con su práctica, por lo que no podemos soslayar el tener que “convencer” a la mente racional de los grandes logros fisiológicos, psicológicos y existenciales que la meditación puede generar, algo particularmente atractivo por los grandes avances que ha hecho la neurociencia a través de mediciones de campos que hace muy pocos años no era posible realizar. 

 

No ceses en momento alguno de esculpir tu propia estatua 

Plotino 

 

Lo que tan solo hace unas décadas pertenecía al plano de la fe, la intuición y la experiencia que transmitían boca-oído los expertos meditadores, hoy se confirma y amplía en laboratorios rigurosos que no cesan de asombrar al mundo con los beneficios medibles en el campo neurológico, bioquímico y conductual que parecen derivarse de esta disciplina milenaria. 

Es cierto, los beneficios de la sentada silente son realmente sorprendentes, y a medida que la ciencia lo investiga con más profundidad, más beneficios aparecen. Teniendo en cuenta estas investigaciones de manera resumida podría señalarse:  

La meditación favorece un aumento de la serenidad y la sensibilidad en la vida diaria, el incremento de nuestra capacidad de empatía hacia los demás, y una activación extraordinaria de la lucidez mental. 

Drena el inconsciente y purifica la mente de contenidos conflictivos. Eleva el bienestar psicológico a la vez que desciende el nivel de incertidumbre, miedo y ansiedad. 

A nivel físico, la práctica asidua produce una disminución de la presión sanguínea, se armoniza el ritmo cardíaco y operan cambios en el metabolismo; durante la práctica, desciende el ritmo respiratorio con lo que el metabolismo energético se sitúa en un nivel más lento al habitual.  

En el plano bioquímico se reducen los niveles de lactato y de la hormona cortisol en sangre que intervienen en la respuesta al estrés. Existe sobrada evidencia en la reducción de la presión sanguínea, la disminución del colesterol y la prevención de las enfermedades coronarias. 

En el campo de la fisiología cerebral, efectuando mediciones a través de los registros encefalográficos, se observa que durante la práctica aparecen ondas cerebrales más lentas y mejor sincronizadas. Asimismo, se observa que los meditadores tienden a desarrollar e intensificar las habilidades atribuidas al hemisferio derecho, como la intuición, la creatividad, la afectividad y la globalidad 

A la vista de estas investigaciones, parece que la mente racional, adquisitiva, puede quedarse tranquila. Meditar puede transformar por completo nuestra vida. 

 

La ciencia sin espiritualidad nos lleva a la destrucción y la infelicidad 

Ghandi 

 

Meditar nos ofrece la oportunidad de integrar nuestra naturaleza relativa, invitando y favoreciendo la revelación de nuestra naturaleza profunda; meditar propicia la ampliación de nuestro sentido de identidad, habitualmente limitado y condicionado en los estrechos márgenes de la personalidad, hacia nuestra realidad más esencial, ilimitada y atemporal. Esto, en sí mismo, es el “principal beneficio”, lo que verdadera y efectivamente puede llevarnos más allá del conflicto, más allá de la tensión egocéntrica y del sentido de separatividad como raíz de nuestra “problemática humana”. 

Lo que habría que tener en cuentauna vez más, es que el propósito de la meditación no es alcanzar estos beneficios, o esta “trascendencia”, porque en meditación no hay propósito; en cualquier caso, el propósito es la plena consciencia, revelada de instante en instante. Una y otra vez se ha de prestar especial atención a estar rodando inadvertidamente en la “rueda del hámster”. Si hay propósito, lo observo, me doy cuenta.  

Recuerdo que todo propósito es del ego, y todo juicio también lo es: probablemente, en alguna ocasión nos sorprendamos diciendo “esta meditación ha sido buena”, o “esta meditación ha sido mala”, en cualquier caso, nos damos cuenta de quien está diciendo todo esto, y lo soltamos… 

 

No hay meditación buena ni meditación mala, sólo hay meditación. Lo que hay que hacer para aprender a meditar es meditar, en este ámbito de lo profundo lo que verdaderamente cuenta es la práctica. 

 

Texto extraído de la formación Instructor de Meditación 

 

 

Instructor de Meditación