Las relaciones con otras personas, ya sean relaciones de pareja, amigos, compañeros de trabajo, etc., pueden ser el escenario idóneo, si nos abrimos a ello, para la autoindagación y observación de aquellos aspectos de nosotros mismos que permanecen ocultos y que únicamente afloran en la relación con el otro.

El hecho de permitirnos observar tales aspectos, así como el aceptarlos e integrarlos en el proceso de mirada atenta hacia el descubrimiento de “lo que soy”, es lo que proponemos en el camino de crecimiento transpersonal.

Desde nuestra infancia vamos creando una identidad personal, basada en nuestras experiencias de vida, que se consolida cuando llegamos a adultos en una serie de creencias y patrones de comportamiento de los que no somos conscientes. Dichos patrones van reproduciéndose y retroalimentándose, una y otra vez, con cada relación que tenemos en nuestra vida. De esta forma se fortalecen y se hacen cada vez más profundos.

Estas creencias y patrones que nos van conformando como personas, se hacen tan automáticos en nosotros que no somos capaces de observarlos si no realizamos una práctica enfocada en ello, permaneciendo en esa parte llamada inconsciente.

Las relaciones que llegan a nuestra vida son el reflejo de todas estas creencias integradas y automatizadas; las relaciones conforman el escenario en el que estas se representan y amplifican, especialmente mediante el mecanismo de proyección.

Todos aquellos aspectos de uno mismo que no gustan o que simplemente no son reconocidos, son volcados –proyectados– sobre la otra persona, en el marco de la relación, de forma que nos parece verlos “fuera”, como algo ajeno. Así es como conservamos inconsciente y oculta esta dimensión no reconocida de nuestra persona.

De esta manera, a menudo culpamos a los demás de todo aquello que aún no tenemos integrado en nosotros, obstaculizando así una de las vías más ricas de autoconocimiento.

En el proceso de crecimiento hacia el adulto maduro nos vamos haciendo más conscientes y podemos observar entonces todo lo que acontece en nuestra experiencia de vida, con el propósito de comprender ‘quién soy’.

Entonces dejamos de rechazar por sistema lo que aparentemente está ocurriendo en la relación y nos detenemos para aprender de ello.

Desde la inconsciencia tendemos a buscar lo anhelado, una y otra vez, en otro lugar, en otra circunstancia, en otra relación, con la creencia automática e inconsciente de que la siguiente relación sí va a resultar la idónea y va a cumplir todas nuestras expectativas.

A medida que nos volvemos más autoconscientes de nuestra identidad personal, nos tornamos más abiertos y disponibles, en lugar de utilizar mecanismos de defensa inconscientes que descartan la relación y, por tanto, al otro, porque no puede darnos lo que creemos necesitar.

Toda persona que llega a nuestra vida es por tanto la persona adecuada, pues es la que nos ayuda a reflejar y a “sacar a la luz”, haciendo conscientes, todas las creencias que hemos ido forjando. Esto es lo que nos permite tomar conciencia de ellas para así integrarlas, aceptarlas y sanarlas, forjando en el proceso de crecimiento y observación un adulto cada vez más consciente y maduro.

En el proceso de desarrollo y crecimiento integral que proponemos en la Escuela, la interacción con el grupo juega un papel nuclear: en los compañeros encontramos el mencionado espejo; un espejo donde podemos reconocernos y tomar la propia responsabilidad.

El grupo de compañeros representa asimismo un grandísimo potencial de aprendizaje y crecimiento que nos permite compartir comprensiones y tomas de consciencia. Más tarde, este proceso de autodescubrimiento en el seno del grupo revierte en nuestras relaciones cotidianas: relaciones de pareja, familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc. colocándonos cada vez más en el adulto maduro que podrá entonces llegar a comprender quién es.

 

Escrito por:

Regina Conde

Atención al alumno – área de Terapia Transpersonal

 

 

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