A medida que nuestra consciencia se expande podemos observar la verdadera naturaleza humana sin el filtro de nuestras creencias limitantes. Es entonces cuando nos damos cuenta de que el corazón del ser humano busca en realidad cooperar y ser útil al bienestar de los demás.

¿Podemos cuidar de los demás si no lo hacemos de nosotros mismos?

Darnos a nosotros mismos significa escucharnos en medio de los estados emocionales y mentales que experimentamos: atender y comprender nuestras emociones contractivas, nuestras particulares tendencias y automatismos, aceptar la totalidad de nuestras facetas y respetarnos con comprensión para despertar así a la inteligencia del corazón.

La clave consiste en atravesar las múltiples capas de cebolla tras las que nos hemos ido escondiendo a lo largo de la vida para protegernos de lo que interpretábamos como amenaza, hasta llegar al contacto con nuestro corazón y el núcleo profundo de nuestro ser. Solo así podremos estar plenamente presentes con nosotros para desde ahí servir a los demás desde la abundancia que somos, desde lo mejor de nosotros mismos.

“El amor, cuanto más se comunica, más crece”. José María Doria

Tal y como nos relacionamos con nosotros mismos, así nos relacionamos también con los demás
Si no nos hemos responsabilizado de darnos lo que necesitamos, cultivándonos y atendiendo a nuestro propio desarrollo consciente, quizá nuestros supuestos “actos de servicio” escondan detrás otras intenciones.
Con el pretexto de ayudar al otro podemos buscar aquello que no nos hemos entregado y pretender que los demás nos den lo que en realidad sólo nosotros podemos darnos: respeto, atención, amor, cuidados, reconocimiento…

Esta asistencia interesada, muchas veces inconscientemente, deja detrás un poso de victimismo, insatisfacción y la sensación de “facturas pendientes”, que nada tiene que ver con la genuina experiencia del gozo de dar. Y es que el sucedáneo de servicio interesado brota de la mentalidad errónea de carencia, y el servicio genuino de la experiencia inexplicable de la abundancia que somos.

Todos conocemos la frase que afirma “Ama al prójimo como a ti mismo”. La verdad que esta frase esconde nos habla de la necesidad de amar y aceptar incondicionalmente todas nuestras facetas, para entonces poder realmente aceptar y amar a los demás. No es posible amar y acepta al otro tal y como es si, primero, no hemos hecho ese camino con nosotros mismos. Y no se trata de un amor tontorrón y blandito, sino del amor que surge de la ausencia de miedo y que revela una fortaleza y confianza mucho mayor que la de la protección sin más.

“Dormía y soñaba que la vida no era más que alegría. Desperté y vi que la vida no era más que servir. Serví y vi que servir era la alegría.” Rabindranath Tagore.

Para ayudar a otros es preciso que nosotros nos sintamos completos, capaces y amados por nosotros mismos .Si prestamos atención quizá podamos reconocernos en actitudes que tienen que ver con no habernos dado a nosotros mismos y que embargan la opción de ayudar a los demás desde la presencia y la autenticidad del corazón.

Hay personas que afirman desvivirse y sacrificarse constantemente por los demás y, sin embargo, parece que esta forma de dar las deja un poso nada gratificante.

Cuando confundimos servicio con complacer sin límites, en el fondo lo que estamos buscando es que nos amen, nos reconozcan y nos aprueben, ante la amenaza interna de ser abandonados: con el pretexto de ocuparnos de los otros evitamos afrontar la responsabilidad de desarrollarnos, materializar nuestros sueños y tomar las riendas de nuestra vida, porque en el fondo tenemos miedo y no nos sentimos capaces.

Si lo que hacemos por otros esconde la intención manipuladora de que los demás nos necesiten estaremos actuando desde la carencia. En nombre de la ayuda, pretendemos convertirnos en personas imprescindibles para los otros, pero en realidad somos nosotros los que necesitamos de ellos para cubrir nuestra sensación interna de insatisfacción, falta de plenitud y autoestima.

Lo que verdaderamente es útil para el otro es todo aquello que le lleve a descubrir su propio valor, autonomía y libertad, lo que le enseña a ser cada vez más capaz y menos carente, lo que apunta a que encuentre en él mismo la abundancia que Es.

“Dale a un hombre un pescado y comerá un día. Enséñale a pescar y comerá toda su vida

Tampoco es posible ser útil a nadie si nos “amamos a nosotros mismos” hasta límites insospechados. Amarse nada tiene que ver con idolatrarnos o con el narcisismo. El narcisista esconde realmente una carente necesidad de admiración y reconocimiento, precisamente porque no se ama así mismo. Desde luego, poco favor haremos si nos creemos únicos o mejores, desde la pretenciosidad y la arrogancia.

Cuando nos hallamos en un estado reactivo la presencia se desvanece; cuando nos hallamos en un estado receptivo la presencia surge como algo natural. Cultivando la presencia en nuestra vida, podemos trasladar este yo pleno a las interacciones con los demás y podemos implicarnos en el cuidado del bienestar mutuo. Si no cuidamos de nosotros mismos ¿Cómo vamos a cuidar de los demás? Es así de sencillo. Y así de importante, para nosotros y para “vosotros”.

¿En qué actitudes te reconoces cuando haces algo por los demás?
¿Te muestras complaciente para ser querid@?
¿Delegas en los demás para no asumir tu responsabilidad?
¿Haces algo para que “te necesiten”?

Puedes atravesar tu miedo al rechazo o abandono y enraizarte en la certeza de que hay “alguien” que nunca te rechazará ni te abandonará, que te acepta y ama incondicionalmente tal y cómo eres:
tú mism@

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