El amor Transpersonal

Entonces fue como si viese la belleza secreta de sus corazones, la profundidad que no puede ser alcanzada por el pecado ni el deseo, la esencia de nuestra realidad, la persona que cada uno es a los ojos de lo Divino. Ojalá pudieran todos verse como son en realidad. Ojalá pudiéramos vernos así todo el tiempo. No habría más guerras, ni más odio, ni más crueldad, ni más codicia.

Thomas Merton

Para llegar a ver el mundo a través de los ojos del amor y reconocer, en palabras de Thomas Merton, la belleza secreta de los corazones, los seres humanos recorremos un largo camino; un camino que parte del amor ciego o preconsciente del niño, pasando por el amor consciente del adulto, hasta el amor transpersonal de quien ha descubierto en sí mismo la esencia del Amor y la Belleza.

Si bien Merton no menciona la palabra ‘amor’ en su poesía, en realidad hace referencia a este último estadio del amor transpersonal, un amor que trasciende el sentimiento o la emoción, al tiempo que apunta a un estado de consciencia desde el que se mira con compasión, un estado desde el que se abraza a todo y a todos. Qué amor tan hondo es éste, que reconoce lo Divino en cada uno… Es un amor que va más allá de la conciencia ordinaria del ego, elevándose hacia algo que nos trasciende y que, a la vez, nos habita.

¿Es éste el mismo tipo de amor que la pasión romántica de los amantes? ¿Acaso es este amor el que siente el niño cuando contempla el rostro de su madre? ¿Qué diferencia existe entre estos tipos de amores?, ¿son en realidad “distintos tipos de amor” o más bien son niveles de profundidad?

En realidad, lo que diferencia estas formas de expresión del amor es el grado de autoconsciencia de quien lo manifiesta. Iniciamos el camino de la vida con un amor pequeño, que en ocasiones se ha denominado como “ciego”. Es ciego porque quien lo expresa tiene un nivel nulo o mínimo de autoconsciencia, por lo que no tiene la capacidad de reconocer la cualidad del amor en sí mismo. En este sentido, se puede decir que el recién nacido ama porque ésta es su forma de sobrevivir; se deleita con el rostro de sus padres porque es su necesidad biológica: sabe, instintivamente, que sin ellos no sobreviviría. El amor, en este sentido, cumple la función biológica de vincular. El amor preconsciente se vive desde el “todo es para mí; el mundo gira en torno a mí para satisfacer mis necesidades”.

Más tarde, la criatura deviene una persona adulta; descubre entonces que los demás son en esencia iguales y que el mundo no gira exclusivamente en torno a él. Se trasciende en cierta medida la consciencia egocentrista y entonces se hace posible el intercambio equitativo. Uno se torna capaz de dar amor, al tiempo que espera recibirlo. El adulto consciente que ha consolidado su identidad se vive desde un equilibrio que puede generar sentimientos de este tipo: “Te amo en la medida que tú me amas”, “Yo te doy; espero que tú me des en la misma medida”.

La profundidad del amor a partir de este momento, en el que el adulto ha devenido consciente, será tanto más amplia como lo sea el nivel de autoconsciencia de la persona. Así como en los inicios de la vida percibimos la fuente del amor como algo externo que nos llega a través de las personas, a medida que desplegamos la autoconsciencia vamos descubriendo que el amor, en realidad, es el sustrato mismo de nuestra identidad profunda. Descubrimos que es posible “amar porque sí” y recrearse en el amor que somos.

El amor autoconsciente es más un acto de voluntad que un esperar pasivamente a que algo o alguien nos lo proporcione; es un amor que se vive desde el “elijo amar como forma de estar y expresarme en la vida. Amo, y en el amar voy descubriendo quién soy. Amo, y en el amar voy descubriendo quién eres”Esta forma de vivir el amor constituye la raíz del Amor Transpersonal, aquel que trasciende la forma y los sentimientos, y que deviene un estado de consciencia, al tiempo que un camino de vida.

El amor transpersonal es unitivo e integrador y se basa en la capacidad de acoger: “cuanto más puedo amar lo diferente, más crece el amor en mí”. Este “ensanchamiento” exige el trascender en cierta medida al pensamiento, que por su naturaleza es separativo y excluyente. Demanda también de un corazón abierto y dispuesto a mostrar su vulnerabilidad. En realidad, mientras que la mente pensante cumple su función al etiquetar, juzgar, clasificar…, el amor nos transporta más allá.

El amor transpersonal incorpora al otro como parte uno mismo y, por tanto, es un amor sin objeto y sin condición, tan solo es. En este darse incondicional, todo florece y, en último término, se da lugar a un mundo mejor. El amor en sí mismo revela el amor que somos en resonancia con el anhelo nuclear de todo ser humano.

Una persona no está enamorada
si el amor no ilumina su alma
Rumi

 

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