La evolución de la consciencia es una carrera de progresiva descentralización del yo a un ensanchamiento del “propio ombligo” como centro de gravedad.

En este sentido, podemos hablar de tres pasos en resonancia con los estadios de consciencia: egocentrismo, etnocentrismo y mundicentrismo.

El egocentrismo está presente cuando el yo es el centro de todas las atenciones y preocupaciones. Este primer peldaño se corresponde con el nivel prepersonal. De niños somos egocéntricos porque desde el estado preconsciente, preracional y prepersonal no podemos, literalmente, ponernos en el lugar de los demás.

Al avanzar hacia el segundo grado o nivel personal y consciente, la capacidad de establecer empatía y la ampliación de perspectivas se despliega. Es entonces cuando nos tornamos etnocéntricos, y la actitud de grupo comienza a predominar de la mano del sentimiento de pertenencia.

En este estadio emerge nuestro círculo de empatía y compasión hacia un “nosotros”, conformado por nuestra familia, nuestra cultura, nuestros amigos, nuestra empresa, nuestro equipo favorito… Los hijos o los problemas de los demás, si bien importan, tienen un rango ajeno al círculo de interés y compasión que nos moviliza.

El tercer escalón “mundicéntrico” es aún más incluyente que el anterior, un nivel afín al transpersonal, cuyo círculo abarca no solo al “nosotros”, sino al “todos nosotros”.

Esta universalización de la mirada es el resultado de una expansión supraintegral de consciencia. Nuestro corazón es tan grande que en él cabe toda la Humanidad. Y, a su vez, la mente es tan incluyente que “piensa en mundial”, es decir, acoge a todos e incluye a toda forma de vida.

Texto incluido en la formación en:

Terapia Transpersonal