Cuatro Claves para desplegar la ayuda consciente

La ayuda consciente es un arte que se puede ejercitar y perfeccionar. Todos necesitamos ayudar y a su vez ser ayudados; se trata del flujo natural de la vida. Gracias a la ayuda que recibimos, en primer lugar de nuestros padres, crecemos y sobrevivimos. Después estamos en disposición de poder dar y ayudar a otros.

Los terapeutas nos ejercitamos constantemente en el arte de la ayuda, convirtiendo este flujo natural de vida en nuestra profesión. Ahora bien, en ocasiones la ayuda que se brinda a los clientes puede resultar desgastante. En los últimos años se habla incluso de la “fatiga de la compasión”, aludiendo a la mencionada sobrecarga que pueden padecer los profesionales de la ayuda en su día a día laboral.

Y es que, por muy buena intención que se tenga, convendrá que los terapeutas afinemos la ayuda que ponemos al servicio de los demás. No hay manuales para ejercer una ayuda sana; tampoco hay fórmulas o “técnicas” concretas. En realidad, la ayuda sana y consciente es un arte y a la vez un camino de crecimiento para el propio terapeuta.

Podemos preguntarnos: ¿En qué momento la ayuda deviene consciente? ¿Qué hace que la ayuda sea consciente?

Se puede ejercitar una ayuda sana poniendo el foco en cuatro aspectos básicos que nos amplían la experiencia y comprensión de lo que es una buena ayuda.

1.Desde dónde se ejerce la ayuda

En primer lugar, conviene que el terapeuta sea consciente de desde dónde ayuda. Cuando éste se sitúa internamente en la fuerza del adulto, puede a su vez ver el cliente como la persona adulta que es y que, si bien en un momento dado enfrenta obstáculos, dispone de sus propios recursos para gestionar la vida.

Si, por el contrario, el terapeuta se sitúa “por encima” de su cliente, con facilidad verá a éste como un niño/a desvalido/a, y tendrá la tentación de protegerle tratando de ocupar, de alguna forma, el lugar de padre o madre. El terapeuta no es un padre o una madre: es un igual. Terapeuta y cliente son dos adultos, dos seres humanos que conocen de las grandezas y miserias de la vida, y ambos comparten un espacio de consciencia y crecimiento.

El terapeuta, en todo caso, acompaña al cliente en un proceso de integración; un proceso por el que la persona puede reconocer progresivamente aspectos rechazados de sí mismo y de la vida y, a través de este reconocimiento, integrarlos. De este proceso deviene una maduración personal y, posiblemente, un salto de consciencia.

2.Podemos dar lo que tenemos, no lo que no tenemos

Cuando el terapeuta no es consciente de dónde se sitúa internamente frente al cliente, es posible que termine por dar más de lo que en realidad tiene. Este exceso puede derivar en la mencionada fatiga de la compasión (bien pensado, más bien tendría que llamársele fatiga por falta de compasión…).

Este es el segundo foco de atención para desplegar la ayuda consciente: cada persona puede dar a los demás lo que “tiene”; no puede dar lo que no tiene.

Esto parece obvio, pero en el contexto de la consulta terapéutica en no pocas ocasiones se da un desequilibrio que aleja de la ayuda sana.

Tal desequilibrio se da, por ejemplo, cuando el cliente “exige” que se le dé una solución, y el terapeuta asume este rol. Entonces trata de resolver la situación del cliente, en lugar de ver a éste como un adulto capaz.

3.Aceptar es un acto de amor

En tercer lugar, ejercemos la ayuda consciente cuando somos capaces de aceptar internamente las circunstancias vitales de la persona ayudada. No me refiero tan solo a las circunstancias actuales, sino también a las pasadas. Es muy frecuente que el terapeuta sienta el mismo rechazo que siente el cliente hacia su propia vida. Desde ahí es difícil ejercer una ayuda sana que le otorgue fuerza y dignidad al ayudado; más bien le quita fuerza.

4.El cultivo de la compasión y el darse cuenta

Cuando ponemos nuestra ayuda al servicio de los demás, en realidad se abre todo un mundo por explorar y “darse cuenta”. Terapeuta y cliente pueden darse cuenta de lo que rechazan y tratan de negar…, y abrazarlo.

Una ayuda consciente es amorosa y compasiva, y no sólo hacia la persona a la que se ayuda, sino también hacia nosotros mismos.

En este sentido, la vía meditativa nos abre la puerta de la compasión cómo fuente de donde brota la verdadera ayuda consciente.

 

La vía meditativa

Como terapeutas, podemos preguntarnos si sabemos ayudarnos a nosotros mismos. Dependiendo de la respuesta, sabremos si estamos en disposición de ayudar a los demás.

La calidad de la ayuda está directamente relacionada con la honestidad para con uno mismo. Esto supone un gran desafío, ya que requiere atravesar puertas hacia espacios íntimos y personales que cuestan trabajo y dolor mirar.

En realidad, los demás nos devuelven, cual espejos, un reflejo fiel de nosotros mismos: rechazamos de los demás lo que en realidad rechazamos en nosotros mismos; sentimos amor y compasión por los demás a medida que somos capaces de sentirlo por nosotros mismos.

Y esto, en el espacio de la consulta terapéutica se hace aún más patente si cabe. Cuando lo que expresa el cliente nos desborda, solemos decir que “nos toca sombra”. Sucede entonces que el terapeuta se descentra y ya no está en disposición de sostener el dolor del cliente. Se produce entonces una contracción, un cerrarse que impide mirar justo hacia lo que demanda ser mirado.

A través de la autoobservación, terapeuta y cliente podrán darse cuenta de las zonas internas dolorosas. El terapeuta, en su caso, podrá observar qué le cuesta aceptar, qué le duele, ante qué se siente impotente y traslada o proyecta su propia impotencia hacia el cliente…

Será precisamente el darse cuenta lo que le permitirá ensanchar su espacio interno para acoger lo que duele. Y cuando el terapeuta es capaz de decir “sí” a lo que duele, curiosamente ahí comienza la ayuda consciente: desde su propia compasión hacia lo rechazado y lo contractivo, podrá acompañar a su cliente a mirar hacia lo doloroso con amor. Y así, poco a poco, el amor comenzará a ejercer su efecto balsámico y transformador.

A mayor compasión, mayor capacidad de abrazar lo rechazado

Poder entrar en contacto con los sentimientos de odio, rechazo, indignación o impotencia es la mejor manera de empezar a dejar de culpar a otros de lo que nos sucedió o le sucedió al cliente.

Para ello, convendrá desplegar la observación neutra a través de la vía meditativa. La práctica de la meditación nos capacita para atestiguar los propios miedos, juicios y las infinitas versiones que la mente se construye de la realidad, para desde ahí acercarnos desde una mayor honestidad y compasión a lo que hay.

Este es el gran camino, por excelencia, del arte de la ayuda.

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Terapia Transpersonal

Darina Nikolaeva

Psicóloga Transpersonal

Responsable área Formación Continua