El arte de la terapia

 

El buen terapeuta debe crear una terapia nueva para cada paciente. La terapia es un acto creativo.

Irvin Yalom

 

Que se requiere arte para acompañar a otros, es un hecho ineludible. Que el proceso terapéutico es un arte en sí mismo, también lo es.

 

La terapia es un arte en dos sentidos:

Por una parte, para ejercerla no podemos seguir una ruta preestablecida, ni mucho menos lineal. Cada ser humano es único, al igual que lo es cada consultante y cada terapeuta. De la misma forma, cada sesión terapéutica es un encuentro entre dos seres humanos y, como tal, es siempre algo nuevo y necesariamente creativo.

Por la otra, el proceso terapéutico consiste en una sucesión de actos creativos que van dando forma a la obra creativa por excelencia: a uno o una mismo/a. Cuando vivimos un proceso terapéutico, nos reinventamos y redescubrimos, y lo hacemos buceando en lo profundo de nosotros mismos. En este viaje hacia dentro aprendemos a descifrarnos, al tiempo que recreamos nuestra propia historia.

El fundamento de la terapia es la experiencia humana, y bien podemos decir que no hay nada más artístico que ésta. Para comprender algo más de la vida y de la propia existencia, el camino más certero es el de enfocar la mirada hacia lo significativo, es decir, hacia el sentido que para cada uno y una tiene lo que le sucede y le sucedió en el pasado.

La vida se expresa en nosotros no de forma literal y previsible, si no de forma anárquica o imprevisible y podría decirse que también metafórica. Entonces, para vivirnos en sintonía con la vida, necesitaremos desplegar un modo de ser y estar creativo: arraigados en el momento presente, cada instante se presenta como algo nuevo, una oportunidad para crear y recrear nuestra existencia a cada paso del camino.

 

Las investigaciones en neurociencias sostienen que los seres humanos nos vivimos, fundamentalmente, desde dos estados que tienen su correspondencia neurofisológica: desde el miedo o desde el crecimiento. Ambos estados son incompatibles: cuando uno está activo, el otro permanece desactivado, y viceversa.

Cuando nos habitamos desde el temor –esto sucede cuando no hemos podido “digerir” determinadas vivencias dolorosas de nuestra vida y, de alguna forma, nos quedamos “atascadas” en ellas–, tendemos a replegarnos. Lo que prima entonces es la propia supervivencia; dicho de otro modo, vivir desde el temor es vivir en “modo supervivencia”.

Por el contrario, cuando prevalece la activación del sistema neurofisiológico de la vinculación, la calma y la comunicación, nos sentimos conectados a la vida y fluimos con confianza. En este estado se hace posible el desarrollo de los potenciales y la vivencia del cada día como un “lienzo en blanco” que vamos dibujando según transitamos el camino de la vida. Este estado podríamos nombrarlo como vivir en “modo creatividad”.

Pasar de un estado a otro y arraigarnos en el “modo creatividad” es de lo que trata la terapia. Y esta cuestión no se puede tomar a la ligera creyendo que, si se siguen unos pasos preestablecidos y mecanizados, el problema se resuelve. Al respecto, tengamos en cuenta que ningún ser humano “es un problema”: en todo caso “tiene un problema”.

Para hallar las claves de salida del “laberinto del temor y la estrechez vital”, precisamos recorrer un camino, no que nos apliquen una “receta externa”. Las claves las tiene cada uno y una en lo más hondo de sí, sólo que a veces no sabemos reconocerlas o “leerlas”.

Para ello recurrimos a la terapia: para que otro ser humano recorra el camino con nosotros y, desde una mirada amplia y amable, nos invite a mirar hacia todos los rincones hacia los que no se nos hubiese ocurrido mirar; para poner palabras a lo que nunca ha podido ser pronunciado; para reconocer el coraje que hemos tenido para llegar a donde hemos llegado; para sanar el alma y abrir el corazón; para dibujar y resignificar nuestra historia, hasta poder dejar descansar al pasado; para darnos la oportunidad de abrirnos a la vida; para levantarnos tras la caída y sentir que, su volvemos a caer, hay “otro” ahí para sostenernos; para validar lo que es significativo en lo más íntimo de nosotros; para devolvernos la confianza en el ser humano y en la vida…

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