El proceso terapéutico sistémico, un camino de integración

He estado inmersa en la lectura del libro El arte de la Terapia, una “perla” escrita por Peter Bourquin, terapeuta sistémico que desarrolla un bello y profundo trabajo. Ha sido un viaje inspirador, del que comparto a continuación algunas reflexiones.

En primer lugar, comparto que siento una profunda honra hacia la labor de los terapeutas. Me viene a la mente aquella metáfora del terapeuta como barquero, quien permanece disponible para quienes quieren cruzar el río. El barquero pone a disposición también sus herramientas –barca, remos y conocimientos de navegación– para navegar, junto a otro ser humano, a la otra orilla. Esta “otra orilla” es lo que se avista cuando apostamos por el camino de la maduración y la consciencia, decididos a mirar hacia lo que duele y aprendemos, poco a poco, a amarlo.

¡Gran labor la de ese barquero, que acompaña a quien sube a la barca hacia nuevos horizontes! Gran labor también la de quien se embarca en el viaje a la otra orilla…

Un terapeuta cuenta con valiosos conocimientos y herramientas, pero cuenta con algo aún más valioso: su propia experiencia vital. La experiencia de vida no depende tan solo de los años que tiene uno a sus espaldas, sino, ante todo, de las comprensiones fruto de cada paso, haya sido acertado o equivocado.

Una técnica aplicada en el proceso terapéutico sin duda ayuda, pero más ayuda la mirada amorosa, porque al final, como se suele decir, lo que sana es el amor. Aunque suene extraño, la capacidad de ayuda del terapeuta está en estrecha relación con su capacidad de amar. Y no me refiero aquí al amor romántico, claro está, sino al tipo de amor por el que podemos amar lo diferente; es este amor el que nos permite, asimismo, aceptar incluso lo doloroso de la vida.

En este sentido, el “desde dónde” acompaña el terapeuta es clave: desde dónde percibe al otro (aquel a quien acompaña en proceso terapéutico), a sí mismo y a la vida. Es paradójico el hecho de que, cuanto más desnudo de intención y esfuerzo es este “desde dónde”, más ayuda presta el terapeuta y, en último término, más sirve a la vida.

Como Bourquin expresa: “Para que se pueda llegar a la sanación es imprescindible percibir la realidad tal como es. Solo de este modo puede uno reconocerla y finalmente asentir a ella. Afrontar nuestra propia realidad nos exige mucho. Esto vale tanto para el cliente como para el terapeuta”.

No sé si alguna vez llegaremos a percibir de forma constante la realidad tal y como es, sin ninguna proyección personal. La verdad es que tengo serias dudas de que así sea, puesto que me parece difícil que el “filtro personal” no se inmiscuya en la propia percepción; pero lo que sí creo es que algo podemos hacer para que nuestra mirada esté cada vez más afinada y alineada con la vida.

Este “afinarse y alinearse” tiene mucho que ver con un estar dispuesto a ver las cosas como son, sin autoengaño ni evasión. Esto, que se dice muy rápido, creo que puede llevar una vida entera. La verdad es que confrontarnos con lo que nos resulta doloroso mirar y reconocer no es tarea fácil, y para ello muchas veces precisamos del apoyo de un terapeuta.

A medida que el terapeuta se confronta con su dolor no reconocido y, por tanto, con su “zona sombría”, se torna más humilde, más humano. Las exigencias de que la vida debiera de ser una manera determinada, o de que uno mismo debiera alcanzar “x ideales”, van desprendiéndose. Lo que va quedando es una identidad más desnuda y esencial, así como una forma de ser más madurada.

El encuentro con la vida, es decir, tanto con lo “bello” como con lo “feo”, tanto con lo “placentero” como con lo “doloroso”, templan al terapeuta, quien se torna capaz de sostener no solo las tormentas propias, sino también las ajenas.

El terapeuta maduro, lejos ya de la arrogancia u omnipotencia de la juventud (y aquí con juventud no me refiero a tener pocos años, sino más bien a inmadurez), comprende un poco más lo doloroso que resulta confrontar los hechos que permanecen ocultos aún en la sombra del subconsciente, al tiempo que sabe de lo sanador que es el acoger los trozos de vida más dolorosos.

Aquí cobra pleno sentido el trabajo terapéutico sistémico. Personalmente, creo que aprender a mirar a nuestros progenitores –y a nuestro sistema al completo– con amor, es uno de los aprendizajes más liberadores en la vida de un ser humano. Entonces deviene una profunda paz con respecto al pasado y a la vida en general.

Ahora bien, el “mirar con amor” conlleva una previa y necesaria confrontación por la que uno se torna consciente de sus profundas lealtades con respecto a su familia. Este también es un paso iniciático en la vida, pues lo veo como un proceso por el que se “desprende el cordón umbilical” con respecto a la familia, al tiempo que el vínculo madura.

Y para ello, se hace imprescindible que uno asuma la responsabilidad de su vida y mire asimismo con humildad a su sistema: con la humildad de quien sabe que cada cual recorre el camino de la vida con las herramientas y consciencia que en cada momento tiene. Con la humildad de quien ocupa su lugar plenamente, y a la vez honra el de los demás. Y aun añado: con la humildad de quien comprende que, gracias al camino recorrido por los antecesores, con todos sus aciertos y errores, hoy él o ella puede disfrutar de la vida que tiene.

Dice Peter Bourquin: Pienso que es indispensable que todo terapeuta desarrolle una comprensión sistémica del ser humano. De no ser así, no se pueden percibir y comprender suficientemente las profundas lealtades entre un cliente y su familia. Para la persona, estas lealtades o fidelidad a su familia son formas de conducta naturales. Sencillamente pertenecemos, y esto nos configura. Solo cuando esta fidelidad nos hace infelices, se convierte en un problema.

 Observo que el despliegue de la consciencia sistémica en el terapeuta aporta madurez a su labor terapéutica. De alguna forma, es como si pudiera contemplar a las personas y a los conflictos que viven desde una perspectiva más amplia.

Desde la aceptación de la propia historia sistémica, el terapeuta asiente a su vida, y también a la de quienes acompaña. Esta actitud cambia 360º, según mi experiencia, el “desde dónde” del terapeuta: no ve al otro ya como un “objeto a reparar”, como dice el autor; tampoco como una víctima de la vida o, en su caso, de su familia, sino como un adulto que merece toda la honra y respeto, incluidas sus circunstancias pasadas y actuales.

El solo hecho de ver de esta forma al consultante o cliente ya es un acto de amor en sí y, aun sin transmitirlo en palabras, genera un espacio de sanación por el que el cliente puede también comenzar a mirar con amor hacia su vida y su sistema.

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Escrito por:

Darina Nikolaeva

Psicóloga Transpersonal

Responsable área Formación Continua