Muchas de nuestras preguntas cotidianas están dirigidas a nuestra mente racional desde la que elaboramos estrategias y reunimos datos con los que solemos obtener respuestas rápidas que, si no vemos suficientes, contrastamos fuera con algún “experto”.

Pero será de nuestro interior, con cierto grado de calma y silencio, de donde surgirán las respuestas a las cuestiones importantes: dejando la pregunta abierta, sin contestación inmediata

¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Con quién?

Concedamos la oportunidad de dejarlas sugeridas interiormente, resistiendo a la urgencia de dar una respuesta desde la mente racional, con atención al movimiento interno que proponen, a lo que revelan las propias preguntas de nosotros mismos. Incluso inmersos en nuestro quehacer y dificultades cotidianas, aprendamos lo que de nosotros revelan estas preguntas más que sus respuestas…

Te advierto, quien quieras que fueres ¡Oh tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza!, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿Cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. ¡Oh Hombre!, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses.

Oráculo de Delfos

De manera inconsciente nos apoyamos en experiencias pasadas. Nos vemos atrapados en pensamientos recurrentes y en un sentido de insuficiencia del yo derivado de las pérdidas. Nos resistimos a estados físicos o emocionales desagradables y evitamos lugares y situaciones que no nos gustan, llegando al enredo en actuaciones perjudiciales a costa de otras que podrían permitirnos una vida más rica.

Las experiencias biográficas vividas han quedado grabadas e influyen en nuestro presente impulsándonos en forma de deseo o frenándonos cuando se traduce en evitación, reaccionando en busca de lo que nos parece placentero y evitando lo que creemos que nos daña. En definitiva, accionando nuestro patrón innato de “lucha o huye”.

Vinculamos nuestra felicidad a las “seguridades” que creamos a nuestro alrededor, experimentando fuertes resistencias a soltar algunas de ellas y una profunda frustración cuando se da su inevitable pérdida. Vivimos sometidos a creencias conformadas por las pautas absorbidas en nuestra educación y aquellas incorporadas en nuestro desarrollo posterior.

Comprender cómo funcionamos, qué papel juega en nuestra vida la idea de quién somos, la evitación del dolor a cualquier precio, la fuerza del deseo o la tiranía del apego, pueden darnos pistas acerca de cómo construirnos una vida más plena.

…después de tantos años sigo creyendo que solamente sabiendo quiénes somos, podremos empezar a ser mejores para nosotros mismos y para la humanidad. Álex Rovira

Lo que ves no es lo que eres

La identificación más usual es con la imagen que nos hemos formado de nosotros mismos, y la que queremos que los demás tengan, sobre la que durante mucho tiempo hemos asentado nuestra seguridad. Admitir que esencialmente no somos nuestro personaje es un reto y a la vez la fuente de nuestra mayor liberación, y el punto de partida es hacernos la gran pregunta de nuestra existencia: ¿Quién soy?

Esto que tomamos como “yo” se construye sobre una identificación temporal con alguna parte de nuestra experiencia. Si prestamos atención y dejamos que cada una de estas capas de identidad se vaya desprendiendo, podremos descubrir como estas identificaciones son el origen propio de nuestro malestar y nos impiden vislumbrar nuestra verdadera naturaleza, nuestro núcleo profundo. Se trata de experimentar la ruptura de la falsa identidad que confunde lo que somos con lo que experimentamos.

Para la mayoría de nosotros es un proceso arduo y doloroso que se produce de forma gradual, con avances y retrocesos, descubriendo cada vez capas más sutiles a niveles más profundos a las que llegamos ejercitando la atestiguación desde la conciencia que observa sin identificarse.

Estamos demasiado apegados a nuestras ataduras como para que nos resulte fácil dejarlas caer

La relación sabia como camino a la liberación

Si algo está claro es que viviremos con nosotros mismos hasta el momento de nuestra muerte. Por eso es importante desarrollar una relación sabia hacia nosotros, la siguiente puede ser la receta:

La relación sabia con nuestro cuerpo supone prestarle atención, escuchar sus mensajes, atender a sus necesidades y descubrir los sentidos más allá de su mera funcionalidad, como el puente de conexión hacia fuera, y el corazón como el camino de nuestra conexión hacia nosotros mismos.

Una relación sabia con nuestros pensamientos pasa por la comprensión benevolente del funcionamiento de nuestra mente, esa aliada maravillosa con poder creador de creencias. El reto es trabajar por desenredarnos de “las historietas” que nos contamos, dejar de columpiarnos lastimosamente entre el pasado y el futuro y desenmascarar los filtros de nuestras percepciones que nos desconectan de la experiencia directa de la vida.

Una relación sabia con nuestros sentimientos y emociones, sin sucumbir al secuestro emocional que suele arrastrarnos y tomar el mando haciendo que “perdamos los papeles”: fomentemos la amistad con nuestro mundo emocional reconocido como reflejo corporal de nuestra mente.

Una relación sabia con la pausa necesaria que nos permite responder conscientemente en vez de reaccionar desde el automatismo, ampliando el horizonte de posibilidades diferentes y traspasando los límites del programa genético de
“lucha o huye”.

Una relación sabia con la acción que, cada vez más compulsiva en nuestros días de ritmo frenético, nos permita encontrar el equilibrio entre el hacer y el contemplar desde la consciencia y la atención fluyendo en cualquier actividad. Reservar un espacio habitual al silencio o a la meditación enriquecerá y dará profundidad a nuestra acción.

Una mirada sabia en las relaciones son el mejor espejo en que podemos mirarnos, si hacemos consciente que el otro tan solo nos devuelve nuestra propia sombra y, con ello, la oportunidad maravillosa de conocernos y crecer.

Una relación sabia con el arte de hablar y escuchar con atención, que nos permita descubrir el mensaje verdadero debajo de la narración aparente en nuestra interacción con los otros y la realidad de que somos seres interconectados y no separados.

Una relación sabia nos situará necesariamente en el ahora, porque ese es el único tiempo en el que se desarrolla la vida. Y utilizará funcionalmente nuestro pasado y nuestro futuro en la medida en que aporten riqueza a nuestra experiencia, pero sin permitir que se conviertan en nuestros carceleros.

Una relación sabia con nuestro cuerpo, con nuestra mente, con nuestra actividad y en nuestras relaciones son las encrucijadas del camino a nuestra liberación y nos aleja de sistemas que se retroalimentan y nos dejan sabor a insatisfacción.

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