A menudo asociamos la meditación con el hecho de reflexionar sobre alguna cuestión, con visualizar, con relajarse o incluso con “dejar la mente en blanco”. En realidad, meditar consiste en aprender a entrenar la propia mente en el enfoque de la atención, como si se tratara de un “Gimnasio de la Atención Plena”.

Este progresivo despliegue de la atención nos abre la puerta a un conocimiento más profundo de nosotros mismos y, lejos de parecer un ejercicio estéril o vano, se revela como un eficaz causante de profundos y beneficiosos efectos en el cerebro humano.

El obstáculo fundamental que encontramos al iniciarnos en esta práctica es que se trata de un recurso al que no se nos ocurre acudir de modo natural, no es intuitivo, y requiere de una metodología, de un acompañamiento, de un mapa.

Además, este tipo de práctica suele generar resistencias, pese a que ya hay mucha investigación médica que aporta una base científica sobre sus efectos beneficiosos. Precisamente la prueba técnica tiene como efecto principal que diluye la barrera, lo desconocido comienza a revelarse de modo sorprendente, y de esa manera adquiere sentido el dedicarle tiempo.

La meditación tal y como la practicamos, nos entrena precisamente para mantener la atención y la presencia en la vida de cada día. Y bien sabemos que ésta, en muchos casos es ruidosa y molesta.

Lo normal es que la meditación se realice habitualmente en nuestra casa, por lo que en muchos casos no tardaremos en oír sirenas, voces, ordenadores, frigoríficos, móviles…¿es esta una razón suficiente para abandonar la meditación hasta no encontrar un lugar más silencioso? En esas condiciones, ¿acaso no es mejor interrumpir la meditación?

Qué hacer cuando durante una práctica de meditación aparecen ruidos externos molestos
La meditación no es una práctica concebida para ser realizada tan solo en entornos ideales como, por ejemplo, junto a un lago en las montañas. En realidad, una cosa es que busquemos espacios tranquilos que faciliten nuestra interiorización, y otra muy distinta es que el silencio y la calma exterior sean requisitos indispensables para la misma.

 

Se cuenta que el maestro Zen, Taisen Deshimaru encontrándose en plena segunda guerra mundial con un grupo de compañeros, fueron de pronto objeto de un ataque aéreo a base de bombas que caían indiscriminadamente en sus alrededores. Según sus biógrafos, aquel grupo entró en pánico ante el terrible ruido de las explosiones que les rodeaban. Y asimismo se dice que ante aquella impotencia de nada poder hacer, Deshimaru de pronto, ante la sorpresa de todos, se sentó en postura de loto en medio de las explosiones y entornando sus ojos comenzó a meditar.

– Pero ¿qué haces? Preguntaron sus compañeros.

A lo que respondió impasible:

-¿Hay acaso mejor lugar y momento que éste para meditar?

Se supone que esta conocida anécdota refleja el espíritu de quietud en la tormenta, y de silencio pacífico en el mundanal ruido que caracteriza el espíritu meditativo. En realidad, conviene aprovechar los incidentes no previstos que surgen durante la sesión meditativa, y convertirlos en oportunidad de entrenamiento atencional.

Sin duda, el saberse finalmente liberados de la reacción automática a tales estímulos, desarrollará capacidades de gran utilidad allí donde quiera que nos encontremos.

Instructor/a de Meditación