El poder de responder con claridad, firmeza y equilibrio.

 

El mundo emocional constituye un territorio básico en nuestra vida. En muchos casos es el motor oculto de nuestra conducta y la causa directa de sufrimientos y dificultades. También es una enorme fuente de energía vital si nos relacionamos con él de forma sabía y sana, pero en caso contrario, nuestra relación con las emociones se reduce a lo “agradable” o “desagradable”, y pueden resultar un auténtico escollo.

Todas las emociones tienen un papel importantísimo en nuestra vida, pero algunas no tienen “buena prensa”, y las llamamos “emociones negativas”. En realidad, si prestamos atención, veremos que lo que nos provoca el sufrimiento no es la emoción en sí misma, pero si nuestra resistencia a ella.

Tememos el poder destructivo de nuestras emociones cuando todavía vemos lo que en realidad son. Confundimos el permitirnos ser conscientes de ellas con la necesidad de expresarlas y llevarlas a la acción, pero para incluir nuestro ser entero en el viaje, debemos comprender cómo nos identificamos con ellas. Experimentando toda la gama de sentimientos, cómo vienen y cómo salen de nuestra conciencia, comenzamos a hacernos ante ellas la siguiente pregunta: “¿Es esto lo que soy yo?”.

Si podemos sostener con lucidez nuestras emociones, veremos cómo se transforman poco a poco. Nos daremos cuenta, por ejemplo, de que la agresión y la ira casi siempre surgen como respuestas secundarias al dolor, a la pérdida o a la vergüenza, con las que podemos elegir relacionarnos desde la atención plena, sin que se transforme en agresión o ira.

Podemos entrenarnos en sostener nuestro dolor y enfrentarnos a nuestros miedos cuando surge un acontecimiento doloroso o amenazante, dejando de “echar la culpa a los otros” y de atacarlos para defendernos. En vez de reaccionar, podemos responder con claridad, firmeza y equilibrio.

Y es que es posible comprender por qué́ reaccionamos ante lo que percibimos como amenaza y cambiar a una respuesta elaborada si la reacción no nos beneficia.

En ocasiones nuestro cerebro nos ha jugado una mala pasada, como quedarnos en blanco en una entrevista o dejarnos arrastrar por una primera impresión negativa exagerada que nos condiciona.

Esto sucede porque nuestras estructuras cerebrales primitivas han detectado una amenaza y ha reaccionado, lo que significa que funciona muy bien. Pero ahora sabemos que podemos ayudarle desde el neocórtex a darse cuenta de que la amenaza no era tal, tranquilizarle y replantear nuestra respuesta, quizás respirar conscientemente unos segundos y solo después comenzar a hablar.

Las personas que en su infancia han vivido situaciones difíciles a menudo presentan un sentimiento de amenaza muy elevado, tanto procedente de lo exterior como de su propio mundo interno. Sus experiencias tempranas difíciles, distorsionan el procesamiento de la información, y poseen sistemas de detección de amenaza hipersensibles, y las experiencias vitales se codifican como “recuerdos emocionales”.

La siguiente es una propuesta para “estar presentes en la emoción”, y vivirla sin “perdemos” en ella, en favor del equilibrio emocional

Ante una emoción intensa que surja en ti, puedes parar, hacer una pausa y enfocar tu atención en el movimiento interno que emerge. En vez de seguir irreflexivamente el primer impulso, concédete la oportunidad de observar.

Prueba a respirar hondo y serenarte. Se trata de que percibas las sensaciones corporales asociadas, que suelen ser de tensión o bloqueo, y dejes conscientemente relajar la zona abriendo un espacio de expresión corporal a la emoción, acompañando el proceso de respiraciones conscientes que suelen diluir el nivel de activación.

Contacta con todos los aspectos de esa emoción a través de su experiencia directa. Sintiendo más que pensando, dale un nombre a lo que sientes y permite de forma intuitiva que te revele qué necesidad expresa, a qué te impulsa.

Atestigua el sentimiento de aversión en ti asistiendo al despliegue de tu resistencia, consiente que la emoción se manifieste sin ponerle obstáculos, reconócela, y dale su lugar.

Traspasan la resistencia conectando interiormente con la parte de ti que aún se mantiene integra como fuente de amor y ternura, desde donde puedes desearte serenidad, paz, bienestar y felicidad. Reconócete digno de ser amado, pese a esa emoción perturbadora.

Ahora llega el momento de des identificarte de la emoción y dejar de alimentarla con pensamientos que la nutren y sustentan. Suéltala y hazte consciente del vasto espacio interior en el que se halla, pero que no ocupa totalmente.

Si la situación requiere una respuesta en forma de acción, ahora puedes llevarla a cabo con claridad y equilibrio, en mejores condiciones de responder de forma consciente y coherente, desde la presencia, evitando la reacción poco meditada, dejando espacio para emprender la acción conveniente.

La práctica de mindfulness resulta de gran ayuda, pues nos va entrenando en alargar el intervalo de tiempo entre la aparición del estímulo y nuestra respuesta emocional, permitiéndonos una pausa suficiente como para que nuestra parte reflexiva entre en acción y nos ayude a pasar del “modo reacción” al “modo respuesta”.

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