El Teatro Terapéutico Transpersonal es una potente herramienta de desarrollo integral. Nos puede llevar a escenarios desde donde trascender los múltiples personajes que somos, y asomar la cabeza hacia la esencia que también somos en lo profundo.

En este artículo te invitamos a sumergirte en este bello camino de autodescubrimiento que ofrece el Teatro Terapéutico Transpersonal, de la mano de Antonio Mulero, terapeuta, tutor de la Escuela y actor de amplio recorrido.

Ya de muy joven sentí el impulso de mostrarme encima de un escenario. Había una mezcla de miedo y placer en el “dejarme ver”, en la búsqueda de sentir la aprobación y el cariño de las personas.

Un actor, como cualquier persona, busca algo tan sencillo como lo es que le quieran, el sentir que pertenece; y esto lo vive a través del aplauso.

Para mí era emocionante. Trabajaba desde un ego inconsciente, joven y poderoso; me sentía alegre, feliz de mostrarme y reafirmarme. Con todo ello fui caminando y aprendiendo. De ahí mi profundo agradecimiento a la vida por permitirme desarrollar un hermoso y fructífero camino como actor y director de teatro.

En escena uno siempre está expuesto, al límite, incluso estando aparentemente relajado. El sentimiento de presencia, así como de estar intensamente vivo, es indescriptible: se multiplica en el escenario. Hay también una especie de sensación de inmenso vacío; también de descontrol y cierto grado de irrealidad. En el escenario, el actor se vive envuelto por una nebulosa, como si estuviera viviendo un gran sueño lúcido. Vivir cualquier opción se torna posible, incluso diría que hasta inevitable. El gozo y el dolor van de la mano, el control y la posibilidad de dejarse ir se dan casi en un mismo instante. En el ambiente se extiende una sensación sagrada. ¡Todo es posible!

En el escenario uno puede tomar cierta distancia para hacer menguar el miedo. También puede dejarse llevar y aceptar cada cosa que venga, surfeándola para enseguida soltar y recibir la siguiente. Es algo así como convertirse en vehículo de algo superior al yo personal, pudiendo así auto transcenderse. El pequeño yo se transforma con esta vivencia, ese yo con el que tanto nos identificamos en el día a día.

Desde mi incorporación a la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal como docente, tutor y facilitador de retiros, he sentido la necesidad de poner mi experiencia en el ámbito del teatro al servicio de lo terapéutico, creando técnicas y dinámicas para agudizar el estado de consciencia de la atención y la presencia, al tiempo que para profundizar en el autodescubrimiento.

Los retiros de El Teatro Terapéutico Transpersonal no solo están dirigidos a actores, sino también a personas que quieren superar dificultades o conflictos de pertenencia, de identidad, de adicciones, de autoestima, de timidez o de consciencia corporal.

El teatro terapéutico está indicado asimismo para mejorar la gestión de nuestro mundo emocional, deviniendo más conscientes de las emociones y aprendiendo a identificarlas, así como a gestionarlas de una forma óptima.

Terapéuticamente hablando, el teatro es un buen espacio para arriesgarnos a superar ciertos límites que nos marcamos en lo cotidiano, en el seno de un grupo de confianza que sostiene a todos los participantes y sus procesos íntimos.

En un retiro de teatro terapéutico se abre la posibilidad de darnos cuenta de lo limitados que vivimos a menudo, como si estuviéramos encorsetados en una vestimenta que nos oprime. Podemos darnos cuenta también de la totalidad que somos, al tiempo nos experimentamos más libres y vivos, menos presos de nuestros propios personajes y máscaras.

El Teatro Terapéutico Transpersonal nos ayuda a Ser, a vivirnos pacientes, a arriesgar y, sobre todo, a enfrentar con coraje nuestros miedos, conflictos, heridas y sombras enterradas en los sótanos de nuestra inconsciencia.

El acto teatral, si lo tomamos con entrega, humildad y corazón, puede convertirse en algo profundamente liberador.

Para este viaje a lo profundo, la amabilidad, la alegría y el humor para con todo, quizás sobre todo para con nosotros mismos, es fundamental. La invitación es a dejar a un lado la seriedad y la importancia personal, para volvernos más ligeros y gozosos. En esta aventura podemos volar a nuevos territorios, descubriendo que lo que creemos ajeno a nosotros, también “somos nosotros”, incluso quizás con más fuerza. Tal vez así sentiremos en nuestro corazón la luz del amor y la gracia.

En definitiva, jugar a “hacer teatro” nos regala la posibilidad de experimentar nuestros personajes y emociones con mayor libertad. En este contexto, amparados en que estamos representando a diversos personajes, acabamos por descubrir que en realidad…  ¡Siempre somos nosotros los que experimentamos!

Al fin y al cabo, lo que vivimos en nuestro día a día no es distinto a lo que pueda suceder en un escenario teatral, sólo que solemos tomárnoslo con más gravedad y seriedad. Pero…, ¡no dejan de ser experiencias y paisajes cambiantes, cual las diversas escenas y decorados de una obra de teatro!

El teatro, como la vida, parte de la presencia y la toma de conciencia de nosotros mismos y nuestro entorno circunstancial, en el aquí y ahora. La experiencia ocurre en el misterio de la ahoridad. En este sentido, lo importante es la experiencia, una experiencia que no es ni verdadera ni falsa, es simplemente lo que es, absolutamente circunstancial, neutra y cambiante instante a instante. La experiencia será la que sea, pero lo verdaderamente relevante, lo que nos define, es lo que hacemos con ella: cómo nos posicionamos, cómo la gestionamos, cómo nos transforma y cómo recogemos lo significativo de ella.

Una de las tareas más importantes en el Teatro Terapéutico Transpersonal, es el darse cuenta: darse cuenta de donde se posa nuestra atención, sin controlarla, tan sólo siendo solo testigo de nuestra propia mente pensante. Este es precisamente el autentico propósito: observar, sea lo que sea lo que atestigüemos.

Cuando una persona en escena pone la atención en cómo está respirando en el aquí y ahora, al igual que se hace en meditación, surge un estado de presencia que tiene que ver con “no empujar a la vida”, con dejar que suceda. Desde tal presencia en la respiración, anclados en un estado atencional agudizado, las cosas ocurren sin necesidad de “actuarlas”, todo “se hace” a través de uno, sin esfuerzo, confluidez.

El Teatro Terapéutico Transpersonal nos ayuda a calmar el alma, así como a discernir el dolor natural del sufrimiento innecesario.

Al recuperar la vitalidad y la conciencia de nuestro cuerpo, superamos el miedo escénico de nuestra propia existencia. Al transformar la realidad, nos transformamos a nosotros mismos. Este es el gran poder del Teatro Terapéutico Transpersonal: a través de algo aparentemente tan “inocente” como lo pueda ser el teatro, nos sumergimos en el autodescubrimiento, y con ello llega una transformación sin marcha atrás.

La vida es completa en sí misma, es como es, y nosotros tenemos la posibilidad de desplegar nuestras alas y volar en sintonía con ella: volar con lo inevitable, sin tener que excluir nada, experimentando con coraje absolutamente todo. Tal vez esto nos acercará al vacío fértil, allí donde habitan el espíritu, la Gracia y el Misterio.

Para ello, es importante la búsqueda de la autenticidad, del mostrarse, del asumir riesgos, al tiempo que revisamos nuestra pretensión personal, la mentira y el artificio. El Teatro Terapéutico Transpersonal nos invita a vivir desde la sobriedad y la coherencia, encontrando nuestro centro.

Quizás ahí, en ese centro inmutable y esencial, descubramos la belleza que somos.

 

Antonio Mulero Carrasco

Terapeuta Transpersonal y Tutor de la EDTe

Coordinador de retiros de Teatro Terapéutico Transpersonal

 

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Retiro de Teatro Terapéutico