Hablar de Propósito es evocar la fuerza motora que nos anima y nos hace sentir que existe un sentido por el que vivir. El propósito es el combustible de nuestras vidas, por él nos sentimos vivos. Cuando vivimos conscientemente con un propósito que nos moviliza, sentimos una alegría y una determinación que nos ayudan a atravesar los obstáculos inevitables de la vida en beneficio de esa “razón mayor” que se asienta en nuestro interior.

Cuando no hemos prestado la suficiente atención al propósito que nace de nuestra inteligencia cardiaca, vamos por la vida carentes de una motivación que dé sentido a nuestros actos cotidianos. Es entonces cuando deambulamos perdidos, cuando todo nos resulta “en vano”, cuando hacemos las cosas “porque es lo que tenemos que hacer” o para conseguir un mayor bienestar en un ilusorio futuro, en lugar de dar sentido a lo que hacemos Ahora.

La Evocación del Cuento

El filósofo paseaba por los campos cuando encontró en el río a un pescador muy atareado.

– ¿Qué haces, buen hombre? —le preguntó

-Echo las redes.

– ¿Para qué?

-Para pescar.

– ¿Para qué quieres pescar?

– Para vender el pescado.

– ¿Para qué quieres venderlo?

-Para obtener algunas monedas.

– ¿Y para qué quieres el dinero?

-Para comer.

– ¿Pero, para qué quieres comer?

– ¡Para vivir señor, para vivir!

– ¿Pero para qué quieres vivir…?

El pescador se quedó perplejo, y enmudeció.

– ¿Para qué quieres vivir? – Insistió el filósofo…

El pescador caviló unos momentos y al fin respondió:

-Para pescar.

Cuando profundizamos en la vía de la auto indagación llegamos a escuchar el propósito verdadero que nuestro corazón anhela expresar. Entonces dejamos de postergar nuestra felicidad al “día de mañana” y nos damos cuenta de que, cada acción que realizamos a lo largo de nuestros días, por insignificante que nos parezca, puede estar cargada de un propósito que dé sentido a nuestro existir.

Atendiendo a la intención que imprimimos a cada momento que vivimos, podemos empapar cada pequeño acto cotidiano de un “propósito” que nos hará sentirnos completos y útiles.

Todos, el día de nuestro nacimiento al firmar nuestro “contrato” con la vida, asumimos una cláusula innegociable que dice que moriremos algún día. O sea que, nos pongamos como nos pongamos, si alguna certeza incuestionable hay en la vida es que en algún momento moriremos y entonces, posiblemente, echemos la vista atrás dándonos cuenta de cómo hemos vivido, qué sentido le hemos dado a cada día, de qué modo y bajo qué propósito hemos contribuido al mundo del que nos despedimos.

¿Qué mayor satisfacción que soltar esta existencia con la sensación de haberla aprovechado plenamente, de haberla vivido con propósito? No estamos hablando necesariamente de grandes y heroicos actos, sino de haber vivido atentos, dándonos cuenta, siendo conscientes de cada pequeña semilla de intención y sentido que hemos plantado en nuestro discurrir por este mundo.

¿No crees que nos iremos en paz si sentimos que hemos vivido con un propósito que realmente valía la pena? ¿Qué actitudes llenarían de sentido lo que en tu día a día realizas?

La ciencia nos dice

David Ingvar observó que la actividad frontal alcanzaba altos niveles durante los estados de reposo. Propuso que dicha hiperactividad correspondía a la “mentalización consciente, no dirigida y espontánea, al trabajo que el cerebro lleva a cabo cuando estamos solos y no somos interrumpidos”.

Se reveló un patrón increíblemente sólido de regiones cerebrales que permanecen más activas durante las condiciones pasivas de la tarea que

durante las que perseguían un objetivo concreto de realización. Esas regiones cerebrales están muy activas en reposo, pero se desactivan durante la realización de tareas cognitivas. Así se identificó lo que se conoce como “la red neuronal por defecto”, la tercera red cerebral junto con la de la concentración y la de la atención abierta.

Realmente, no es tan importante lo que hacemos como “desde dónde” lo hacemos. Prestar atención a “desde dónde” hago lo que hago, significa mantener una “oreja dentro” para observar la intención desde la cual me desenvuelvo en cada momento. No tenemos necesariamente que cambiar nuestro modo de vivir para sentir que nuestra vida tiene sentido, basta con impregnar las acciones que cotidianamente realizamos de actitudes e intenciones que estén en sintonía con el propósito que nos llena y motiva.

Te proponemos que cada mañana al despertar, dediques tu primer pensamiento al sentido que vas a darle al día que tienes por delante.

¿Para qué vivo el día de hoy? ¿Qué propósito decido manifestar durante la jornada?

Deja que la respuesta provenga de la inteligencia de tu corazón. Quizás te ayude hacerte estas preguntas durante la práctica de meditación que cada mañana realizas.

El hecho de evocar cada día nuestro propósito de la vida, de convocarlo, hace que la consciencia acerca de él vaya ampliándose y se abran posibilidades nuevas en nuestras vidas cada vez más en sintonía con nuestro propósito.

El hecho de conectar con un propósito para la jornada, más allá del habitual automatismo de “despertarse para ganarse la vida”, nos va llenando de una sensación de sentido, motivación y fuerza, que nos ayudará a descubrir algo que siempre hemos anhelado:

¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿Para qué vivo?

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