La adicción no puede ser comprendida tan solo desde la perspectiva personal, es decir, limitándonos a indagar en la vida de la persona con adicción adicto y en sus déficits personales. De enfocarnos tan solo en el ámbito de lo personal, nuestra comprensión será parcial y limitada.

En realidad, la adicción se gesta en el entorno relacional. Este entorno no siempre es un escenario presente, ya que determinados sucesos pasados de nuestra familia y comunidad de pertenencia laten tras los trastornos y limitaciones que experimentamos en nuestra vida actual. En este sentido, la adicción es, en alguna medida, una respuesta –aunque inadecuada, pero al fin y al cabo una respuesta– al dolor no gestionado: de nuestra propia experiencia vital, la de nuestra familia e incluso la de nuestra comunidad.

Por otra parte, y debido a acontecimientos vitales que nos han podido herir, en ocasiones perdemos la confianza en los demás y en la vida, se instala en nosotros el miedo y repetimos, una y otra vez, el pasado de dolor. Esto conforma el caldo de cultivo ideal para la adicción.

La comprensión es la puerta de salida

La salida del mundo de dolor que inunda la vida del adicto está en la comprensión.

A menudo llevamos pesadas “mochilas” cargadas con lo que nos dolió y revivimos nuestras heridas, esperando que las personas que participaron de tal daño lo restauren. Somos capaces de entender racionalmente que en la mayoría de los casos esto no va a suceder: nuestros padres no van a cambiar, el exilio que vivió nuestra familia no tiene vuelta atrás, no volveremos a ver a aquel ser tan querido que murió, el maltrato que vivimos es irreparable…

Sin embargo, la comprensión profunda de que el pasado es pasado, y de que está en nuestras manos el tomar plenamente nuestra vida con todo lo que esta contiene, sucede a un nivel transracional. La comprensión nos libera de la necesidad inconsciente de repetir compulsivamente los escenarios de dolor.

¿Cómo estar en paz con lo que tanto duele?

¿Cómo liberarnos de nuestras cargas y dejarlas a donde pertenecen: al pasado?

¿Dónde pones tu “límite de plenitud”?

El “límite de plenitud” que nos permitimos está definido, al menos en la primera etapa de la vida, por el que se permitieron nuestros progenitores. Así, internamente nos decimos: “Yo no tengo derecho a más –a vivir mejor, a ser más feliz, a tener más dinero…– que mis padres”. Esto sucede especialmente cuando, siendo niños, hemos

captado carencia e infelicidad en nuestros padres. Por lealtad, decidimos no superar ese límite que inconscientemente nos hemos marcado, de forma que podemos decirnos internamente, y con la consciencia tranquila: “Yo como tú papá, mamá”….

Sobra decir que, tras las adicciones, a menudo hay infancias marcadas por la violencia, física o psicológica, el abandono y la carencia afectiva. En ocasiones, los escenarios vividos fueron tan duros que, desde muy temprana edad, la criatura debe encontrar formas de evasión para poder sobrevivir emocional y psicológicamente. Más tarde, estas estrategias de supervivencia pueden dar lugar a una adicción, que viene a cumplir la misma función: la de encontrar un lugar donde resguardarse de la tormenta para poder sentir un poco de paz.

La falta de calor, cobijo, protección y afecto provocan un vacío en el corazón del niño/a que, con los años, puede traducirse en tristeza profunda. En estos casos, la adicción constituye un intento de salida del intenso dolor en el alma; la adicción cumple, entonces, una importante función que merece ser reconocida.

Los denominadores comunes de las personas que han vivido tales situaciones son: un gran sentimiento de vacío, sentimientos de vergüenza, culpa intensa, frustración, rabia y, en muchos casos, violencia, no solo dirigida afuera, sino también hacia uno mismo.

Si tomamos en cuenta que todo niño depende de sus cuidadores y que la necesidad de perteneciente es, por tanto, instintiva, es fácilmente comprensible que éste sea capaz de adaptarse a situaciones inimaginables, negando incluso su propio ser.

Así, un niño es capaz de “autoconvencerse” de que “algo malo” debe de haber en él para que sus padres no le quieran, le peguen o le abandonen. Su mente no puede concebir que los padres estén haciendo algo malo, por lo tanto, necesariamente tiene que llegar a la conclusión de que el error está en él.

No es de extrañar que esto sea así, ya que su impulso de supervivencia le impide renegar de quienes le cuidan: tiene que adaptarse para asegurarse la protección, el alimento y el cuidado.

Ahora bien, esto se convierte en un problema cuando, en la edad adulta, seguimos repitiendo estos mismos patrones internos de agresión y violencia, es decir, encarnando a las figuras maltratadoras de nuestra infancia: ya no es necesario que haya un agresor externo, porque uno mismo se ha convertido en su peor enemigo.

El ideal de los “buenos padres”

La paradoja está en que esta tendencia autodestructiva permite mantener el ideal de los “padres buenos”: si uno busca la perfección y trata de superar los defectos de sí mismo que antaño “provocaron” el maltrato o el abuso por parte de sus “buenos padres”, tal vez por fin conseguirá el amor tan anhelado. Mientras tanto, la adicción

ofrece un cobijo, un resquicio de amor que, aunque artificial, al menos calienta un poco el corazón.

Bien sabemos que los padres no siempre han sido tan “buenos”; en todo caso, han sido como han sido, e incluso en ocasiones habrá que reconocer que han causado un daño directo.

Este reconocimiento es fundamental para que una persona adicta pueda comenzar a transitar el camino de la recuperación, que no es otro que el de ir recomponiendo aquellas partes de sí mismo que se extraviaron por el camino.

Así, en algún momento del proceso será importante enfrentarse el desmoronamiento del ideal de los padres buenos, lo cual permitirá a la persona reconocerse desde una perspectiva más realista. Esta nueva perspectiva, aunque no exenta de dolor, es a la vez profundamente liberadora: libera del doloroso pasado, así como de la necesidad de repetirlo.

Mirar al propio dolor nos completa

Mirar al propio dolor nos completa, es decir, nos permite reconocer nuestra vida y a nuestra persona de una manera más íntegra, sin fragmentación. Es como tomarnos de la mano a nosotros mismos y reconocer que tuvimos miedo, que nos hubiera gustado sentir más calor y afecto…

El solo hecho de reconocer esto ante nuestros propios ojos nos acerca al corazón, es decir, a una capa más profunda y esencial de nuestra identidad.

La apertura a mirar lo que fue abre la puerta a la tan anhelada paz: el pasado queda en el pasado, ya no reaparece cual fantasma reproduciendo una y otra vez lo vivido y ensombreciendo el momento actual.

En el ahora hay una nueva oportunidad de caminar ligeros e inocentes.

A modo de conclusión, podemos decir que el camino profundo de recuperación de una adicción se arraiga en el nivel transpersonal de consciencia; es decir, es un camino por el que la persona va accediendo a una mayor amplitud y profundidad, desde donde se hace posible dejar ir lo doloroso.

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