Extracto del temario de Terapia Sistémica Transpersonal

En este artículo profundizaremos sobre la Terapia Sistémica Transpersonal, una vía terapéutica que integrando lo cognitivo, va más allá. En el momento histórico actual disfrutamos del gran avance de la medicina, que sin duda contribuye a mejorar –o aliviar– nuestro estado físico. Sin embargo, a menudo padecemos dolores que no se curan con pastillas: nuestros corazones sufren por cuestiones no siempre tangibles que requieren de otro tipo de abordaje. En este contexto nace la Terapia Sistémica Transpersonal.

 

Conforme vamos madurando y atravesando sucesivas etapas de desarrollo, comprobamos que la vida es la aventura por excelencia. En esta aventura enfrentamos toda clase de obstáculos, atravesamos luces y tormentas, disfrutamos de momentos inolvidables, llegan ganancias y también pérdidas, placeres y dolores, pasiones, anhelos y temores. La salida de esta inestable dualidad está dentro.

José María Doria

 

Una humanidad en proceso de maduración

En el seno de una humanidad en proceso de maduración, enfrentamos retos tales como el desarraigo, la soledad o la carencia de sentido. Mientras que nuestros ancestros contaban con el apoyo de la red familiar y comunitaria, en el núcleo de las grandes ciudades del siglo XXI cada cual tiene que valerse fundamentalmente de sus propios recursos.

La comunidad ha dejado de cumplir la función de la “gran familia”, para devenir un conglomerado de seres humanos orientados a la producción. Por otra parte, mientras aquellos ancestros se refugiaban en el consuelo de Dios, la sociedad de la post ilustración ha presenciado la ya anunciada por Nietzsche muerte de Dios. Somos huérfanos de Dios y, por tanto, de las creencias que religaban a nuestros antecesores con un “más allá” que otorgaba un sentido mayor al “más acá”. Somos incrédulos ante dichas creencias que habitaban en la mente colectiva, tal vez porque la mente mágica de antaño ha dado paso a una mente racional a la que, por mucho que quiera, le cuesta creer por creer.

El nuevo habitante de las grandes urbes, desarraigado del entorno agrícola, comenzaba a sufrir patologías hasta entonces desconocidas. La psicoterapia nacía para brindar soluciones a estas nuevas “enfermedades del alma”.

La sociedad moderna dejaba atrás la mente mágica, propia de la infancia, para adentrarse en la adolescencia: ahora las personas necesitaban individualizarse y comprenderse, y para ello tenían que dar un paso adelante dejando atrás el pasado.

Del mismo modo que el adolescente sale de la casa pegando un portazo, un gesto éste de autoafirmación necesaria, la sociedad moderna pegaba un portazo al pasado, al tiempo que se encaminaba hacia la mente ilustrada, que traería parejo el insospechado avance tecnológico y científico que actualmente vivimos.

Ya más madurado y profundamente desencantado de las promesas de la razón, el actual ser humano mira atrás y descubre, no sin pesar, que aquello que ayer ofrecía consuelo, hoy ya no le vale. Este desencanto empuja a una sedienta búsqueda: el habitante del siglo XXI mira hacia delante tratando de captar un ‘algo más’; su alma se ha resecado de falta de sentido. La ciencia ofrece respuestas, la medicina cura nuestros cuerpos, la tecnología hace la vida más fácil, pero…, ¿y el alma? ¿Quién se ocupa de curar y nutrir el alma? Pareciera que ésta hubiera quedado relegada por ser cuestión secundaria.

 

El nacimiento de la Terapia Sistémica Transpersonal

Es precisamente en este contexto donde nace la Terapia Sistémica Transpersonal como una vía de autodescubrimiento y reconciliación profunda. ¿Reconciliación con qué? Con el mundo de nuestros ancestros y con el a menudo atemorizante porvenir; con el Misterio inaprensible por nuestra mente lógica; con nuestras herencias y heridas del pasado; con los sueños rotos y también con los que están por realizar; con nuestros padres y nuestras madres, quienes hicieron lo que supieron y pudieron; con las parejas que nos amaron y también con las que no supieron amarnos tan bien; con nuestra infancia e incluso con la vejez que nos acecha; con los vivos y también con los muertos, a quienes a menudo nos quedaron palabras por decir; con lo cognoscible y con lo incognoscible, con la Vida y con la Muerte…

El propósito de la Terapia Sistémica Transpersonal, transitando la vía terapéutica, va más allá al proponer un ensanchamiento de la mirada hacia el ámbito de lo transpersonal, es decir, hacia lo que trasciende el nivel persona. Tal ensanchamiento trae parejo un proceso de maduración e integración.

Partiendo de la conscientización de los íntimos vínculos con la familia de origen, y por tanto de las heridas, conflictos y desequilibrios subyacentes, a través de la Terapia Sistémica Transpersonal uno termina por mirar hacia el vínculo que establece con cualquier aspecto de la vida y de la muerte. Se trata de un proceso, en último término, de autoconsciencia.

La Terapia Sistémica Transpersonal propicia la integración psicoemocional a través del progresivo abrazo de aquello que duele mirar. Se dice que “crecer duele”, y es que el camino de la maduración y del consiguiente ensanchamiento de nuestra identidad personal necesariamente pasa por incluir lo que, por un motivo u otro, ha permanecido excluido.

En el ámbito de lo sistémico, lo “excluido” van más allá de la propia biografía personal, abarcando las exclusiones que ha habido a lo largo de las generaciones del sistema familiar. Los seres humanos tendemos a excluir de nuestra consciencia lo que no somos capaces de reconocer en un momento dado por resultar demasiado doloroso. Así, soterramos en la sombra de nuestro inconsciente vivencias tales como pérdidas y duelos no del todo aceptados, parejas con las que la separación fue dolorosa y el amor no del todo consumado, personas hacia las que sentimos aversión o vergüenza, tragedias que dejaron heridas en el corazón o secretos difíciles de digerir.

Y si bien pudiera parecernos que tales vivencias dolorosas se los lleva uno a la tumba, la Terapia Sistémica evidencia que no es así. Lo que no pudo ser “digerido” en una generación, pasa a la siguiente; y así es como, por ejemplo, la tristeza de haber perdido a un hijo en la guerra puede ser experimentado por un miembro de generaciones posteriores, sin que haya consciencia de lo que originó tal sentimiento.

La palabra reconocimiento toma aquí especial relevancia: en el momento que podemos mirar hacia lo que duele, somos capaces de reconocer a esa persona o hecho que es –o que fue– fuente de dolor. Así es como lo excluido se incluye; así es como las partes, antes divididas, se reúnen y dan paso a la integración.

A medida que transmitamos el camino de la vida, nos damos cuenta de que lo que ésta nos pide es, precisamente, poder mirar ahí –hacia lo que rechazamos– y decir “sí” también a eso. Este “sí” parte de lo pequeño, de los más inmediato y cercano: aprendemos a decir “sí” a nuestras limitaciones y también a nuestras virtudes; “sí” a los aciertos y también a los errores; decimos “sí” a la vida tal y como ha sido hasta ahora; asentimos al pasado, por muy doloroso que éste haya podido ser; “sí” también a nuestro padre y a nuestra madre, independientemente de lo que nos dieron y de lo que no nos pudieron dar… Más tarde podemos decir “sí” a la vida tal y como es ahora; “sí” al “bien” y también al “mal”; “sí” a la salud, y también a la enfermedad.   

 

Esta es la esencia de la Terapia Sistémica Transpersonal: contribuir a que nos hagamos conscientes de nuestra inserción en un todo mayor, primero a través de la toma de conciencia de que formamos parte de nuestro sistema familiar, luego del sistema Humanidad y, por último, del Sistema–Universo.

 


Quizá te interese nuestra formación en:

 

Terapia Sistémica Transpersonal