Nuestra vida transcurre “con otros”. Somos seres sociales, y eso implica contacto cercano con nuestros semejantes. Vivir “con otros” requiere interrelación y contacto.

La comunicación es el vehículo por excelencia de nuestras relaciones: nos comunicamos con nuestros hechos, con nuestra presencia o nuestra ausencia, a través de lo que elegimos o descartamos, con lo que nuestro cuerpo y nuestros gestos expresan, y de forma muy explícita mediante el lenguaje. Hablar y escuchar son uno de los medios más directos de comunicarnos.

Solemos comunicarnos de manera superficial. Podemos hablar mucho pero no expresamos nuestro mundo interior casi nunca. Reímos y cantamos por fuera cuando en nuestro interior la tristeza merodea sutilmente. Puede que midamos nuestra comunicación por el número de contactos en redes sociales.

Si nos comunicamos desde la desatención, socavaremos y desvirtuaremos lo que expresamos, y filtraremos y distorsionaremos lo que creamos escuchar. Comunicamos cosas, pero no lo compartimos desde nuestro estrato más profundo. Y es que, en ocasiones, esta posibilidad nos atemoriza… pero la comunicación puede practicarse desde la atención.

A poco que indaguemos nos daremos cuenta de que anhelamos algo más que intercambiar información: anhelamos una verdadera comunicación, no superficial, sino de corazón a corazón, de ser a ser. Una comunicación que construya vínculos sólidos y exprese quien somos con autenticidad, más allá́ de la mera verborrea.

El reto es escuchar y hablar conscientemente, comprender que la comunicación es un proceso de conexión con los demás y con nosotros mismos. Para ello necesitamos ser conscientes de nuestros sentimientos y de las resistencias que nos dificultan escuchar y expresarnos abiertamente.

Una comunicación enraizada en la atención plena es transformadora. Cuando nace de la inconsciencia nos deja un poso de incomprensión, de no haber contactado realmente ni con el otro ni con nosotros mismos.

El silencio en nuestra sociedad está mal considerado

El silencio en nuestros días es un incómodo compañero de viaje, incluso le tenemos miedo. Parece que fuera la tierra de la debilidad, de los cobardes que no expresan su opinión o no se oponen apasionadamente en las discusiones. Pero en realidad, solo en él reside la posibilidad de conectarnos al fondo sereno, calmo y silencioso en el que Somos.

Estar en silencio nos resulta difícil porque aparece el miedo al vacío. Nos hemos acostumbrado a llenar los huecos, a vivir en el ruido, y dejar de hablar, aunque sea por un momento, resulta amenazador y desconocido. El ego, ese pequeño personaje desde el que aprendimos a vivir, no soporta el espacio de la consciencia que se hace evidente en el silencio. Por eso necesita ruido, contenidos, algo concreto a lo que asirse y sentirse seguro

¡Cualquier cosa menos ese silencio aterrador!

Sin embargo, para que surja comunicación consciente y profunda, tenemos que hacernos amigos de los silencios y de las pausas. No del silencio que expresa bloqueo o aislamiento, sino del silencio fértil del que brota la palabra autentica que “dice lo que yo soy” y que me permite acceder a capas más profundas de mí.

En el silencio dejo a mi “presencia” oír a tu “presencia”. Todo mi “ser” está escuchando a todo tu “ser”.

Necesitamos hacer silencio dentro de nosotros, detectar la fuga de energía que sucede cuando nos enganchamos a los procesos mentales. Cuando respetamos nuestras pausas y las del otro, cuando en ellas nos permitimos respirar y sentir, reorientamos nuestra energía para que no se despilfarre en automatismos y posibilite una respuesta consciente y transformadora.

Este silencio es sanador: en él nos escuchamos a nosotros mismos, escuchamos realmente a los otros y ejercemos el poder de “decirnos a nosotros mismos”, de autorrevelarnos. Cuando entramos en la tierra del silencio y alguien nos escucha desde ella, sucede algo milagroso: explicándonos para el otro, nos comprendemos a nosotros mismos más profunda y verdaderamente.


El silencio es la tierra fértil de la que surge lo que quiere ser dicho y lo que necesita ser escuchado.

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