La tregua de nuestra lucha interna

 

La confusión que los seres humanos sufrimos tiene varios niveles de intensidad. Desde el básico enojo y su posible desbordamiento emocional que bloquea el razonamiento, hasta la imposibilidad patológica de controlar los contenidos subterráneos de nuestra sombra. Se trata de momentos en los que, ciegos de impulsividad egoica, no nos percatamos de lo exagerado de nuestra conducta y actuamos con un despropósito tal que, a menudo, daña de manera desproporcionada.

Viendo claramente la confusión, uno se libera de la confusión. Nisargadatta.

La confusión mental sobrevive por no estar “vista” por el desarrollo de la parte más neutra y consciente de la propia mente. Cuando la propia confusión se torna consciente el estado mental ya no es el de confusión, aunque sus síntomas sigan aconsejando prudencia y aplazamiento.

La impulsividad emocional que ciega la razón y causa sufrimiento, urge a la reflexión y a la toma de consciencia. Son aconsejables los procesos que nos entrenan en auto observar mecanismos de conducta, de monitorizar los pensamientos que incrementan el factor medicinal por excelencia: el darse cuenta.

Ante un error solemos pensar: “si me hubiese dado cuenta…”. Para desarrollar tal facultad es aconsejable hacerlo acompañados de un consultor.

El loco que se da cuenta de que está loco, no está loco.

El conflicto nace cuando dos o más partes internas no son capaces de convivir y resolver la acción. Cuando esto sucede, conviene des-identificarse de dichas partes ensanchando la visión y permitiendo, entre las dos, una nueva convivencia.

La atestiguación sostenida de dichas tendencias contrapuestas logrará el encuentro de ambas desde un tercer punto. Esta observación ejercida desde este tercer nivel conlleva la recuperación de una distancia que permite la convivencia entre opuestos internos sin necesidad de forzar partes vencedoras ni exclusión alguna. El objetivo sanador está en mirar globalmente y devenir consciente del tipo de pensamientos que pasan por nuestra cabeza.

Toda partícula observada es una partícula transformada. Principio de Heisenberg, premio Nóbel de Física Cuántica

Ante la inundación de las viejas violencias almacenadas en nuestro inconsciente, conviene apostar por el desarrollo de la sensatez y la cordura. Un término éste que curiosamente, tiene que ver más con el mundo del corazón (“cor”-corazón-cordura) y su hondura esencial, que con el de la cabeza. Además, resulta clave trabajar en la reprogramación de la conducta mediante una sostenida auto observación.

Cuando dedicamos atención a las raíces y significados que perturban nuestra paz, se produce, a su vez, una transformación de signo evolutivo. Una modificación que nos aproximará, de forma paulatina, a ignorar y reforzar aquellas partes internas que, en cada caso, convienen a la armonía del conjunto.

A través de Mindfulness podemos desplegar el testigo y entrenar la atención sostenida clarificadora. Sin duda, una competencia que, en última instancia, conduce a la liberación del sufrimiento. Desde la observación podemos abrir el diálogo de las “diferentes partes” de uno mismo, de diferentes roles o emociones.

Podemos entrar en contacto con “nuestras partes”, a menudo enfrentadas, para experimentar cómo se siente cada una de ellas en el momento presente y trabajar así en contacto con el aquí y el ahora nuestros conflictos internos, cuando hay una parte de nosotros no aceptada y que provoca una fuerte autocrítica.

Se trata de una invitación a permitirnos sentir la intención y el deseo genuino y profundo de relacionarnos con nosotros mismos de una forma más amable y sana en el futuro. Conceder una tregua en nuestra lucha interna y hacer posible la Paz…

Los viejos hábitos de autocrítica no tienen que durar siempre. Basta con que abramos un espacio para escuchar esa voz que ya está en nuestro interior, incluso aunque aún esté algo escondida…

la voz de su Ser interior compasivo y sabio.

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