Me he preguntado a menudo por qué tengo enfocada mi atención en el concepto vida sencilla. Reconozco al respecto que he tenido un proceso en torno al significado de la sencillez.

Hubo un tiempo en que la tuve asociada a simpleza e ingenuidad, y también en algún momento me sonó incluso a falta de desarrollo. Mi prejuicio se basaba en la idea de que la evolución es una carrera hacia la complejidad. Un camino que parte de la simpleza, por ejemplo, de la ameba unicelular y viene culminando en la complejidad del neocórtex. Y aunque tal visión siga siendo evidente, me ha sucedido algo peculiar: resulta que conforme he ido madurando, paradójicamente, me he topado abrupto con la sencillez. La verdad es que la sencillez se ha colado en los rincones de mi ser, manifestándose en toda una forma de mirar la vida y, sobre todo, de vivirla.

En realidad, la sencillez no es amiga del ego, es más bien proclive a crear silencios, a elegir el sendero medio y a rehuir la exageración en cualesquiera de sus formas. Lo sencillo ama los espacios vacíos y despejados, el orden y la consciencia. Sin duda también valora la humildad y las cosas pequeñas bien hechas, desconfía de las idealizaciones y promesas, al tiempo que fomenta la escucha en atención plena. La sencillez pasa por desechar lo superfluo e ignorar las ideas de invernadero que se fotocopian.

Es por ello que tras mi íntimo encuentro con esta concepción de vida, no puedo menos que considerar la sencillez como la manifestación directa de la esencia. Me atrevería a decir que la veo como una volatilización de lo sutil que el ser humano puede transmutar tras un complejo proceso interno de auto descubrimiento e integración.

Pienso que la vida sencilla es la vía espiritual por excelencia. Es la vida tal cual, sin dogmas ni recetas, la que no se deja seducir por formas y apariencias. En realidad es aquello que se vivencia natural y desde lo profundo del alma. Observo asimismo que la sencillez deviene del núcleo primordial des- de donde la realidad es percibida de manera consciente y directa. Lo sencillo no aspira a la riqueza, pero tampoco a la carencia y, sin embargo, posee implícito un claro SÍ a la suficiencia.

Vivimos un siglo en el que la complejidad o concurrencia de múltiples intereses es sello de cualquier toma de decisiones. La pluralidad de factores que debemos tener en cuenta a la hora de no excluir o perjudicar a ningún miembro del sistema, no hace precisamente las cosas fáciles. La mente racional ha devenido compleja por la gran información que maneja y, sin embargo, la inteligencia intuitiva y cardíaca está desplegando esa alma que viene envuelta en valores nobles, valores aplicables a un vivir sencillo en la gestión diaria.

No es extraño que en estos tiempos, cuando las personas queremos señalar la dificultad que existe ante una situación que enfrentamos, afirmemos coloquialmente que lo tenemos «complicado».

—No voy a poder, hoy lo tengo muy complicado.

—Tras lo ocurrido, vamos a tener una noche complicada…

Sucede que lo complicado se ha convertido en el factor de impedimento por excelencia. Como si las cosas, en vez de ser buenas o malas, ahora fuesen sencillas o complicadas.

Nuestro mundo se ha tornado complicado, y sus habitantes enfrentamos cada día retos familiares y profesionales de mayor envergadura. La sociedad se pregunta cómo salir de este bucle emocional de soledad y tecnología en el que vivimos enredados. En este sentido, resulta de gran inspiración asociar la imagen de la sencillez con el camino del río que resbala por el sendero de menor resistencia. Se diría que sus aguas fluyen por cada piedra que las obstaculiza, procediendo a rodearlas y abrazarlas suavemente mientras avanzan por la ladera.

Por otra parte, quién duda ya de que la visión del corazón, también llamada «inteligencia de vida», hace sencillo lo que parece complicado. El sentido profundo del vivir y el espíritu de colaboración que se despliega en la imparable evolución interna, ofrecen un panorama que tiende a la simplificación. Aquella humanidad antaño no solo inocente, sino también ingenua, tuvo que crecer mediante la creciente complejidad de su mente y la expansión progresiva de su consciencia.

La buena noticia es que este ser humano crecido y post complejo vuelve a recuperar la inocencia en el camino de vuelta a casa. Y en esta ocasión, lo hace con plena consciencia y por tanto como un atributo de la esencia. Tal vez quien se realiza simplifica su existencia y da valor a lo que de verdad es importante para desplegar armoniosa la experiencia de vida.

Extracto del libro Sabiduría de la vida sencilla

 

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