Lo que siempre fuimos y nunca dejaremos de ser: Totalidad Infinita.

 

Al nacer accedemos a la soledad de un cuerpo, a sabernos separados “de la piel para fuera”. Nacer es dejar de reconocerse Océano de Conciencia y devenir Yo. Y sucede que mientras haya tal Yo, existirá el Tú. Una separación que produce ansiedad existencial y anhelo de reunión eterna.

Toda una aventura de la Totalidad que deviene “parte” para expresar una sola nota de nuestra particular persona. Y aunque cada uno en nuestra esencia, contengamos todas las notas y seamos la totalidad misma, sin embargo, como ego individual en el mundo, expresamos tan sólo determinados rasgos o programas mentales frente a la infinita diversidad de otras “notas-persona”.

Pero la vida, ya desde su llegada, se despliega amenazada del suceso más democrático de la existencia: la muerte. Todos, absolutamente todos los egos mueren, los ricos y los pobres, los inteligentes y los torpes, los laboriosos y los vagos. La muerte no establece preferencias, ni discrimina, ella es la puerta de la inexorable disolución del -Yo-.

Morir es “volver a Casa” y recuperar la identidad global de Océano de Conciencia. ¿Quién teme perder su yo? Tal vez lo temamos si no nos permitimos intuir lo que significa el hecho de disolver la consciencia de Yo-parte y convertirse en Todo, en puro Ser, sin mente sujeto-objeto y sin dualidad alguna.

El sabio ríe cuando muere. Ríe de felicidad al desplegar lo plegado en expansión omnipresente. Ríe de felicidad al dejar el yo y disolver la tensión dual en una unidad de imposible conflicto. El río llega al mar y se expande. Siempre fue agua, aunque creyese que era río. El viejo anillo de oro se funde en el crisol y vuelve a ser oro, aunque se creyese anillo. Ambos recuperan la identidad de su esencia.

Morir es un privilegio, el privilegio de asistir a la vuelta tras la aventura de la consciencia. En el momento de la muerte, recordemos que somos Luz y que la brújula de que disponemos en dicho tránsito es la Luz.

Recordemos igualmente la conveniencia de desprendernos de los apegos y de recordar que somos inocentes sin culpa alguna. Recordemos también, en dicha hora de la muerte, que nuestra vida ha tenido más utilidad de lo que imaginamos, que no somos criaturas humanas en una aventura espiritual, sino criaturas espirituales en una aventura humana que, ahora, simplemente retorna.

Recordemos que no debemos afligirnos por los seres que dejamos, porque de ellos cuida la misma Inteligencia que en el último viaje a nosotros guía. La muerte es un motivo de celebración para todos los que quedan, porque un ser ha culminado “la campaña de la vida”.

Un ser que, tras su total disolución como individuo separado, nace a la Totalidad. Un “premio de fin de carrera” para los que ya son capaces de catar y valorar el Reencuentro después del largo e interesante exilio de una vida completa. Lo importante es que se ha vivido la gama de experiencias que había que vivir y, al fin, cada uno, en suprema sonrisa, deviene lo que siempre fue y nunca dejó de ser: Totalidad Infinita.

Acompañamiento en Procesos de Duelo y Muerte

Comparte

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest