En el proceso educativo, es importante permitir al niño/a que descubra y ejerza su necesidad de aventura y curiosidad. Igual de importante es el procurarle límites en su etapa de exploración del mundoLos límites sanos y conscientes permiten al infante sentirse seguro en su proceso de autodescubrimiento y apertura a lo nuevo.   

Sembrar las semillas del autocontrol y la autogestión 

En la primera etapa del desarrollo de la criatura (hasta que comienza a hablar, más o menos), esta se vive desde un nivel instintivo. Sus impulsos, por tanto, tienden a descontrolarse.  

Establecer una cierta guía en toda esa descarga de energía supone un verdadero desafío para padres, madres y educadores en general; sin embargo, es en esta etapa donde conviene ir sembrando las primeras semillas del autocontrol.  

Sembrar las semillas del autocontrol no significa coartar el proceso de autodescubrimiento de la criatura. De hecho, podemos incentivar su desbordante imaginación, a la vez que ponemos límites para preservar su seguridad.  

Así, aunque esta desbordante imaginación lleve al infante a creer que puede volar como su superhéroe favorito, obviamente le impediremos saltar por la ventana “para intentarlo”, sin necesidad de decirle que “deje de creer en sandeces”.  

Sencillamente, se tratará de conducir al niño/a en su exploración y descubrimiento del mundo y de su potencial.  

 

Poner límites conscientes es poner límites sanos 

En adelante, y a diferencia de lo que ocurría en la primera etapa de vida, el papel de los padres ya no consistirá tan solo en alimentar y proporcionar los cuidados necesarios: estos tendrán que mantener la constancia en los límites, siendo amorosamente firmes 

Si no sembramos el autoconocimiento y la capacidad de autocontrol en estas fases tempranas, nos costará mucho más cuando el niño/a tenga doce años.  

En definitiva, el aprendizaje de la autorregulación en el niño tiene que ver con su desarrollo de la autoconsciencia 

Como educadores, nos corresponde ser conscientes de nosotros mismos para, a su vez, acompañar a nuestros hijos y educandos en su propia autoconsciencia. 

El autoconocimiento amplio del educador le permite, al mismo tiempo, acompañar a los pequeños desde la comprensión, el respeto, la constancia y la atención plena.  

Este autoconocimiento incluye conocer qué emociones y actitudes nos “sacan de quicio”, tal vez porque las rechazamos…  

Así, por ejemplo, es fundamental comprender que el niño de dos años da patadas y mordiscos porque no sabe cómo decir “estoy enfadado contigo”.  

Aunque chille y se agite como si lleváramos meses sin darle de comer, en realidad está diciendo: “¡Ayúdame, estoy fatal.. Estoy cansado/enfadado y no sé cómo gestionarme!”. 

En este sentido, los límites deben tener la función de definir un espacio seguro en el cual el niño pueda expresar sus emociones y canalizarlas. Así es como, progresivamente, aprende la autorregulación. 

Desde este prisma, nos daremos cuenta de que los límites no limitan o constriñen el ser del pequeño, sino que sirven para que niños y adultos se sientan cómodos, vivan nuevas experiencias gracias a la toma de decisiones personales y aprendan a gestionar sus necesidades. 

Hay tres cualidades básicas que resultan de gran ayuda y a la vez muy relajantes para la –a menudo– ardua labor de los padres: la aceptación, la presencia y la comprensión. 

 

Practicar Mindfulness = Educar en presencia  

La práctica Mindfulness es un gran aliado (si no el mayor) de la Educación Consciente: si bien no soluciona los problemas cual “varita mágica”, nos brinda la oportunidad de habitar plenamente cada momento presente.  

Tal estado de presencia no es baladí en el proceso educativo, teniendo en cuenta que es requisito imprescindible para no proyectar nuestros “asuntos pendientes” en dicho proceso. La educación es algo que se construye y que sucede en el día a día, en los instantes presentes que compartimos con nuestr@s hij@s y/o educandos. 

Estar atentos al momento presente permite hacernos conscientes de la intranquilidad que sentimos cuando no sabemos si estamos poniendo unos límites respetuosos o asertivos en la crianza de nuestr@s hij@s y/o educandos. 

 

No puedes detener las olas, no puedes influir en el comportamiento del mar, pero sí puedes aprender a surfear, a practicar el surf sin vela. 

 Esta es la esencia de la práctica de la atención plena.  

Cuando estamos plenamente presentes, podemos “ver” la realidad y tomar decisiones acertadas y congruentes con esta. 

De la misma forma, estando presentes en lo que acontece ahora, nos damos cuenta con facilidad de cuándo nos sentimos irritados, cuándo nuestra paciencia está siendo puesta a prueba o cuándo gritaríamos a pleno pulmón.  

Al darnos cuenta de las “reacciones automáticas” que están a punto de desencadenarse “desde las tripas”, podemos elegir “otro camino”: una respuesta más consciente.  

Al hacerlo, estamos evitando ser arrastrados por las propias emociones o por las de otros. También evitamos ser presos de respuestas reactivas de las que más tarde nos arrepentiríamos con facilidad.  

Cuando, a través de la atención plena y de la práctica de la meditación, desarrollamos la capacidad de mantenernos en nuestro centro, las decisiones y respuestas nacerán también de allí.  

Así comienza el camino de una Educación Consciente. 

 

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