Los ocho falsos mitos sobre la meditación

 

 

La “meditación” en general ya no es hoy en día algo “raro”, forma parte del vocabulario popular y muchas personas quieren acercarse a la práctica meditativa, tal vez intuyendo los beneficios que conlleva para la vida cotidiana del practicante.

 

La meditación, dicho de una forma aséptica y directa, consiste en aprender a entrenar la propia mente en el enfoque de la atención. El progresivo despliegue de la atención nos abre la puerta a un conocimiento más profundo de nosotros mismos y a una mejor gestión de nuestro día a día, del mundo emocional y de la relación con los demás.

 

Sucede que con frecuencia asociamos la meditación con el hecho de reflexionar sobre alguna cuestión, con visualizar, con relajarse o incluso con “dejar la mente en blanco”.

En realidad, meditar no es ninguna de las acciones anteriores, ni de las que a continuación extendemos:

 

Aunque en algunas tradiciones existen aspectos de la práctica dirigidas hacia la actividad pensante, la meditación no es, en sí misma, un ejercicio para la recreación o elaboración de pensamientos intencionados, aunque estos tengan un argumento espiritual o de carácter profundo.

 

La meditación no es una técnica para controlar la mente. Al tratar de parar el movimiento del pensar, «mente en blanco», paradójicamente la propia corriente se refuerza acrecentando la actividad pensante. Por el contrario, si la mente se aquieta la observamos, y si la mente se agita así mismo la observamos.

 

La relajación es un efecto natural de la práctica meditativa, pero no se trata de la finalidad de esta. Solemos relajarnos con el fin de dormirnos; en la meditación nos relajamos para vivir despiertos.

 

La práctica meditativa es una vía de evadirse mediante el trance de los problemas ni evitar una determinada realidad que molesta, tampoco se trata de una técnica de auto sugestión o hipnosis. Pero si permite aflorar la paz interna que somos y como consecuencia derivada de su práctica puede ayudarnos a ver desde otras perspectivas lo que llamamos problemas.

 

La meditación como ejercicio de silenciación interior no se dirige a adquirir conocimiento o poder concreto alguno esotérico, ocultista o paranormal. Tan solo nos ayuda a conocer mejor a nuestra mente y hacernos “amigos” de nosotros mismos

 

Tampoco es una forma de aislarse como evasión de los obstáculos y responsabilidades que tenemos en el mundo, en lo que sería camino de aislamiento egocéntrico.

 

El ejercicio de la meditación no es propio de ninguna tradición religiosa o espiritual, aunque las tradiciones espirituales incorporan la práctica meditativa como vía a un estado de conciencia que trasciende las diferencias culturales.

 

Para meditar no es necesario seguir ningún tipo de creencia ni credo. Consiste en una práctica universal de interiorización, desnuda de toda ideología y desligada de cualquier religión o filosofía. La dimensión contemplativa va más allá del pensamiento sectario, cultural o religioso. Esta es en gran parte, su belleza, su neutralidad y su universalidad.

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