De la concentración a la apertura

Adopta para esta práctica la postura sentada, cuidando que tu espalda esté recta y te sientas estable. Desbloquea la zona de la nuca recogiendo suavemente la barbilla y deja que tus manos descansen en el regazo o sobre las rodillas. Puedes permanecer con los ojos cerrados o semiabiertos, como más te ayude.

Comienza concentrándote en las sensaciones físicas de tu cuerpo; recórrelo con atención comenzando por la cabeza hacia los pies. Comprueba qué partes están tensas y cuáles relajada. No lo modifiques, simplemente compruébalo. Permanece unos minutos en tus sensaciones físicas.

Ahora toma conciencia de cómo te sientes, cuál es el estado emocional de fondo que hay en este momento. Puedes ponerle una palabra como nombre, o varias, pero sin quedarte pegado a ellas. Se trata de que lo experimentes, lo sientas, no de que pienses sobre ello. Sólo date cuenta, no se trata de modificarlo. No lo juzgues, sea el que sea está bien, es lo que hay. Permanece unos minutos en tu estado emocional

Céntrate ahora en la respiración, tal y como es, sin modificarla. Mira a ver dónde sientes la sensación de ascenso y descenso con más claridad, más intensamente. Date cuenta de cómo sientes tu respiración: su ritmo, si es rápida o lenta, profunda o superficial, áspera o suave. Si te ayuda, puedes contar tus respiraciones internamente en ciclos de diez, pero sólo si te ayuda. Si te distraes enfoca de nuevo tu atención suavemente y continúa tu cuenta donde creas que te has perdido. Permanece unos minutos en la respiración.

Ahora suelta tu punto de concentración en la respiración, y permite que tu mente permanezca todo lo calmada u ocupada que esté, durante unos minutos… Observa lo que aparece en ella sin modificarlo.

Cuando haya transcurrido el tiempo de tu práctica, haz unas cuantas respiraciones profundas, agradece internamente la experiencia y poco a poco moviliza tu cuerpo.

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