No luches por ser “alguien”. Sé consciente de que no eres nadie. Por José María Doria 

No luches por ser “alguien”. Sé consciente de que no eres nadie. 

 

No es raro haber visto en el cine un episodio en el que alguien de supuesta importancia social le dice arrogante a un tímido empleado: “Es usted un Don Nadie”. “Siempre será usted un tipo del montón” 

Para muchas personas, ser alguien en la vida es simplemente que se les reconozca como importantes por alguna cualidad. De hecho, suelen utilizarse a menudo expresiones del tipo: “Te voy a presentar a una persona importante”.  

Nos gusta que alguien cercano y significativo manifieste: “eres importante para mí”. El sabernos valorados por nuestra comunidad nos nutre de fuerza y cariño. Aún así, conviene preguntarse si preferimos que los otros sean importantes para nosotros, o si ponemos por delante al hecho de llegar a ser importantes para los demás. La respuesta señalará el grado de nuestras inseguridades y la capacidad de generar vínculos maduros y sanos. 

Las improntas del sistema familiar 

¿Qué hay detrás del anhelo de “ser importantes”? Tal vez, la importancia más genuina que podemos sentir es cuando somos importantes para nosotros mismos. Y esto no es orgullo insano, sino la autoestima suficiente como para reconocernos y querernos tal cual somos. Sin embargo, cuando experimentamos un deseo exagerado de sobresalir hacia la fama y el poder o bien, por el contrario, experimentamos sentimientos de insignificancia personal, lo más seguro es que en ambos casos latan sumergidas algunas carencias de la niñez por el tipo de cuidado e importancia que se nos deparó. 

No es raro que cuidadores exigentes pasen un mandato soterrado a un hijo de lo que “debería llegar a ser”. El caso es que tales mandatos tienen tanta potencia, que determinan en gran parte la vida del individuo que, por amor ciego, se ve enfocado en satisfacer las expectativas parentales, aún a costa de sí mismo. 

Tales improntas del universo familiar suelen concretarse, tanto en sentimientos de insuficiencia y sumisión al evitar cualquier forma de protagonismo, como al revés: en el despliegue de ambiciones incansables de tener más y más para ser reconocidos socialmente por ello. Dos caras de la realidad humana. La buena noticia es que podemos poner consciencia en nuestras pautas y alcanzar una sanadora resiliencia.  

La vida es sabia y, a su vez, como gran escuela pone en nuestro camino aquellas vivencias no casuales que nos permiten el desarrollo progresivo de un yo equilibrado y seguro, un yo que sabe cómo validar nuestras alas y hacer crecer nuestras raíces. 

La creación de un yo individualizado 

Tal vez la obra de arte más importante de nuestra vida sea el lograr vivirnos en un yo integrado y sano, un yo auténtico y genuino que en su día pueda ser observado y trascendido. Bien sabemos que no se puede trascender a un yo que previamente no se haya conformado. De hecho, nos pasamos media vida construyendo ese yo persona, para luego, paradójicamente, desprendernos de la identificación con dicha identidad, y terminar la travesía reconociéndonos en la consciencia de unidad transpersonal

El “querer ser alguien en la vida”, aún siendo un sentimiento legítimo, cuando se da en grados intensivos suele aparecer con un ropaje egocéntrico y narcisista que es capaz de negarse a sí mismo por lograr escalar posiciones de reconocimiento social. El caso es que cuando nos absorbe ese “querer ser alguien”, puede subyacer cierto grado de auto devaluación y envidia. Por otra parte, la necesidad de ser alguien puede también estar encubriendo la búsqueda de aprobación de los demás; es decir, la necesidad de que los demás nos validen constantemente, porque no nos reconocemos como referente nuclear. 

Desde pequeños se nos prepara para tratar de conseguir logros materiales. Esta capacitación, cuando se dispara, degenera en valorar a los demás basándonos en sus posesiones y en su posición social, una actitud que tarde o temprano lleva consigo una gran frustración. 

En nuestra actual sociedad de valores materiales, solemos entender el “llegar a ser alguien” como algo que poco tiene que ver con el descubrir quiénes somos realmente y qué queremos de verdad. De hecho, no es raro que traicionemos nuestros valores por llegar a figurar y encarnar ese modelo que proclama el mandato social y familiar. Afortunadamente, la vida no tarda en mostrarnos que la mejor de las opciones es decidir ser uno mismo.

Sabemos que es imposible gustar a todo el mundo, aunque el “ego” tiene un apetito enorme y es insaciable; de hecho, cuanto más se le alimenta, más voraz se vuelve. Cuando nos posicionamos en agradar para sentirnos validados, vivimos enfocados en lo que nos falta, en aquello que no hemos alcanzado. La trampa del ego está precisamente en desfigurar lo que somos, para obtener el visto bueno o la exaltación de los demás. 

Darnos cuenta y desarticular la importancia personal, lejos de debilitarnos, nos da fuerza y libertad para ser nosotros mismos. Resulta agotador ir por el mundo calibrando qué estará pensando la gente de nosotros. Esa parte crítica y autoexigente nos hace compararnos con modelos que tan solo son iconos de éxito, pero que nada sabemos de su profunda intimidad.  

En realidad, más que admiración, lo que realmente necesitamos es aceptación, apoyo y afecto. Y esto lo construimos amando a los otros y sirviendo a la vida. Recordemos que la opinión ajena es cambiante y pasajera. La admiración que busca quien quiere “ser alguien”, a diferencia del afecto verdadero, no llega al corazón; aunque genera cierta satisfacción, se diluye rápidamente. 

Sucede que conforme resolvemos nuestras necesidades primarias, ascendemos un escalón evolutivo en el que se nos demanda desarrollar potencialidades más profundas de verdad y de sentido. Es un tránsito en el que no se trata de “tener que ser alguien en la vida”, sino de actualizar plenamente el gran potencial que “traemos de fábrica”. 

El propósito de lo profundo 

El propósito de la dimensión profunda no es ser «alguien», sino llegar a ser «nadie». Si indagamos, veremos que ese deseo de ser personas importantes encubre una gran sed de infinitud y totalidad. Desgraciadamente, en la amnesia que padecemos nos hemos identificado con el “personaje menor” de un sueño.  

Intuimos que somos consciencia que resplandece en el Ser, pero nos seguimos creyendo ser la ola e ignoramos al océano. Krishnamurti dijo al respecto: «Feliz el hombre que nada es», refiriéndose a esa nada que revela la expresión inefable del ser. Schopenhauer, por su parte, dijo: “la más alta sensación de lo sublime es justamente el entendimiento de la propia pequeñez”, un canto a la humildad como resonancia con la verdad.


Llegar a ser nadie 

La buena noticia es que podemos desarrollarnos y madurar como personas, momento en el que nos abrimos al nivel transpersonal que nos trasciende. Comienza entonces el camino hacia el despertar, el camino de llegar a ser nadie en la luminosidad de la nada. El amor que entonces sentimos pide que nos demos al mundo y nos vaciemos de toda importancia personal.  

Tarde o temprano sucede que superamos el terror a lo infinito. La práctica del silencio consciente en el ‘ahora’ de la presencia contribuye a soltar, dejar ir y no retener.  

La interiorización sostenida permite revelar la infinitud. El reconocimiento de la vacuidad supone el reencuentro con nuestra verdadera naturaleza y la reintegración con la totalidad.  

Este salto evolutivo es nombrado por la visión budista como nirvana, un estado de conciencia asociado a la paz y a la quietud. Quien entra en el nirvana, abandona la falsa idea del yo, y se despoja del deseo y la necesidad. Sucede que al trascender la conciencia individual y vivirnos en la presencia, nos liberamos del sufrimiento. Mientras esto no sucede, vagamos por el samsara buscando el dominio, la posesión y todo el poder que afirme nuestra pequeña identidad. 

Un día, de pronto, se supera la identificación con el Yo dualista y separado que se aferra al poseer y al afirmarse sobre los demás. Es entonces cuando nos reconocemos en una identidad mayor y más profunda que, por su amorosa esencialidad, no necesita afirmarse en logros e importancia personal. Carl Jung dice al respecto: «Donde el amor rige, no hay voluntad de poder; donde la voluntad de poder rige, no hay amor». 

La luminosidad que emerge de la vacuidad radiante, al igual que emerge la ola del mar, nunca deja de ser otra cosa que mar. El yo y sus legitimo deseo de auto consolidación termina por ser encontrado por esa identidad mayor con sabor a infinitud. 

No va de deshacerse del ego, siendo dóciles, obedientes y anulándonos. Esa no es más que la otra cara del viejo espejo. 

 

Extracto del próximo libro de José María Doria.  

Inteligencia Transpersonal. 40 rutas hacia la mente translógica

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