Nuestro ego o identidad personal siente la necesidad de encontrar un fundamento estable para aquello que, aunque no nos lo parezca, bien sabemos que es ilusorio. Una identidad que no es otra cosa que la conformación sucesoria de un conjunto de ideas y creencias sobre uno mismo. Y todo ello basado en una interpretación de los hechos de la propia biografía.

La referencia al pasado para encontrar una base sólida al “sentimiento del yo”, es tan inestable como tratar de construir sobre arenas movedizas. Sin duda es éste un aspecto que genera sentimientos de ansiedad que como música de fondo y de forma permanente, acompaña a la primera etapa de la vida donde nos inquieta saber quiénes somos: la adolescencia. Aun así, este sentimiento del yo o personalidad, es necesario para conformar un ego sano desde el que partir para, en su momento, descubrir las dimensiones transpersonales.

El adulto cierra su pasado, y fija una “narración” sobre su vida que cimenta las bases de una personalidad más o menos estable. En ese momento, el programa de la personalidad ejecutará aquellas respuestas más probables, es decir, aquellas que han quedado automatizadas por repetirse más frecuentemente.

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