Hemos heredado distintos modos de temer nuestro mundo emocional a base de conceptos erróneos que nos atrapan, suponiendo que la quietud es la mejor respuesta, frente a experimentar nuestros sentimientos para que nuestra agresión o indolencia nos superen… Y es que confundimos nuestra verdadera naturaleza con un “sentido del ser” deficiente y pequeño: las emociones son fuerzas poderosas y no es el miedo o la represión lo que nos “liberará de sus garras”.

Las emociones constituyen un elemento básico en la vida humana. Se trata del “motor oculto” de nuestra conducta y la causa directa de sufrimientos y dificultades. Constituyen una potentísima fuerza de energía vital si nos relacionamos con ellas de forma saludable y sabia, pero si nuestra relación con ellas es filtrada simplemente por lo “agradable” o “desagradable”, pueden convertirse en un auténtico escollo: lo que nos provoca el sufrimiento no es la emoción en sí misma, sino nuestra resistencia a ella.

Para que la parte mental del ser humano realice plenamente su función, necesita, por una parte, desarrollar su capacidad de estar en relación directa y consciente con lo que llamamos intuición, en el sentido más noble del término, a fin de “recibir las instrucciones”; por otra parte, pide desarrollar el conocimiento de su naturaleza emocional y focalizar la energía conscientemente.

Necesitamos absolutamente de nuestra mente, pero debemos formarla para que sea realmente capaz de hacer el trabajo que le toca y no otra cosa. Annie Marquier

Retomar la relación con nuestro mundo emocional admite distintas estrategias a seguir en las que todos podemos reconocernos en líneas generales:

-Desatender la emoción es tranquilizador a corto plazo, pero a largo el coste es elevado, y lo reprimido acaba manifestándose para incluso alcanzar un desastre por “alta presión”.

-Identificarnos con la propuesta emocional y obrar reforzando nuestro sistema de pensamientos o creencias que están en su base.

-Aceptar nuestro mundo emocional reconociendo que es perfectamente legítimo sentir, pero al mismo tiempo mantener nuestra elección sobre el actuar dictado por la consciencia, no por la emoción.

En la toma de decisiones y la solución de conflictos, las emociones nos mueven de forma primaria hacia aquello que se evalúa como agradable y nos apartan de lo que nos resulta aversivo. Pero, además, las reacciones emocionales resultan de especial utilidad cuando nos enfrentamos a información variada e incompleta o a situaciones demasiado difíciles como para ser resueltas exclusivamente a través de razonamientos; de hecho, las emociones parecen tener la última palabra para modular definitivamente nuestra acción.

Son estados complejos del organismo, respuestas globales con distintos componentes fisiológicos, cognitivos y conductuales que, según multitud de estudios, interactúan entre sí para generar las complejas respuestas emocionales. Sin embargo, también han encontrado que no siempre funcionan de manera sincrónica, y esta es la confirmación de que la estrecha relación entre pensamientos y emociones no siempre sincroniza su paso.

El arte de vivir no es ir a la deriva despreocupadamente, ni tampoco aferrarse a las cosas con temor. Consiste en ser sensibles a cada momento que se presenta, en contemplarlo como algo absolutamente nuevo y único, en tener la mente abierta y totalmente receptiva. Alan Watts

Mindfulness nos entrena en atender nuestras emociones desde el puesto del observador, centrados, detrás de todo su despliegue y movimiento, integrando además los pensamientos y creencias que las alimentan. Como observadores ecuánimes “vemos” qué es realmente lo que está pasando, podemos optar por renovar algún elemento de la escena y responderemos en vez de reaccionar ante la situación emocional que se está desarrollando.

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