El yo experimentador y el yo narrador

Las Pepitas de Oro son nuestras comprensiones más significativas, fruto de lecturas e indagaciones, compartidas y recopiladas en nuestras reuniones.

El equipo de tutor@s de la Escuela de Desarrollo Transpersonal deseamos, de corazón, que estas íntimas comprensiones te inspiren en tu propio proceso de búsqueda y desarrollo.

“El yo experimentador es nuestra consciencia constante. Sin embargo, el yo experimentador no recuerda nada. No cuenta relatos y apenas se le consulta cuando hay que tomar grandes decisiones. Recuperar recuerdos, contar relatos y tomar grandes decisiones constituyen el monopolio de una entidad muy distinta de nuestro interior: el yo narrador.

El yo narrador es como el intérprete del cerebro izquierdo: Está siempre narrando historias sobre el pasado y haciendo planes para el futuro, toma muchos atajos. No lo narra todo… A decir verdad, el yo experimentador y el yo narrador no son entidades completamente separadas, sino que están fuertemente entrelazadas.

El yo narrador usa nuestras experiencias como materia prima importante (pero no exclusiva) para sus relatos. Tales relatos a su vez modelan lo que el yo experimentador siente en verdad. Los diferentes significados que el yo narrador adscribe a nuestra experiencia, crean experiencias reales muy diferentes. Además, el yo experimentador suele ser lo bastante fuerte para sabotear los planes mejor diseñados del yo narrador.

No obstante, la mayoría de la gente se identifica con su yo narrador. Cuando dicen “yo”, se refieren al relato que hay en su cabeza, no al torrente de experiencias que viven. Nos identificamos con el sistema interno que coge el alocado caos de la vida y lo transforma en cuentos aparentemente lógicos y consistentes”.

Yuval Noah Harari, “Homo Deus”.

Nuestro narrador se encarga de contarnos historias de miedo, un miedo que puede basarse en experiencias previas o en otras historias escuchadas y/o aprendidas. Miedo que se expresa en el rechazo, negación, y ocultación de una parte de la vida. Querer controlar todo es mutilar la realidad (entendida como lo que acontece a nuestro alrededor y lo que nos acontece), olvidar la fuerza, negar la energía de la vida como proceso continuo.

Nuestra necesidad de control y seguridad, huyendo de esa otra parte (esa que inconscientemente nos recuerda la muerte), es caer en el mismo agujero del que pretendemos escapar. Escuchar a nuestro cerebro experimentador, es uno de los grandes regalos del silencio meditativo.

Dejarnos sentir en el disfrute de la no-seguridad, es dejarnos sentir la vida expresándose en cada uno de nosotros. Es confiar. Integrar las dos voces de nuestros dos cerebros es la conciencia testigo. Escuchar su canto coral expandiendo nuestra consciencia, es dejar que

la VIDA se exprese en nosotros a lo grande, sin trabas ni cortapisas. Es dejarnos fluir en el AMOR. Una danza en la que cada giro, cada parada, cada bucle no es otra cosa que un elemento más de la hermosa coreografía del Universo.

Emilia Alonso

Tutora EDTe