Extracto del curso Acompañamiento Transpersonal en procesos de duelo y muerte

Durante el curso de la vida y antes de la muerte definitiva del cuerpo físico y del consiguiente “yo-personal”, experimentamos numerosas pérdidas; cada una de éstas representa una “muerte” que, de alguna forma, nos recuerda la última despedida y que permite, al mismo tiempo, familiarizarnos con lo que significa morir.

“Prepararnos para la muerte es uno de los actos más profundamente sanadores de la vida”. -Stephen Levine-

En este sentido, sucede por ejemplo que el niño un día muere a su antigua identidad y se da cuenta de que sus padres no son “él” y que el mundo no gira exclusivamente alrededor de él. Del mismo modo, cuando el adolescente experimenta por ejemplo la pérdida del primer amor, se siente morir; pero de las cenizas del dolor pronto renace otra identidad, una identidad de nuevo más madura e independiente. Y así sucesivamente a lo largo de las diversas etapas de la vida, un camino durante el que afrontamos pérdidas en las que la antigua identidad muere, para dar nacimiento a una nueva.

Lo mismo sucede con nuestro cuerpo físico: nos da la sensación de que siempre tenemos el mismo cuerpo, un cuerpo que a nuestros ojos simplemente cambia su forma con el paso del tiempo. Pero en realidad, el cuerpo también experimenta la muerte desde el mismo momento en el que nacemos: las células mueren, dando lugar al nacimiento de otras. De hecho, sucede que aproximadamente al cabo de siete años, nuestro cuerpo físico se ha renovado totalmente, lo que significa que ni una sola de los billones de células que lo constituyen es la misma célula que siete años atrás.

Desde esta perspectiva, no se puede negar que la muerte nos acompaña desde el nacimiento; vida y muerte, aunque nos parezcan dos realidades opuestas, son en realidad inseparables: la una no se puede concebir sin la otra.

¿Por qué sucede, entonces, que cuando la muerte llama a nuestra puerta, ya sea porque ahora es a nosotros a quienes nos toca recibirla, o bien porque la muerte de un ser querido está próxima, tendemos a sentir que “no es el momento”…, que todavía es “demasiado pronto”…? Parece que la muerte a menudo llega demasiado pronto, pero recordemos que en realidad ésta nunca dejó de anunciarse.

“Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte – a ellos, a sus esposas, a sus hijos, a sus amigos… – y los sorprende desprevenidos, ¡qué tormentas de pasión no los abruman entonces; qué llantos, qué furor, qué desesperación! Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a lo común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte. No sabemos dónde nos espera la muerte; así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir, ha desaprendido a ser esclavo.”

–Montaigne–

Quizás la pregunta que de este fragmento surge, sea:

¿Podemos realmente “hacer algo” para sentirnos más preparados ante la inevitable llegada de la muerte?

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Acompañamiento en Procesos de Duelo y Muerte