Del libro Sabiduría de la vida sencilla, por José María Doria

Alquimia

Desde pequeño me fascinó la palabra «destilar». Al escucharla en contextos asociados a la alquimia, me evocaba un proceso misterioso por el que algo sutil se liberaba dejando atrás la densidad. Sentía que este rescate de sutilidad tenía que ver con un propósito y su fruto. En realidad, el concepto que los alquimistas utilizaban para explicar la finalidad de tal destilado era convertir el plomo en oro, al tiempo que encontraban la piedra filosofal. Nada más y nada menos. Me encantaba imaginar cómo podría salir de algo tan pesado y opaco, un metal tan bello y valioso.

A la edad de siete años me sentía atraído por el laboratorio de mi tío Teófilo; era un lugar mágico en el que había frascos de cristal, matraces, tubos de ensayo y una llama limpia de fuego azul. Mi tío era un prototipo de hombre ilustrado de su época: alto, muy delgado y con barba blanca. Vivía solo y en su mundo, no le iban los niños y se mostraba áspero con aquel personajillo de siete años que quería tocarlo todo y hacía preguntas absurdas.

Allí, en aquel lugar cerrado con llave y al fondo de un oscuro pasillo, yo observaba atento los experimentos junto a grabados sepia que colgaban de la pared. Bajo aquellas imágenes figuraban nombres como Geber, Leonardo, Paracelso, Al Razí, Ho Kung… que, como presencias fantasmales, con- juraban una atmósfera de atemporalidad y misterio.

Sin duda aquellas visitas y la paciencia de mi tío permitieron que en mi ser anidase una concepción de vida que no ha cesado de crecer a lo largo del tiempo. Tras aquellos años inolvidables, han sido tres las palabras que han acompañado mi vida: laboratorio, proceso y destilación. Desde entonces, allí donde miraba, ya fuese un campo, un objeto, una persona o una galaxia, no tardaba mucho en captar el trasfondo del proceso alquímico que allí latía. En estas condiciones, en mi vida nunca faltaba la esperanza de que nos queda por vivir siempre lo mejor de nuestra vida.

Me sentí muy motivado cuando, rondando los dos tercios de mi vida, encontré un terreno cubierto de matorrales en El Escorial. Allí acometí mi gran proyecto. Sobre aquella tierra, a modo de laboratorio, sucedió un proceso de transmutación por el que floreció un precioso jardín y se construyó una clínica del alma. El proceso continúa y esa clínica, que actualmente es la Escuela de Desarrollo Transpersonal, opera como base alquímica para miles de alumnos que allí destilan su esencia y despliegan lo profundo de su mirada.

Tengo el privilegio de ver casi a diario la grandeza de un ser humano que, vulnerable y lúcido, evoca el proceso del plomo trabajado en el laboratorio alquímico y, ahí, bajo la llama de la consciencia, logra desplegar potenciales insospechados de su naturaleza.