Sobre la Pertenencia y Lealtad

Reflexiones desde la Terapia Sistémica Transpersonal

El anhelo de pertenencia es uno de los sentimientos más imperiosos y profundos del ser humano. Esto es comprensible si tomamos en cuenta que somos totalmente dependientes de quienes nos cuidan durante ni más ni menos que los primeros años de nuestra vida. Desde esta perspectiva, el hecho de no pertenecer sería una muerte asegurada para la criatura. Históricamente, la supervivencia del ser humano se ha visto supeditada no sólo a los cuidados externos durante los primeros años de vida, sino que se ha extendido más tarde al clan o grupo de pertenencia. Quizás nos parezca que en la actualidad no necesitamos “tanto” a los demás para sobrevivir; y tal vez sea cierto que los necesitamos “menos” que hace unos cientos de años, pero sería ilusorio creer que podemos sobrevivir solos. El hecho de que la pertenencia haya sido la clave de la supervivencia humana, no solo como individuos sino también como especie, es de suficiente peso como para comprender el nivel tan profundo y arcaico al que nos remite este término.

La otra cara de la moneda de la pertenencia es la temida exclusión, algo que evitamos de una manera instintiva a toda costa, ya que, una vez más, esto nos pone en contacto con el arraigado miedo de no sobrevivir. Este sentimiento tiene una razón de ser en los primeros años de vida: el hecho de sentirnos a salvo de la exclusión, y que somos sostenidos por la red humana a la que pertenecemos, nos mantiene en la confianza y seguridad que necesitamos para desarrollar nuestros talentos y potenciales.

Entonces, estas dos caras de la moneda –pertenencia y exclusión– cumplen una importante función antropológica: por una parte, la de asegurar la supervivencia del bebé y, por la otra, la de mantener al clan unido y, por tanto, fuerte. Recordemos que, en etapas más arcaicas de la humanidad, el hecho de que el clan se redujera y debilitara conllevaba su extinción. En este sentido, la biología “no podía permitirse el lujo” de que uno de sus miembros no siguiera los códigos de su clan. Así es que podemos decir que este sentimiento de pertenencia está insertado en nuestra genética y, en un principio, no es una cuestión de elección.

 

El precio de la pertenencia 

 

Dada la imperiosidad de tal necesidad de pertenencia, los seres humanos somos capaces de “pagar cualquier precio” por ello. Esto sucede en mayor medida cuando no se tiene consciencia de cómo opera esta poderosa fuerza “aglutinadora” de los sistemas humanos. Y si bien este “precio que pagamos” por adaptarnos a costa de lo que sea tiene sentido en los primeros años de vida, en la edad adulta puede ser una importante fuente de sufrimiento y conflicto.

 

“–Quiero ser uno de vosotros, cueste lo que me cueste, aunque el precio fuese mi vida”–. Así es el niño y así es su amor. Este amor es ciego, porque el niño tiene la idea de que podría salvar a sus padres si él mismo padece. Por eso, no siente ningún miedo ante la muerte, ni tampoco ante el sufrimiento ni ante la culpa si los toma sobre sí por el bien de los padres. La fuerza del amor en los niños es increíble, pero este tipo de amor enferma…, porque es ciego.  

 

Bert Hellinger  

 

 

En algún momento de la vida, todo ser humano se debate entre la pertenencia al clan y la propia necesidad de diferenciarse y crecer. Este movimiento de vida está simbolizado por parábolas tan antiguas como la del Hijo Pródigo, cuyo argumento versa sobre un hijo con la necesidad de marcharse de la casa paterna para hacer su propio camino de vida, y regresar al cabo de los años.

 

 

 

Esta necesidad de crecer y encontrar lo propio nos pone en un conflicto interno doloroso y a la vez anunciador de un ensanchamiento antes inconcebible. Este conflicto se da, fundamentalmente, entre la necesidad de seguir perteneciendo –la cual es vivido como un tener que seguir los códigos y mandatos de nuestro sistema de origen– y la necesidad de encontrar unos códigos propios.

Esta paradoja tan sólo se resuelve caminando hacia el siguiente nivel de madurez.

Interrumpir o negar la necesidad de diferenciación cuando ésta surge, conlleva pagar un alto precio: el de negar la fuerza de vida que nos empuja hacia horizontes más amplios en pro de mantenernos leales al sistema.

 

Terapia Sistémica Transpersonal

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