Extracto del curso Acompañamiento Transpersonal en Adicciones

La adicción es la punta del iceberg que asoma sobre la superficie del agua, un síntoma que deja oculta la mayor parte de su dimensión. Nos engañamos si pensamos que la adicción es el único problema; en realidad, es un síntoma que señala la existencia de algo más profundo. Puede ocultar un gran dolor o bien una sensación de incapacidad, quizás una historia sin sanar o incluso una búsqueda errática.

“Todos los adictos buscaban algo, pero dejaron la búsqueda muy pronto, conformándose con un sucedáneo. La búsqueda no debe acabar sino con el hallazgo”

Dathlefsen y Dahlke

Quien está atrapado en una adicción, en realidad busca algo externo que alivie su malestar. Recurre a la conducta adictiva como vía de escape de una realidad que se le antoja intolerable, o tal vez porque cree en la promesa engañosa del instantáneo alivio que experimenta. En ambos casos, la persona cede su poder y pierde su libertad en el intento.

Si la persona adicta lo que pretendía era paliar su sufrimiento, se encuentra con que éste se despliega en proporciones aún mayores. Si lo anhelado era encontrar un resquicio de felicidad, se tropieza con un sucedáneo que pronto se transforma en la mayor de las desdichas. Si en un principio pudieron vivirse experiencias de éxtasis, enseguida éstas, como si se tratase de espejismos, desaparecieron engullidas por la desolación, como si pertenecieran al mundo de lo ilusorio.

La adicción nos hace esclavos

Cuando la adicción se apropia de una persona la hace su esclava, no dejando ningún territorio sin invadir. La salud y el nivel físico se ven pronto dañados, y la energía vital tiende a transitar por canales relacionados con el fortalecimiento de la conducta adictiva. La lucidez se empaña, tornándose una caricatura de sí misma. La inteligencia se somete a la única tarea de encontrar nuevas y mejores oportunidades de consolidar el reinado de la “impostora”; y difícilmente otro sentido o propósito vital mayor puede convivir con la adicción. Las relaciones más sublimes sucumben ante ella. Poco a poco, la adicción se convierte en la grotesca soberana de un reino desolado.

Pero hay algo en el núcleo profundo de cada ser humano que no puede ser dañado, un espacio de esencialidad fértil e inmortal. Se trata de una conciencia que es la misma que anima la totalidad del universo. Unos lo han llamado hálito divino; otros, energía imperecedera, Espíritu, el Ser, el Todo, el Tao, la Unidad, lo Transpersonal, la Fuente o la Divinidad… No importa el nombre, su realidad es inefable. Se trata de lo que Es.

Lo que Es no puede ser dañado ni sometido, matado ni callado. Lo que Es permanece intacto y oculto, en lo más profundo de toda persona y, por tanto, también en quienes han desarrollado una adicción.

Cuando una persona toma conciencia de su identidad profunda y esencial, es decir, de quién Es más allá de la identidad reflejada en su DNI, se allana el camino de liberación de cualquier esclavitud o adicción. Quien ha experimentado, aunque sólo sea por un instante, su Identidad profunda, terminará por comprender que los grandes cambios devienen del interior haciendo verdad el aforismo: “la salida está dentro”.

Un buscador en el camino equivocado

La adicción es en gran medida un problema de nuestro tiempo, una patología que se ve agudizada en la etapa evolutiva de la razón propia de nuestra era contemporánea. Se trata de un escalón evolutivo en el que la Humanidad experimenta el dolor inherente al hecho de dejar atrás la unión preconsciente con la “madre naturaleza”. En el mencionado escalón de la consciencia, que conlleva la conformación del ego racional, nos vivimos como individuos separados y dualistas, al tiempo que pagamos el precio de un crecimiento evolutivo sin precedentes.

De alguna forma, la adicción puede ser considerada como un intento regresivo hacia etapas anteriores, un modo de evitar la “travesía del desierto” propia de la individuación y enfrentar los retos evolutivos hacia una mayor expansión de la consciencia.

El adicto es un buscador de la esencia, pero su búsqueda se da en una estrategia y lugar equivocados. En vez de buscar dicha dimensión profunda en un avance de la conciencia, lo hace tratando de regresar a etapas evolutivas precedentes. Lo busca, por ejemplo, a través de una copa o de un atracón de comida, algo que contrariamente lleva a la desconexión con la corriente de vida. Y aunque tales acciones alivian mientras están ocurriendo, el efecto no tarda en desaparecer como desvanece una burbuja que se pincha.

La adicción es una alarma o llamada de atención que señala las limitaciones y carencias en las que se vive el ego. En este sentido, el dolor y la insatisfacción no sólo provienen de la dependencia en sí misma, sino de la sensación de destierro en la que vive el ego en su amnesia del yo profundo.

Es por ello que, la gran fuente sanadora de toda adicción, se produce desde el nivel transpersonal; es decir, en la progresiva reunión que experimenta el yo al integrar su dimensión profunda.

“En cierto modo, el cigarrillo, la botella de vino, la raya de coca…, se convierten en un amante, una madre, un gurú que proporciona el alivio que ansío. Me devuelve al vientre materno, me libera de las cargas que llevo a cuestas. Me quita el malestar. Me trae a casa… temporalmente”.
Jeff Foster

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