Yo puedo ser como soy; tú puedes ser como eres

Hace unos días tuve la ocasión de mirarme largo con una persona. Mantuvimos una sostenida mirada, frente a frente, durante bastantes minutos. Sentí que me sumergía en el otro, a la vez que mantenía la consciencia de que le “miraba desde mí”.

Durante esos minutos experimenté, viva y nítidamente, que había “espacio” para ambas identidades, e incluso para mucho más: todos nuestros “personajes”, los suyos y los míos, tenían lugar y cabida en ese instante presente.

Cuántas veces nos sucede –al menos a mí me ha pasado demasiado a menudo– que queremos cambiar al otro, queremos doblegar su idiosincrática forma de ser, para adaptarla a nuestras propias exigencias e ideales.

El intento de cambiar al otro es propio del nivel egoico de consciencia que, dicho sea de paso, parece ser el “medio” en el que habitualmente “navegamos” y nos movemos. Así, tratamos a menudo de ejercer el poder y el control sobre nuestra pareja, sobre nuestros hijos y amigos, etc.

Tal vez este intento hunda sus raíces en la creencia de que, cambiando al otro, podremos, por fin, lograr la experiencia de vida que anhelamos: una vivencia plena y armónica.

Ahora bien, querer cambiar al otro y subyugarlo a nuestros deseos es como pretender limpiar la pantalla sobre la que se proyecta la película. Tendemos a creer que de esta manera lograremos una imagen más nítida.

¿No parece lógico que, si queremos mejorar la calidad de la imagen, será en el proyector que emite la película donde convendrá hacer los ajustes? O incluso podemos ir más allá: quizás tendremos que revisar la película en sí misma, para comprobar si cumple con nuestros “requisitos de calidad”.

Si aplicamos el símil de la pantalla y el proyector a nuestra propia vida, podemos rápidamente deducir que, cuando algo no nos agrada de nuestra vida, convendrá revisar “nuestra propia película” para hacer los “ajustes de calidad” necesarios.

¿Acaso podemos ver en el “afuera” algo que no esté proyectado desde el “adentro”?

Lo anterior parece obvio, pero…, en la realidad no somos tan lógicos. Podemos llegar a dedicar muchísima energía en tratar de cambiar el exterior, sin caer en la cuenta de que este es un vano esfuerzo.

Si dedicáramos la misma energía a podar nuestro jardín interior, no tardaríamos en disfrutar de la belleza fruto de esta labor.

Podar y cuidar de nuestro jardín significa, entre otras cosas:

· regar aquellas cualidades propias que queremos potenciar,

· fertilizar los talentos que quisiéramos ver florecer en nosotros,

· limpiar las malas hierbas que, en cuanto nos despistamos, campan a sus anchas.

La felicidad profunda es aquella que sostiene la infelicidad de la periferia

José maría Doria

Creo que esta es la labor más fértil y fructífera que podemos llevar a cabo: la de convertirnos en jardineros de nuestra propia persona.

Cuando asumimos esta labor y la llevamos a cabo con amabilidad, sucede que el afán de cambiar la realidad “externa” pasa a un segundo plano.

Sin esfuerzo, comenzamos a habitarnos desde una actitud más conciliadora hacia nosotros mismos y hacia los demás. La guerra interna que provoca tanto “ruido” va cesando poco a poco, y da paso a una vivencia del día a día más apacible.

Perdemos el interés en tratar de controlar y manipular al otro, porque nosotros mismos ya no necesitamos ser distintos de cómo somos: nos abrazamos más ampliamente y, al mismo tiempo, nos volvemos más inclusivos con respecto a la diversidad externa.

Entonces sentimos que… “Yo puedo ser como soy; tú puedes ser como eres”.

El mundo es ancho, la vida es larga… ¿Cómo no iba a haber espacio para ambos?

Si sientes el anhelo de cultivar tu jardín interno, te invitamos a indagar en nuestra propuesta formativa:

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