trauma abordaje transpersonal

Aproximación Transpersonal al Trauma

La palabra –trauma– tiene su origen en el término griego τραῦμα, “traûma”, que significa ruptura o herida. Y es que el trauma psicoemocional es una vivencia de fractura interna con hondas huellas que se manifiestan a lo largo de la vida.  Sin embargo, tengamos en cuenta que, en el mismo sustrato del trauma, se halla la potencialidad de sanación y resiliencia como la otra cara de la moneda.

 

Desde el marco transpersonal, se comprende que la vía de sanación del trauma pasa por la Comprensión y la Presencia. La identidad personal o ego no puede curarse a sí misma, sino que, a lo sumo, puede cuidar de sus heridas y sostenerse en los síntomas con la madurez propia de su desarrollo. Lo que realmente sana y restablece la armonía original es el Amor o Conciencia de no separación que se vierte a través de la Presencia, y que incluye y abraza a una personalidad que hace lo que puede y sabe.

 

El abordaje transpersonal del trauma no ignora el dolor del yo–persona: acompaña a abrazarlo –en lugar de luchar con él, de negarlo o de huir–, así como a comprender que la historia personal, por dolorosa que haya podido ser, no afecta ni una pizca a aquello que somos en esencia: nuestra identidad profunda no puede ser dañada por ningún suceso vital. Cuando este trasfondo inmutable que somos en lo profundo es redescubierto, deviene en fuente insospechada de fuerza y resiliencia.  

Aproximación Transpersonal al Trauma

Hoy en día, se comprende que el hecho de que alguien esté traumatizado se determina más por las secuelas en su vida presente, que por los sucesos pasados en sí. Trauma es, en este sentido, la reacción a una situación que resultó desbordante para los recursos de los que disponía la persona en ese momento. Lo anterior explica por qué un mismo suceso externo puede generar improntas distintas en las personas que lo viven: lo que para una persona resulta traumatizante, para otra puede no serlo.

 

Esta comprensión nos da pistas sobre el acompañamiento en un proceso de trauma: es obvio que no se pueden eliminar los sucesos del pasado; por tanto, el proceso tendrá que incidir, necesariamente, en la forma con que la persona se relaciona y gestiona la vivencia traumatizante en el presente. Se trata, por tanto, de poner el foco en ayudar a la persona a recuperar su capacidad de vivirse en presente.

Trauma es la incapacidad de estar aquí y ahora. Para la mayoría de las personas, el trauma se transforma en estilo de vida.

Bessel van der Kolk

La mayoría de las personas que viven atrapadas en el “laberinto del trauma” creen estar enloqueciendo o juzgan estar profundamente desequilibradas, cuando en realidad su sintomatología es totalmente normal, teniendo en cuenta el legado traumático. Poder transmitir esto a la persona y acogerla con una mirada amplia y amorosa es más curativo que cualquier técnica.

 

Quien ha sufrido un trauma es un ser humano con heridas más o menos graves en su corazón, no un ser patológico sin solución. Por mucho que se proteja o aísle una persona, lo que necesita es, como todo ser humano, comprensión y compasión, así como poder darle sentido a lo vivido.

 

Teniendo esto en cuenta, podemos afirmar que, si como acompañantes tenemos la capacidad de brindar comprensión y acogida a una persona que ha vivido uno o varios sucesos traumáticos, ya habremos hecho por él o ella más de lo que quizás nadie ha hecho.

El trauma no es una enfermedad, sino más bien una experiencia humana enraizada en los instintos de supervivencia; es un hecho de la vida, sin embargo, no tiene por qué ser una sentencia de por vida.

Peter Levine

Acompañar desde la terapia transpersonal

En el contexto terapéutico, la responsabilidad del terapeuta consistirá en saber regular la intensidad del proceso, bailando entre la búsqueda de estabilización de la persona y su confrontación.

 

Estabilizar implica integrar nuevos recursos, así como potenciar los cambios necesarios para un día a día más armonioso. El hecho de poner en palabras lo que se va vivenciando también es de gran ayudar para ir transformando la narrativa traumática: a medida que la persona encuentra palabras para nombrar aquello que duele dentro, va transitando el proceso de integración. A su vez, en este baile habrá inevitablemente momentos de confrontación con lo traumático. La confrontación dosificada también contribuye a avanzar en el proceso de integración de aquello que ha permanecido escindido.

 

Todo ello requiere de un ritmo ralentizado del proceso terapéutico, de forma que la persona pueda tolerar los recuerdos traumáticos sin desbordarse. También requiere de la comprensión de los síntomas que se viven en el día a día, y que rara vez son asociadas a nivel consciente con aquello que sucedió. Esto es, al fin y al cabo, un valioso proceso de autoconocimiento y psicoeducación.

 

Durante el proceso, conviene que el foco u objeto de trabajo sea inicialmente el mundo interno de la persona, dejando para fases más avanzadas la historia traumática en sí misma: lo que siente en el presente, cómo lo gestiona, el contacto con recursos positivos y cómo hace sentir a la persona esta evocación de lo que sí funciona en su vida… De esta forma, se evitan posibles retraumatizaciones.

 

Vemos que el proceso de sanación del trauma consiste, básicamente, en acompañar a la persona a mirar a su parte herida con los ojos del adulto, es decir, con una mirada que pueda aceptar los hechos y que pueda, asimismo, procurarse la compasión y la comprensión necesarias. Es desde el hoy como una persona puede comprender que, aquello que le sucede, es la reminiscencia de un pasado que ya no es, por muy doloroso y duro que éste haya podido ser. Anclarse en el presente para dar sentido al pasado permite integrar la propia historia y recuperar las partes de sí que se habían quedado cristalizadas en el pasado.

 

Lo más relevante durante el acompañamiento en la sanación del trauma es el hecho de mantener un marco seguro y de contención. Para ello, es importante asegurarse de que la intervención que se esté llevando a cabo no sobrepase al cliente. Es de gran importancia también la transparencia por parte del terapeuta: nuestras interpretaciones no le van a ser de ayuda al otro; en todo caso, lo podrán ser las sugerencias e hipótesis a partir de la observación atenta y empática.

 

Lo anterior conlleva la necesidad de transmitir al cliente que es él o ella quien tiene “el mando” para marcar el ritmo del proceso. Esto ayuda a generar el necesario espacio seguro para la apertura y el trabajo profundo, al tiempo que propicia el empoderamiento personal.

 

El clima de seguridad y la sensación de control por parte del cliente le permitirá sentir la confianza suficiente como para sumergirse, poco a poco, en el mundo del trauma que tanto duele y asusta. Para que esto sea posible, como terapeutas tendremos que haber buceado en nuestras heridas y en nuestro propio proceso de integración para, de esta forma, poder escuchar y sostener desde la calma aquellas historias de vida marcadas por el dolor.

 

Este tipo de procesos ponen a prueba nuestra capacidad de aceptación y de benevolencia, tanto para con nosotros y nosotras mismas, como para con los demás. ¿Podemos mantenernos cercanos a la persona, permaneciendo junto a ella en ese viaje a las profundidades del corazón herido?, ¿o, por el contrario, esto nos asusta tanto o más que a ella? Si podemos amar sus heridas, lo cual significa poder sostener el dolor, entonces podremos acompañarle delicada y compasivamente. Y esta experiencia puede ser la palanca de la sanación, ya que, quizás por primera vez, la persona experimente el apoyo y la comprensión que todos necesitamos. Este es el camino para reencontrarse con la confianza hacia la vida, hacia los demás y hacia uno o una misma.

 

Cuando una persona queda “atrapada” en el trauma, el vínculo de amor consigo mismo se ve interrumpido: hay una gran distancia e incluso rechazo entre la parte adulta y aquella o aquellas otras heridas que vivieron el suceso traumático. La sanación consiste en reconstruir el camino entre ellas.

 

El pasado no se puede cambiar: el daño está hecho. Lo que sí podemos hacer es aprender a acogernos a nosotros mismos de manera compasiva en el presente. Es posible reaprender el amor incondicional, abrazándonos con toda la carga de dolor, miedo, vergüenza, tristeza, rabia y desesperación que hayamos podido vivir.

 

Desde la consciencia adulta es como se puede afrontar el trauma vivido. Cuando reconocemos nuestro dolor y lo acogemos, el trauma se libera y descubrimos que, en su núcleo, siempre hubo amor y vitalidad: el trauma no pudo ni puede destruir eso que somos en esencia.

 

En el proceso de reconstrucción transpersonal, la herida deja de ser algo a evitar y a disimular, al tiempo que se descubre el valor y la belleza de la vulnerabilidad. El nuevo yo tiene un valor añadido gracias a la asunción de la rotura y del dolor como parte de la maduración. Entonces, el miedo puede ser transformado en amor, la rotura en integridad y la inseguridad en confianza.  

El camino de sanación del trauma pasa por aceptar que la realidad egoica conlleva un sufrimiento susceptible de ser atestiguado y transformado desde el estado de presencia. Tal estado permite acceder a la comprensión experiencial de que, aunque “tenemos un yo” no ajeno al dolor, somos, en la dimensión profunda, el lugar íntegro y seguro al que volver, una y otra vez, tras las múltiples identificaciones con nuestra yoidad y sus tormentas.

José María Doria 

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