Tras la primera entrega del Decálogo de la Educación Mindfulness, en la que profundizamos en los primeros dos puntos:

1. Educamos por lo que somos, aprendemos por lo que vivimos.

2. Mantenemos un profundo estado de presencia

… Compartimos en esta ocasión la segunda parte del Decálogo, una guía para padres, madres y profesores que recoge los principales pilares del nuevo paradigma educativo: el de la Educación Mindfulness Transpersonal.

 

A continuación profundizamos en cuatro de los pilares de la Educación Mindfulness Transpersonal:

3. No tenemos que aparentar ser perfectos, basta con ser conscientes

Detectamos una carga psicológica, más o menos evidente, en aquellos educadores a los que precisamente les interesa, y a menudo preocupa, la excelencia educativa de sus hijos y alumnos. Con esta carga se desata una lucha titánica interna que nos lleva a ocultar bajo la alfombra todos aquellos aspectos aún no resueltos plenamente en nosotros; aspectos que nos avergüenza que se reconozcan.

Atrás quedó para muchos educadores el tiempo de la incoherencia abierta del “haz lo que digo y no lo que hago”. Sin embargo, complicamos aún más las cosas cuando nos sentimos obligados a ocultar, e incluso a reprimir, lo que no deseamos transmitir a la siguiente generación. De forma paradójica, la incoherencia acaba ganando aún más poder desde la sombra.

La educación mindfulness transpersonal desea cortar de raíz el perfeccionismo y la exigencia que nos lleva a pensar que debemos tener resueltas todas estas incongruencias antes de asumir la responsabilidad de educar. Planteamos, ante todo, respetar la humanidad del que se reconoce en perpetuo camino de mejora y reeducación. En realidad, sólo podemos reconocer la perfección en lo que es eterno, esencial y atemporal en nosotros.

Educar conscientemente implica que de forma progresiva, pero necesariamente inacabada, nuestra forma de ser vaya siendo reflejo de la expresión de la Belleza, Verdad y Bondad del núcleo de identidad esencial.

Si nos exigimos ser perfectos, o al menos aparentarlo, trasladaremos de forma inconsciente esta exigencia perfeccionista a los demás. Juzgaremos entonces el error en los educandos, así como todo lo que consideremos que se distancia de nuestro ideal y meta educativa.

Nuestra impaciencia como educadores para con los comportamientos que resultan irritantes y que nos “sacan de nuestro centro” es vista, desde el enfoque transpersonal, como una oportunidad dorada para llegar a conocernos en profundidad y sanar viejas heridas; heridas fruto, a menudo, de la educación recibida.

Los niños detectan y rechazan de forma muy intuitiva nuestras incoherencias e inconsistencias. No obstante, los niños en realidad no nos demandan ser perfectos para otorgarnos algún tipo de autoridad moral. La verdadera autoridad emana de la humilde conciencia de nuestras propias limitaciones y aspectos sombríos.

Cuando somos conscientes y amables con estos aspectos propios que tendemos a rechazar, y hemos asimismo aprendido a abrazar nuestra sombra, nos hacemos un poco más dueños de nosotros mismos. Es este autodominio el que el niño observa, admira y busca aprender, ya que todos buscamos aprender a amarnos incondicionalmente.

4. Practicamos la escucha atenta, el respeto y la actitud amable

Si hay un propósito global en la Educación Mindfulness Transpersonal, este es el de que los niños aprendan a gestionar mejor su propia felicidad. Esto implica saber convivir con los aspectos sombríos, insatisfactorios, frustrantes y dolorosos inherentes a la existencia humana; aspectos que cuando son “sumergidos” y no reconocidos, añaden aún más sufrimiento a la ecuación de la vida.

Desde esta perspectiva, comprendemos que el sufrimiento psicológico es resultado del hecho de añadir resistencia al dolor.

La manera más directa de alcanzar este propósito consiste en invertir en nuestra felicidad como educadores, convirtiendo así nuestra labor educativa en algo satisfactorio.

El principal beneficiario de la mirada mindfulness es el educador. Cuando escuchamos al otro con atención, al tiempo que mostramos amabilidad y respeto, saboreamos el dulzor de la inteligencia del corazón. Entonces podemos comenzar a tratarnos con el mismo respeto y amabilidad que ofrecemos.

Muchas son las barreras internas que surgen en esta labor, una labor que puede parecer sencilla y armoniosa al ser presentada. Siendo sencilla, nos encargamos de hacerla difícil. Recordemos que no se trata de convertirlo de nuevo en una exigencia y un “requisito” de la acción educativa. Volver una y otra vez a nuestro centro, revisar desde dónde estamos acompañando, hace que lo planteemos realmente como una práctica consciente a realizar de por vida, con independencia de la experiencia que hayamos acumulado. 

5. Sostenemos las emociones en lugar de reaccionar o reprimirlas

El modelo educativo tradicional de corte racionalista contempla las emociones como “algo” que estorba y bloquea la lucidez, tanto del educador como del educando. Para poder llegar a algún tipo de resolución lógica del conflicto, la premisa era la de neutralizar la emoción. “Deja de llorar”, “no tengas miedo”, “no tienes razones para estar enfadado”…

Se trata de una vía que, reconozcámoslo, nunca ha funcionado demasiado bien, dado que hace invisible a nuestra conciencia el propio enfado y otras emociones colaterales.

En realidad, la resolución de los conflictos se facilita enormemente cuando damos espacio y prioridad al reconocimiento de la emoción, y nos permitimos estar con ella. Saboreamos la emoción en todo su desarrollo e intensidad y, cuando nos sentimos “contenidos”, desaparecen las reacciones explosivas, al tiempo que se van disolviendo los pensamientos irracionales y distorsionados.

Emocionarse es siempre comprensible. Cualquier aprendizaje vital significativo está marcado por la emoción, no por su ausencia.

La Educación Mindfulness Transpersonal no desprecia el valor de la razón. Lo que en realidad señala es que ésta funciona de una forma distorsionada y estancada, si primero no atendemos compasivamente al conflicto emocional.

6. Reconocemos la individualidad del niño, aceptándolo tal y como es

De forma consciente renunciamos como educadores a hacer uso de ese antiguo látigo de adiestramiento que es la comparación: comparación con otros educandos, con nuestros propios ideales, con aquello que tanto esfuerzo nos costó alcanzar en nuestra vida e, incluso, con la expectativa de cumplimiento de aquello que ni siquiera hemos conseguido integrar.

Educar no es esculpir en los educandos el monumento a lo que nos gustaría llegar a ser. Por el contrario, la Educación Mindfulness Transpersonal muestra y afina las herramientas que a cada uno le permiten descubrir quién es y qué quiere ser, para aprender posteriormente a dar forma a nuestros sueños y propósitos.

La primera lección de esta escultura del alma supone templar el cincel con el calor de la aceptación. ¿Con qué material estamos trabajando? ¿Qué está presente y qué es tan solo una expectativa?

Antes de aspirar a cambiar nada, necesitamos recordar que cualquier forma de ser es válida, que somos dignos de ser amados con independencia de nuestro nivel de desarrollo, incapacidades e incompetencias actuales. Con nuestros límites, en definitiva.

Al calor de este amor incondicional que refleja la aceptación, el cincel de la voluntad remueve, sin tanto esfuerzo ni resistencia, los patrones que puedan haber quedado caducos de nuestra personalidad.

La nueva malla de personalidad que teje la educación consciente necesariamente tiene una continuidad armónica con la que le precede. Lo nuevo no se impone, tampoco anula ni rechaza lo viejo, sino que crece a través de la comprensión del patrón actual, dando lugar al despliegue de insospechadas potencialidades.

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Educación Mindfulness Transpersonal

Escrito por:

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José Miguel Sánchez Cámara

Psicólogo Transpersonal

Tutor de la Escuela y Educador Mindfulness