Cuando uno ya ha reconocido que tiene una adicción y que quiere superarla, ¿cuál es el siguiente paso en el proceso de recuperación? Inevitablemente, el trabajo con la propia sombra. En la mente un tanto fantasiosa de quien está atrapado en la adicción, suele estar la idea de que, al dejar la sustancia tóxica o la conducta que tanto le perjudica, su problema se habrá resuelto. ¡Ojalá fuera así!
Sin embargo, los patrones mentales y emocionales desarrollados durante la adicción activa suelen seguir presentes. Por ello, el paso siguiente es detectar de qué forma la persona que ya no consume, se sigue provocando sufrimiento, por qué sigue pasándolo mal, qué le sigue impulsando a consumir o a repetir la acción que alimenta su adicción…
Observando las carencias que arrastra el yo persona, e integrando aquellas partes de sí mismo rechazadas, consolida el proceso de recuperación, así como la reconstrucción de la propia vida. Recordemos que la adicción no es algo que aparezca de un día para otro: ésta se larva incluso desde años antes de que sea evidente. Para comprender las raíces de la adicción, tendremos por tanto que contemplar y tener en cuenta la historia personal completa del adicto, así como su historia familiar. De esta forma podremos comprender lo que conforma su actual circunstancia y el sentido que ésta tiene en su vida.
Si estamos acostumbrados a conducir nuestro coche todos los días por el mismo camino de tierra, con el tiempo habrá surcos profundos que nos impedirán maniobrar. A menos que prestemos atención y tomemos conciencia, nuestro coche seguirá siempre el mismo camino, y además seguirá dejando surcos cada vez más profundos. Lo mismo sucede con nuestras rutas neuronales. Si queremos cambiar una rutina, tendremos que elegir conscientemente otro camino, a menudo muy diferente al anterior, hasta que se convierta en una nueva ruta neuronal.
Esto es lo que propone el proceso de recuperación: nuevas rutas que conducen hacia la libertad.
“Quien se levanta, es aún más grande que quien no ha caído.”
Concepción Arenal
Si es así, entonces, ¿por qué la persona que sufre una adicción da la impresión a veces de no querer seguir avanzando por el camino nuevo, e incluso de querer volver al anterior, que le conduce directamente de vuelta al infierno?
La realidad es que todos tenemos buenas intenciones, pero nos resulta difícil traducirlas a un cambio de comportamiento. En el caso de una adicción, esto se hace aún más complicado, pues se añade el factor de la dependencia física y psicoemocional.
¿Qué parte de nosotros es capaz de perseverar en su intención y qué otra no lo es? Para responder a ello, profundicemos un poco más en lo Transpersonal: desde la perspectiva del desarrollo y expansión de la autoconsciencia, la identidad es como una escalera en la que, en función del escalón en el que uno está, contempla una realidad u otra. En los niveles más superficiales, el filtro por el que vemos la realidad es el del nivel persona, tejido en base a los inputs recibidos desde la infancia, así como de la información sistémica de nuestra familia de origen; todo ello conforma el ámbito de lo personal. En un nivel más profundo, lo personal queda en un segundo plano: uno puede mantenerse como observador silencioso de las experiencias, carencias, pasiones, gustos y disgustos, etc., del nivel personal. Lo mismo que la ola que mira hacia lo profundo y descubre que es océano, así también el ego, a través de la introspección, reconoce que su personalidad emerge, al fin y al cabo, del ámbito transpersonal.
En este sentido, mientras que el nivel persona puede sentirse totalmente impotente frente a la adicción, en un nivel más profundo el comportamiento adictivo no tiene poder alguno sobre lo que no puede ser afectado. Esto no es algo a sostener por medio de creencias, sino de la comprensión directa; en realidad, a medida que uno descubre que no es tan sólo la personalidad adicta, aunque ésta sea “una pieza más del quit”, se da cuenta de que la dimensión profunda nunca fue ni será afectada por las turbulencias en las que vive el nivel persona.
Tal momento es un acontecimiento inolvidable en la vida de una persona: se trata del segundo nacimiento; en este caso, es el nacimiento a la consciencia. El camino para liberarse de la adicción, desde esta perspectiva, es en realidad un viaje interior de autodescubrimiento; un viaje por el que la perspectiva interna se ensancha, al tiempo que uno relativiza lo que tanto hace sufrir al nivel persona. Como se ha mencionado en temas anteriores, justo en esto radica la gran paradoja: en el momento en el que aceptamos y abrazamos nuestras propias limitaciones, e incluso aquellas partes de nosotros mismos que nos parecen “impresentables”, se da el milagro de la transformación.
“Todos tenemos dos cumpleaños. El día en que nacemos, y el día en que despierta nuestra conciencia.”
Maharishi
En este proceso de expansión de la autoconsciencia, sucede que se amplía el punto interno de referencia: la identificación con el yo adicto comienza a no ser total y absoluta; hay cabida para que brote, progresivamente, una identidad nueva que, abrazando la anterior, podrá traducir las buenas intenciones en decisiones y nuevos hábitos.
Uno de los desencadenantes de las recaídas es la vivencia interna de fracaso, que a su vez desencadena un sentimiento de culpa difícil de sostener fruto de los errores cometidos una y otra vez. Este circuito es una verdadera trampa de la que resulta complicado salir: la persona que ha tomado consciencia de su problema, probablemente tarde bastante tiempo en avanzar y consolidar su proceso de recuperación.
Antes de iniciar tal proceso, puede que incluso lleve años siendo consciente del problema, sin ser capaz de hacer nada para salir del círculo vicioso. Así, el adicto ve su ego disminuido día a día: disminuido por romper las mil y una promesas de dejarlo, por el sufrimiento que su adicción genera a sus seres queridos, por haberse fallado a sí mismo, por no tener un sentido de vida, por haber abandonado o haber sido abandonado… Y así, el pozo se va haciendo cada día un poco más hondo y más oscuro.
El camino de sanación de la adicción necesariamente pasa por desplegar una mirada más amplia: hacia uno mismo, hacia los demás y hacia la vida. En este proceso serán tan necesarios los cambios en los hábitos cognitivo-conductuales, como una buena dosis de sabiduría de vida. Precisamente por la sabiduría de vida aprendemos a ser más humildes, y también comprendemos que hacemos lo que podemos en cada momento con los recursos de que disponemos… Aprendemos que en la vida no hay errores, sino que en realidad enfrentamos continuos aprendizajes por los que crecer y madurar.
“Dejo de resistirme a lo que rechazo de mí. También soy eso”
Chandica
No importa cuánto haya errado una persona: siempre puede encontrarle un sentido al error, pues ese sentido yace en el núcleo del error mismo. Cuando nos dejamos encontrar por el sentido de lo vivido, por duro que esto haya sido, la vida nos lanza al siguiente escalón y, curiosamente, en ese siguiente nivel necesitamos precisamente del aprendizaje extraído de las anteriores caídas.
Todo ser humano tiene su lado oscuro y su lado de luz. En realidad, podemos decir que en todos nosotros conviven el adicto y el libre, la cobardía y el valor, la mezquindad y la generosidad, la crueldad y la compasión… La sombra psicológica es todo aquello que rechazamos de nuestra psique y que relegamos al inconsciente; contiene los aspectos secretos de nuestra naturaleza, que deseamos ocultar de nosotros mismos y de los demás. Adoptamos conductas adictivas para anestesiarnos contra el conflicto de estas cualidades opuestas que luchan por manifestarse.
El hecho de explorar la sombra y de atreverse a reconocer, acoger e integrar nuestro lado oscuro no nos hace débiles, sino integrales. Y lo cierto es que en el camino de la recuperación de una adicción resulta imprescindible atreverse a observar esta cara oscura.
Mirar hacia donde más nos duele es el camino de la integración. Cual guerrero iniciado, el adicto tendrá que mirar y enfrentar, tarde o temprano, todo aquello que ha rehuido tantas veces a través de la sustancia o conducta adictiva. Y al mirarlo, podrá reconocerlo como parte de sí mismo, al tiempo que se sabrá como algo más grande que la mera adicción. El reconocimiento actúa a modo de imán: todos los trozos que habían quedado dispersos vuelven a ser reunidos en una unidad que los integra. Y sucede que esta unidad, una vez integrada, es más que la suma de sus partes.
El terapeuta es, en este proceso, una figura clave: como compañero en el viaje del autodescubrimiento, será testigo del significado vivencial que tiene la adicción para el cliente. Y en ese atestiguar, ambos, terapeuta y cliente, asisten a un espacio profundo de sanación en el que la culpa da lugar a una aceptación profunda y amorosa de lo que fue y es.
“La sombra representa cualidades y atributos desconocidos o poco conocidos. Cuando queremos ver nuestra propia sombra nos damos cuenta, muchas veces con vergüenza, de cualidades e impulsos que negamos en nosotros mismos, pero que reconocemos claramente en otras personas. La confrontación de la consciencia con su sombra es una necesidad terapéutica. Vale la pena pasar por el proceso de llegar a un acuerdo con “el otro” que hay en nosotros, porque así logramos conocer aspectos de nuestra naturaleza que no aceptaríamos, que nadie nos mostrará, y que nosotros mismos jamás admitiríamos.”
Karl Jung

