La presencia que observa al yo mental

 

Cuando somos capaces de percibir los contenidos sin perder de vista lo que hacemos con o desde la conciencia, es cuando decimos que estamos en “presencia”: presentes en las cosas que suceden desde el observador o Testigo.

Si hacemos el silencio en nuestro interior, podemos contemplar como espectadores del patio de butacas la función de nuestra vida que se desarrolla ante nuestros ojos: pensamientos, deseos, emociones, temores, acciones… Y nos hacemos conscientes de que nosotros “no somos eso”, sino el espectador que lo observa.

Nuestro “Ser interior”, el que en nosotros es la calma, contempla la actuación de nuestro pequeño ego agitado, con una mirada compasiva que no juzga, tan solo atestigua.

 

En Oriente se utiliza la metáfora del vaso de agua embarrado que recogemos de un charco. ¿Quién podría bebérselo así? ¿Cómo nos sentaría? Pues eso es lo que hacemos habitualmente: “bebernos la vida” con prisas, sin dejar que se pose en el fondo todo lo que en ella acontece ¿No sería más sensato que, como el vaso de agua turbia, lo dejáramos reposar?

Eso es lo que hacemos en la meditación mindfulness: dejamos reposar nuestro vaso de agua embarrada para que, poco a poco, bajo nuestra atenta mirada, la arenisca vaya posándose en el fondo y podamos contemplar extasiados el agua clara que aparece por encima: Eso es Lo que Somos.

 

Para la mayoría de nosotros, antes de tener la experiencia del testigo, ha existido una gran confusión con nuestra identidad, con “quien somos”, ya que hemos dado por supuesto que éramos aquello que observábamos: nuestra biografía, nuestros recuerdos, nuestros estados emocionales, nuestras cualidades o nuestras sombras.

Nos identificamos con lo que experimentamos, y no con quien lo experimenta. Este estado de identificación, desde la inconsciencia, trae como resultado una reducción de nuestra identidad, que queda recortada a los contenidos de nuestra conciencia con los que estamos más identificados sin darnos cuenta de que somos mucho más que eso que observamos.

“Tenemos” la experiencia emocional que sea, pero “no somos” esa experiencia. Esto quiere decir que no estamos perdidos o secuestrados por lo que aparece en nuestra mente, sino que podemos observarlo a cierta distancia.

 

Dos estratos que pugnan por convencerme de ser “yo”:

Mi ego, más superficial, pero con el que seguramente he vivido más identificado a lo largo de toda mi vida creyendo que era mi verdadera identidad. Es el ego el que me hace ser egocéntrico y vivir pendiente de mis necesidades y heridas. Deberé trabajarlo psicológicamente para que no me tiranice.

El Yo profundo, mi verdadera identidad: en ese lugar soy uno con todo. Por eso, desde ahí, puedo relativizar absolutamente los “dramas” que hace mi ego y situarme de un modo radicalmente diferente.

 

Nuestro pensamiento necesariamente fractura la realidad porque funciona justo así: pensar es sinónimo de delimitar, es decir, de separar. Solo es posible el pensamiento a partir de una diferenciación entre “sujeto” y “objeto”.

En cambio, el presente posee la cualidad de integrar. En el presente no se percibe separación ni diferenciación: el pensamiento se aquieta y se abre paso la percepción de que “todo es”.

Aunque suene extraño cuando lo oímos por primera vez, este modo de percepción no es en absoluto desconocido para ninguno de nosotros, aunque puede ser que nunca lo hayamos hecho consciente: cada vez que estamos “concentrados” en algo, una lectura, una película, un paisaje, una relación…, nuestro yo se ha diluido momentáneamente.

Sigue habiendo conciencia de lo leído, visto o vivido, pero no hay un “yo” que se apropie de esas experiencias mientras están ocurriendo. Por eso, cuando estamos concentrados en algo, no podemos percibirnos a nosotros mismos en ningún lugar.

Eso es precisamente lo que les ocurre a los niños en la mayor parte de sus actividades: se entregan tanto a ellas que no hay ninguna conciencia de ellos como “sujetos” de esas acciones. En ese momento “son” completamente en el presente integrador.

Podríamos decir que la conciencia es “aquello que conoce”, aquello que experimenta.

Normalmente nos olvidamos de la conciencia, porque estamos muy centrados en sus contenidos, en la experiencia: lo que sentimos, lo que pensamos, lo que percibimos… Y sin embargo “es” la conciencia quien se da cuenta de que todo eso sucede.

Esta sabiduría o conciencia pura ha recibido muchos nombres, y todos hacen referencia a su esencia eterna. “La Mente Original” o “Aquel que sabe”. El budismo tibetano se refiere a ella como “Rigpa”, silencioso e inteligente. En el Zen se denomina “Mente básica” o “Esencia de la mente”. Los yoguis hindúes hablan del “Testigo eterno”. En la tradición judaica es la “Sabiduría” existente antes de todo, y en la cristiana el “Logos” que es “Dios”.

A pesar de que estas enseñanzas pueden sonar abstractas, son sumamente prácticas. Para entenderlas podemos simplemente darnos cuenta de las dos dimensiones diferentes de nuestra vida: el flujo siempre cambiante de experiencias y aquello que conoce las experiencias.

 

La mente calmada es como un cristal que deja ver a través de él aquello que ya existía antes, pero que no éramos capaces de percibir debido a nuestra agitación.

Ajahn Chah

 

Hay quienes creen que la meditación es tan solo concentración. Pero esto no es exactamente así, aunque frecuentemente los primeros pasos en la práctica meditativa son el entrenamiento en la concentración. Es un modo de parar la “mente de mono”, el “parloteo mental”, al anclar nuestra atención en un objeto de concentración: la respiración, la llama de una vela, un mantra…

Aunque en este punto la mente se serena notablemente, si te quedas en la superficie de la práctica, aparecerá el cansancio de permanecer en esta dualidad sujeto/objeto. En realidad, tenemos que aprender primero a focalizar nuestra atención rescatándola de su dispersión, para después dejarla que relajadamente atienda a múltiples factores simultáneamente en modo abierto: pasamos de la concentración a la atención sin selección o atención plena.

Para traspasar las apariencias y desidentificarnos, tenemos que comenzar a observar, a contemplar lo que sucede sin meter la mente que divide en ello. Esto es cultivar el testigo.

Al observar, cultivamos el silencio interior, la presencia-testigo, la atención sostenida al momento presente… Aprender a observar es aprender a silenciarnos, no a dejarlo todo en silencio, sino a contemplarlo todo desde el silencio.

Inicialmente, esto nos puede confundir un poco; nos hablan de cultivar el silencio y entonces tratamos acallar la voz mental… de alguna manera, lo estamos forzando, y el silencio no se puede forzar. Observar no es un esfuerzo, pero para nosotros se convierte en el mayor de los esfuerzos.

 

En la experiencia mindfulness observamos el flujo de la mente tal cual es, sin tratar de cambiarlo o modificarlo, sin valorarlo positiva o negativamente. Observas las imágenes y las palabras que aparecen en la conciencia como hojas que revolotean a merced de la brisa mental.

 

¿Quién soy? Meditación Guiada

Mientras permanecemos en el Observador–Testigo durante la meditación, permanecemos atentos y atestiguamos con neutralidad el dentro y el fuera. Paralelamente, estamos cultivando el silencio interior, la presencia, la atención sostenida al momento Presente.

Clica en el icono para escuchar la meditación completa:

 

Consultor en Mindfulness Transpersonal

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