La muerte no solo acontece cuando termina la vida de nuestro cuerpo, sino también al final de un ciclo en el que agoniza nuestro modelo y su correspondiente yo.
De hecho, el morir a la inocencia de la niñez y hacernos adolescentes, ¿no es acaso una revolución por la que se nace literalmente a una nueva vida? A poco que revisamos nuestra trayectoria, comprobamos que el camino está “marcado” por episodios o fronteras biográficas que han supuesto auténticas muertes y posteriores nacimientos.
Más allá de los ciclos biológicos, existen también fuertes impactos emocionales que, en forma de vicisitudes y pérdidas, son vividos como “muertes”. ¿Quién no ha atravesado una aguda crisis en la que sentía agonizar su anterior percepción e identidad? Las pérdidas y el quebranto personal que la vida pone en nuestro camino se registran como un morir en toda regla, un morir para renacer después con mayor madurez y templanza.
Este proceso de maduración emocional no parece suceder sin cierto “sabor a muerte”.
Tales crisis de transformación que vivimos son verdaderas muertes iniciáticas, un término que evoca la leyenda del antiguo sacerdocio egipcio, en la que el “aspirante a la iniciación”, tras superar múltiples obstáculos, enfrentaba su última prueba: la de la Gran Balanza. En este examen, el corazón del aspirante era colocado en uno de los platillos de aquella sensible báscula; en el otro, tan solo se depositaba una pluma.
“Vivir implica estar dispuesto a morir una y otra vez”
Pema Chödron
Si el corazón, tras las pruebas superadas, ya estaba vacío de identificación y era tan ligero como la pluma, el aspirante era conducido a una estancia en la que había un sarcófago de piedra. Allí, se introducía el futuro iniciado para recrear su propia muerte: el adiós a sus referencias de antigua identidad o “viejo yo”. Tras la soledad y la fría oscuridad del lugar, éste experimentaba un simbólico morir en el que se vaciaba de tiempo, miedos y deseos. Tras vivenciar el “nada que perder”, por haberlo ya perdido todo, el iniciado experimentaba un posterior renacer a los ojos del corazón que le daba acceso a la ceremonia de iniciación.
El hecho de enfrentar la propia muerte y atravesar el proceso de aceptar y rendirse a la extinción, conlleva una significativa disminución de los miedos e inseguridades que nos acompañan en el curso del vivir. El hecho de “haberlo perdido todo” nos hace paradójicamente libres de las amenazas que nuestro ego experimenta ante los anuncios de posible desposesión y pérdida. A veces, este episodio transformador ocurre ante la amenaza física de un peligro mortal; en otras ocasiones, se trata de una pérdida emocional, en cuyo caso el peligro experimentado supone una especie de muerte, en la que todo parece orquestar “la demolición del yo”, al estilo Ave Fénix. Esta aventura del crecimiento supone el parto a una nueva yoidad que puede darse varias veces a lo largo de la vida.
La mencionada muerte iniciática no es un cambio más, sino el acceso a un estado en el que nos damos cuenta de que todo ocurre interrelacionado en una realidad Mayor; nos sentimos abiertos a la aventura de descubrir lo nuevo con toda la carga de utopía que esto pueda conllevar. En este contexto, la utopía, lejos de sugerir lo imposible, nos enraíza en la confianza de que eso es posible, porque, en realidad, todo es posible.
La muerte en vida señala un cambio de conciencia en la que nos reconocemos formando parte del ecosistema y siendo conscientes de que nuestros actos, por pequeños y silenciosos que sean, afectan a todo el conjunto. Esto conlleva una nueva mirada sistémica que nos torna responsables con el medio, al tiempo que nos permite transitar del “miedo a la confianza”.
“El que muera en vida, vivirá para siempre”.
Jesucristo

