Nada viene para quedarse

 

En nuestra cotidianidad se filtran multitud de expresiones que se propagan sin que sepamos bien el por qué. Su uso se hace tan frecuente que no tardamos en afirmar que “vienen para quedarse”. Precisamente esta última es una de las actuales expresiones del lenguaje coloquial.

La encontramos por ejemplo en contextos climatológicos. Haciendo referencia a la incertidumbre sobre duración de olas de calor, frío, lluvia, nieve … o aludiendo a lo inesperado de su extemporánea llegada: “la ola de calor ha llegado para quedarse”, “el frío ya ha llegado para quedarse” …

Lo referimos también a personas que en el terreno social salen del anonimato y en contra de lo previsible alargan su protagonismo o mandato. De igual modo a fenómenos, muchas veces tecnológicos, que parecen forman ya parte de nuestras vidas “para siempre”. “Internet vino para quedarse, el marketing digital ha venido para quedarse, las Apps móviles vienen para quedarse”. En esta etapa, y a propósito del confinamiento que vivimos, también se ha instalado ya en nuestro día a día que “el teletrabajo ha venido para quedarse”.

Y es que en el fondo no nos damos cuenta de lo efímero de las cosas cotidianas. A poco que miremos nos preguntaremos dónde quedaron expresiones de “hace nada” que solo al pronunciarlas “saben a polvo”, son ya “viejunas” … pero rápidamente las echaremos en falta junto a la colección de re vivencias que experimentaremos.

Efectiviwonder, hasta luego Lucas, dabuten, chachi piruli o guay del Paraguay, flipar en colores, alucina vecina, leña al mono que es de goma …

Y es que “dejar ir” no es algo baladí: a poco que afinamos nuestra mirada, nos damos cuenta de que a menudo nos apegamos férreamente a un sinfín de cosas, personas, pensamientos, recuerdos, anticipaciones, emociones y un largo etcétera. Soltar es una actitud que, en cierto modo, va contranatura. De hecho, nuestra biología está programada para aferrarse, en primer lugar, a la vida. Partiendo de este hecho –que las pautas de supervivencia están grabadas en cada una de nuestras células–, es totalmente comprensible que el desapego no sea nuestro fuerte. Y, sin embargo, cuán a menudo la vida nos pone en la tesitura de tener que dejar ir, viéndonos enfrentados a la dolorosa vivencia de la pérdida.

La dificultad de soltar apegos es algo que se refleja incluso en nuestro lenguaje: aunque en algún lugar de nosotros “sepamos” que “lo que viene para quedarse” no es más que una forma de expresarnos, es importante que no perdamos de vista el poder de la palabra.

Las palabras crean la atmosfera en que vivimos, influyen en lo que pensamos y sentimos, y en cómo se sienten los que nos rodean. A través de ellas podemos distender un ambiente o volverlo insoportablemente tenso y violento. Nos hacemos conscientes de nuestros pensamientos más profundos prestando atención a lo que decimos y como lo decimos. Descubrimos las creencias limitantes de nuestro inconsciente porque nuestro lenguaje las refleja: si prestamos atención podremos descubrirlas y cuestionarlas, perderán fuerza y nosotros evolucionaremos hacia nuevos niveles de conciencia.

Si al hablar lo hacemos desde la desatención o la inconsciencia, el nivel de desatención de quien nos escucha se verá́ en cierto modo activado. Emplear la palabra de forma consciente es hablar con integridad, decir solamente lo que quieras decir, y utilizar el poder de las palabras para avanzar en la dirección de la verdad y el amor, soltando nuestras ataduras y prejuicios.

La transformación de nuestra vida es un proceso permanente que no sólo afecta a la propia persona, sino que también repercute en todo lo manifestado. El Universo y nosotros con él, está sometido a la Ley de Impermanencia, un principio que nos recuerda que la energía no se destruye, sino que se transforma.

En virtud de tal principio, experimentamos la sensación de atravesar ciclos y momentos frontera en los que, de pronto, uno sabe que está dejando atrás formas mentales viejas. Es un momento de la vida en el que se liberan viejos apegos, se disuelven relaciones que ya no apoyan el crecimiento y se ajustan maneras de emocionarse que ya no funcionan.

En cada nueva apertura, cuando enfrentamos una pequeña prueba, sucede que aquellos patrones de pensamiento que ya han quedado caducos, curiosamente se desprenden sin esfuerzo, tal y como lo hacen las hojas del otoño ante una brisa cualquiera. Pronto nos damos cuenta de que son escalones de un proceso de renovación en el que todavía no se sabe cómo será lo nuevo, aunque sí se reconoce aquello que de nosotros se aleja.

Y es que por muy “grande” que ahora nos parezca, “nada vino para quedarse”. Incluso eso tan enorme, tan terrible o que tan inasumible nos parece, también pasará …

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