Si te hace feliz el vuelo de los demás, lo has entendido todo.

¿Por qué no nos alegrarnos del vuelo feliz de los demás?

Aunque nos sofoque reconocerlo, el éxito de los demás, a menudo, nos hace sentir inferiores o menos valiosos, aunque, por otra parte, dicho éxito sea el aguijón que necesitamos para superarnos. Desafortunadamente, nuestra sociedad está impregnada de competitividad, por lo que el éxito conlleva una cara oscura de gran soledad. De hecho, la peor parte del éxito es tratar de encontrar a alguien que se alegre realmente por uno. Lo paradójico es que, como Humanidad, está archidemostrado que hemos sobrevivido gracias a la cooperación y a la compasión.

Por otra parte, esta sociedad en su dimensión materialista del tener, parte de la base de que en la vida evaluamos a los demás con el “tanto tienes, tanto vales”. Cuán frecuente es cuando te van a presentar a alguien, lo primero que subrayan en su descripción, es lo importante que esa persona es por su poder y logro económico. Es raro que antepongamos el ser al tener en el valor que quizás podemos tener para los demás. Al parecer, lo que de entrada importa es nuestro propio “salir adelante”.

Curiosamente, las verdaderas amistades se fraguan en la cooperación, lo cual conlleva una escala de valores que logra alejarse del egoísmo y la ambición. Estos sentimientos son propios de los niveles básicos de desarrollo. ¿Nos hemos preguntado si podríamos evolucionar de otra manera? Los primeros escalones de la infancia evolutiva parecen ser egocéntricos y narcisistas. Aun así merece la pena seguir afinando la educación y cuidar del ejemplo que damos a los menores en nuestro entorno.

Siguiendo con el amargor del éxito ajeno, diremos también que nuestro ego es más propenso a mirar lo que nos falta en la vida, que lo que es digno de agradecer. Al parecer, nuestra supervivencia neurológica en los primeros niveles de la escalera evolutiva contabiliza prioritariamente lo que nos falta, más que todo aquello que la vida nos regala cada día. En este sentido, Richard Smith de la Universidad de Kentucky y especialista en el fenómeno de la envidia, subraya que una parte de nuestra supervivencia se apoya en envidiar, ya que tendemos a emplear la comparación como medición de nuestro propio estatus y como fuerza motriz hacia la mejora personal.

Tal vez esta afirmación evoca la contradictoria dualidad de nuestro yo mental, ya que la gratitud indiscriminada a la Vida es también uno de los estados más gratificantes y elevados del alma. Lo cual nos invita a cultivarla, ya que nos devuelve frutos increíbles.

Olvidamos también con facilidad que cada persona es distinta y, el hecho de que a alguien le haya ido bien en un determinado ámbito, no significa que no tenga problemas ni tormentas silenciosas. Pensar que a los demás todo les sale bien o les resulta más fácil que a nosotros, nos sitúa en el estado de víctima. Conviene entonces recordarnos que cada uno de nosotros tiene algo único que dar que otros no tienen. Merece la pena reconocer el pellizco de la envidia y, desde la consciencia, anhelar el amor como camino.

Extracto del próximo libro en edición de José María Doria. Inteligencia Transpersonal.

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